Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

EE. UU. contra Cuba: nueva… y gastada campaña

El análisis del mundo hoy certifica que no pueden dejarse vacías las trincheras de las ideas

Autor:

Marina Menéndez Quintero

No nos toma por sorpresa la reciente decisión de la administración de Donald Trump de cerrar —dijeron que temporalmente— las operaciones de la Oficina de Servicios de Inmigración y Ciudadanía aduciendo reducciones de su personal en La Habana, con lo cual este Presidente de los EE. UU., que tanto dice preocuparse por los derechos humanos en Cuba, causará más molestias, gastos y pesar a los cubanos que por motivos de índole familiar deseen viajar a Estados Unidos.

Ahora los trámites deberán realizarse en Ciudad de México. Y los cubanos deberán viajar hasta allí solo para presentar su solicitud, sin saber si les darán el permiso.

La medida constituye otra vuelta de tuerca a la agresividad de este Gobierno estadounidense contra nuestro país, y se enmarca en la revitalización de la campaña hostil urdida desde 1959 sobre el repugnante uso de la mentira, la tergiversación, y la burda manipulación de un tema tan caro a la humanidad como los derechos del hombre.

Similar práctica espuria en torno a los derechos humanos se aplica por Estados Unidos contra toda nación que le estorbe a sus hoy revividos anhelos de dominación imperial. Tal era el sesgo y la injusticia de la balanza, que la desacreditada Comisión de la ONU, con sede en Ginebra, y encargada de analizar esos entuertos, fue sustituida por el actual Consejo y un sistema de análisis periódico anual que cercenó, en parte, las posibilidades de EE. UU. de seguir manipulando la instancia como su patíbulo particular.

Hace apenas tres meses, ese Consejo aprobó el informe anual presentado por Cuba, y numerosos Estados y representantes de la sociedad civil reconocieron el resultado de la Isla en el empeño de hacer cada vez más pleno a todos sus ciudadanos el disfrute de sus derechos, que aquí está garantizado.

Estados Unidos no podría remotamente ufanarse de algo similar. Entre los pasos más escandalosos de Donald Trump puede contarse, por demás, el abandono de ese órgano, en una demostración al planeta de cuáles son los «derechos» que le interesan.  

Con tan señalada inmoralidad vuelve Washington, sin embargo, a intentar colocar el dedo acusador sobre Cuba, en una estrategia que hace tiempo trata inútilmente de convencer al orbe de que tendría razones para bloquearnos. Y Trump, empeñado en retrotraer las ¿relaciones? a sus peores tiempos, va materializando el alejamiento.

¿O es que persigue otros derroteros?

En esa dirección se ubican los recientes acontecimientos que, de manera insólita dado el prestigio y el respeto internacional de que goza Cuba —hacia la izquierda y hacia la derecha— hemos constatado en los días recientes.

Allí se ubican la irrespetuosa actitud del desprestigiado Luis Almagro, que cumpliendo una orden de la Casa Blanca, y sin contar con los Estados miembros de la OEA, acogió en «su seno» a representantes de la ultraderecha anticubana de Miami, terroristas de vieja data incluidos, para iniciar, dijo, lo que descaradamente llamó «un proceso firme y  continuo para denunciar al régimen cubano».

Se cuenta también el sainete del secretario de Estado, Michael Pompeo, acusando a nuestro país de presunto violador de los derechos humanos y arguyendo lo de la carta no recibida que dijo haber enviado a nuestro Canciller.

Y hasta las truculentas maquinaciones usando a un profano como Eduardo Bolsonaro, el hijo del presidente electo de Brasil, se suman, junto a su convocatoria a una Cumbre conservadora en la cual manifestó, sin recato, su pretensión de erigirse contra el Foro de Sao Paulo…

 Si de algo sirve esa confesión, es para recordar la urgente necesidad de unión, en el pensamiento y la acción, de las agrupaciones políticas, los movimientos sociales y populares, y la intelectualidad antineoliberal y anticonservadora de América Latina y el Caribe. 

Pareciera, no obstante, que este desandar de la Casa Blanca, usando peones, sobre los mismos pasos fracasados con respecto a Cuba, llega a destiempo.

Sesenta años de Revolución en un país abierto no solo a la práctica de la solidaridad desinteresada en todas partes del orbe donde se le necesitó, sino a los millones de estudiantes, profesores y turistas que han visitado la nación en estas décadas, son suficientes para que el planeta tenga la claridad —y tal vez, incluso, puede esperarse la sagacidad— de percatarse de que estamos en presencia de un viejo show mediático contra Cuba que busca, como antaño, satanizarla.

Solo que esta renovada agresión se instrumenta contra un país que ha resistido ya todo tipo de agresiones y escaseces y, justamente ahora, atempera su modelo al mundo actual sin renunciar a sus principios, sustentada en la prédica fidelista de cambiar todo lo que deba ser cambiado como parte del concepto de Revolución. Saldrá fortalecida.

¿Acaso Trump piensa que porque algún sátrapa al estilo de los dictadorzuelos latinoamericanos de otrora esté de vuelta en la región, hallaría consenso para regresar a los lejanos tiempos en que EE. UU. pretendió hacer claudicar «por soledad» a nuestra Isla?

Una vez más una se pregunta también quiénes son los intolerantes: si quienes aspiramos (como se nos acusa) a ese mundo mejor que la ultraderecha reaccionaria estadounidense y algún advenedizo en la presidencia de un país como Brasil desprecian al vociferar su rancio anticomunismo, o los otros, que hemos demostrado la capacidad, el deseo y la posibilidad de convivir en la diferencia.

Tal vez el reverdecer de las componendas contra Cuba, que tiene lugar sin dejar de lado la hostilidad contra Venezuela, llegue alentada por ese giro a la derecha constatado en una región donde muchos ciudadanos, que ya estaban de regreso de los males que les causó la década pérdida a causa del modelo neoliberal, pueden haber sucumbido ahora víctimas de la manipulación; pero ya han experimentado el sabor de los verdaderos cambios, aun con todas las carencias en su ejecutoria que tuvieran los Gobiernos no enmarcados en la derecha tradicional, y volverán por esos fueros.          

Desgraciadamente, el acontecer ahora en muchos países se construye como lo hace Donald Trump: sobre una mentira que no es propalada únicamente por los grandes medios al servicio del capital, sino por mal llamados políticos que pregonan lo falso como verdad, que han intervenido la justicia para ponerla a su servicio y, desde allí, domeñan las mentes del más humilde ciudadano quien, en poder de cualquier implemento que le permita acceder a una red social, es engañado y, a su vez, propaga el embuste.

Vuelve a revelarse, ahora como nunca, la importancia de andar bien asidos a las ideas.

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