Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Lecciones y finales

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Una de mis frases favoritas es: Cuando se pierde todo, no se pierde la lección. Aunque suene cínico, como me han dicho algunos lectores en años, yo trato de ponerla en práctica con honesto contentamiento ante cualquier revés que enfrento, sea trascendental o cotidiano.

Claro que primero me incomodo o me entristezco un poquito, pero procuro que el malestar no demore mucho, por aquello de que un corazón parado más de cinco minutos genera daño permanente al resto de los sistemas (empezando por el neurológico), y como los infartos están satos, no tiene caso mandarlos a buscar por un fracaso más o menos.

La alternativa, entonces, es sacar lecciones y pasar la página… La primera, a mi juicio, es encontrar las causas del fiasco para evitar golpearme con la misma piedra, no una, sino decenas de veces. ¿Que no siempre lo logro? Es verdad… Por eso tengo una segunda lección a la mano, y la comparto, por si alguien sintoniza con ella.

Yo elijo aprovechar las ventajas (y siempre las hay) de mi temporal derrota. Puede ser tiempo extra si un plan se desinfló; descanso físico si estoy enfermita, y si es una discusión doméstica, procuro sacar un chiste lapidario que sirva de alerta para no pelear por lo mismo en el futuro, o de material de estudio para los temas que escribo.

La tercera lección es la más difícil, pero a la larga es la más útil, porque me acerca a la ética de la naturaleza, y es en ese escenario donde las frustraciones adquieren sentido y dejan de doler en menos tiempo.

Es muy simple: cuando algo sale mal respiro profundo, me voy de mis propios zapatos (en el sentido metafórico, si no es posible en el real), y procuro alegrarme, aunque sea un poquito, por quien obtuvo beneficios de mi fracaso.

Suena raro, pero es simple cuestión de equilibrio: si yo perdí es porque alguien ganó, estuviera o no compitiendo intencionalmente contra mí. Ocurre en el deporte, en las aspiraciones por un puesto de trabajo o una pareja, el espacio en la plana, un asiento en la lista de espera, el mejor sabor en el Coppelia….

Ponerte en el lugar del vencedor no es un acto hipócrita, y  mucho menos es el fin del mundo. Más bien es el principio: si aprendes a respetar la suerte, la felicidad, la tenacidad ajena, le darás más valor a las tuyas cuando el cachumbambé vuelva a cambiar a tu favor.

Si mi fórmula te parece pueril, si el contentamiento te resulta sobrenatural, si la esperanza de un momento mejor no te consuela, siempre puedes decir, como la zorra de Esopo, que las uvas estaban verdes y por eso no cayeron en tu anhelante boca.

En la filosofía budista, uno de los consejos claves para tomar con sabia resignación los contratiempos es pensar que dios, el universo, las leyes probabilísticas o cualquiera sea la inteligencia en la que decidas confiar, conoce bien tus planes y no te dará nada que no puedas manejar, mucho menos algo que en realidad no necesites… O como dice jocosamente Dennis, mi hijo espirituano: Al final todo sale bien, y si aún no estás bien, es que no es el final.

 

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