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Para sortear las vueltas de la destemplanza

Autor:

Nelson García Santos

A estas alturas a nadie en sus cabales le puede quedar dudas de que en materia agrícola dibujamos muy bien la estrategia, pero se empantana la definición sobre el surco, un lastre causante, sin discusión, de pérdidas en la producción nada desdeñables.

A esa añeja circunstancia parece que ahora le van a intentar encajar una estocada singular —¿habrá otra opción?— para llevársela de cuajo o dejarla, al menos, tambaleante.

Está inscrito en los anales de nuestra acción, como si estuviera fijado en nuestro ADN, que ante situaciones apremiantes, tensas y difíciles, nos crecemos para salir adelante, mientras que en el quehacer cotidiano somos un poco remolones.

Tampoco se trata solo de esgrimir la voluntad de hacer para enviar un mensaje esperanzador, sino que contamos con el caudal vital de conocimientos científicos técnicos y de infraestructura indispensables, a los que le llegó ¡el ahora o nunca!

Esa sabiduría que está pegada al surco, y más arriba en las empresas y las direcciones provinciales del sector, resulta el mayor tesoro para hacer parir la tierra, pero, paradójicamente, no siempre concretamos lo que sabemos, como ha valorado el Doctor Sergio Rodríguez Morales, director del Instituto Nacional de Investigaciones de Viandas Tropicales (Inivit).

Con esa simple y precisa expresión retrató una verdad kilométrica: más que desconocimiento se trata de descuidos bajo el nombre genérico de quebrantar las normas técnicas, empezando, a veces, hasta por la preparación del terreno para la siembra y la selección de la semilla.

En esa destemplanza aparecen también como motor impulsor el menoscabo en el control en los destinos de la producción agrícola, la inadecuada contratación y las pérdidas en cosecha y comercialización.

Vale recordar que en épocas con bastantes recursos en función de los cultivos había un desnivel de los rendimientos agrícolas entre distintas formas productivas, originados básicamente por aplicar mejor en unas que en otras las normas previstas para cada labranza.

En este trance, caracterizado por la limitación o inexistencia de recursos en función de la producción, debemos recurrir más que nunca a utilizar el conocimiento en cada una de las formas productivas para clavarle un dardo más al recrudecido bloqueo yanqui, al que hemos aprendido a torear para evitar que su nudo corredizo llegue a asfixiarnos.

Muchas de las cuestiones que lastran el accionar agrícola desde el pretérito pasan más por la organización y el control que por los recursos e inversiones.

La agricultura, a diferencia de lo que se pueda creer, tampoco está tan desvalida, ni en esta época ciclónica —¡solavaya!—, porque cuenta con variantes factibles para atenuar su impacto que, dicho sea de paso, tampoco se emplean a plenitud.

El Inivit ha alertado sobre la posibilidad de sortear los embates con la diversificación de los cultivos, y volver a emplear las cortinas rompevientos que en Cuba ya se utilizaron con buen resultado.

En ese propósito la siembra de malanga resulta estratégica, porque, por mucho que llueva, si está en un buen cantero nunca se pudre, y como el ñame, conservada al fresco dura meses después de extraída de la tierra. A propósito, ¿por qué no se ha extendido el cultivo de este último, a pesar de contar con más de cien clones de la especie?

Obvio que por ser ambas viandas cultivos de ciclo largo muchos productores le sacan el pie y favorecen otras que facilitan ganancias más rápidamente. Consecuentemente, la producción de aquellas en menor cuantía encarece sus precios e, incluso, llegan hasta a desaparecer del mercado.

Si despejáramos lo que viene del surco de las trabas expuestas sobre la base de estrictos mecanismos de control, desde las estructuras básicas a las superiores, seguramente que, con mayores o menores recursos, la bonanza agrícola fuera mucho mejor sin invertir ni un medio más. Así de lógico, así de sencillo.

 

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