Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Distancia

Autor:

Osviel Castro Medel

Un colega sube una foto tremenda a las redes sociales. Es la imagen de un grupo de ciudadanos apilados, casi rozándose, a las puertas de una unidad de Correos, en la Ciudad Monumento.

«Así no se acaba la pandemia. Espacio abierto suficiente para hacer la fila (…) todavía se escucha de fondo la conferencia del doctor Durán. Hay irresponsabilidad ciudadana e institucional», sentencia el periodista en el comentario que acompaña a su inquietante gráfica.

Tal fotografía no preocupara superlativamente si fuese un chispazo del azar o el ejemplo de un «mal momento» en el enfrentamiento al nuevo coronavirus. Por desdicha, refleja una práctica extendida a lo largo de muchos otros sitios públicos del país.

La imagen alarma y perturba, sobre todo porque también dibuja una tendencia riesgosa, presente en diferentes puntos de nuestra geografía: la de personas de la tercera edad formando parte de aglomeraciones de diversa índole.

Ahora mismo conservo en mi cámara fotográfica pruebas que zarandean el corazón y el pensamiento: abuelos en medio de una muchedumbre que copó desde bien temprano el exterior de una farmacia; ancianos inmersos en un molote —que funciona como supuesta cola— para comprar el balón de gas; adultos mayores en medio de concentraciones en panaderías, bancos, mercados…

Párrafo aparte merecen las grandes afluencias en las afueras de las tiendas por Moneda Libremente Convertible (MLC), en las que es usual ver poca distancia entre los potenciales clientes. Algunos de ellos —vale escribirlo— son longevos que hipotéticamente no deberían estar ahí.

De seguro, los que buscan manchas por doquier echarán culpas a la difícil situación económica de la nación —agravada por razones más que conocidas— y a la necesidad de adquirir insumos para tratar de capear la complejidad de estos tiempos.

Sin aplicar la filosofía de la orejera —que pretende no ver lo evidente— y sin buscar maquillar la difícil realidad en que vivimos, valdría preguntarse si todas esas personas de la tercera edad no tienen más remedio que acudir a concentraciones en las que ponen en peligro su existencia. Y de paso, si es posible revisar métodos y estrategias puestos en vigor recientemente para el tratamiento a los vulnerables.

Cierto que nuestra población está envejecida y existen núcleos familiares en los que, entrados todos sus integrantes en edad avanzada, uno de ellos probablemente se vea impelido a entrar a esos bosques humanos donde a veces priman la tempestad, la larga espera y, peor aún, el acercamiento físico.

Pero también es una verdad como roca que miles de esos ancianos no necesitan salir obligatoriamente porque en sus hogares conviven seres hechos y derechos que podrían hacer diligencias perentorias y afrontar mejor los riesgos de la calle.

He conocido historias de adultos mayores a los que se les ha intentado negar la compra de un producto con el pretexto de la «vulnerabilidad». Pero tales fórmulas extremistas rara vez brindan frutos.

Quizá sí haya que llevar a extremos el célebre distanciamiento físico, que no solo sirve para abuelos y abuelas, sino también para personas de todas las edades. Y eso jamás deberíamos dejarlo a la libre conciencia ciudadana, porque el tiempo nos está demostrando que la espontaneidad no suele funcionar.

«¡Distancia, distancia!», parece estar gritándonos la vida. Después de un año de pandemia, ¿cuánto más demoraremos en hacerle caso?

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