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Conspiranoicos en tiempos de coronavirus

El escenario actual generado por la pandemia es propicio para que calen teorías y creencias supersticiosas muy peligrosas

Autor:

Iris Oropesa Mecías

Bill Gates intentando hacerse del mando planetario, microchips inyectados en medicamentos para controlar las mentes, la tierra plana, los Illuminati al frente de un plan político mundial, estudios a extraterrestres en la zona 51, y las torres de 5G como objetos capaces de manipular nuestras defensas inmunológicas, son algunos de los mitos urbanos que inundan hoy las redes sociales y numerosos sitios de entretenimiento del mundo.

Tal vez no pasarían de ser divertimentos populares si no alcanzaran los peligros que hoy representan al mezclarse con una realidad muy concreta: el coronavirus que azota el mundo.

En medio de la situación generada por la pandemia, la combinación de aislamientos en casa, acceso creciente a la internet y poca crítica ante lo que consumimos ha vuelto  a jugar una mala pasada, para generar teorías conspirativas absurdas, que ponen en peligro la salud e incitan al desacato de las medidas preventivas más elementales.

Pero, ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI tantas personas sean presas de la desinformación en sus formas más estrambóticas? ¿Cómo llegan a iniciarse clubes, sociedades y comunidades enormes tras ideas francamente tan esquizoides como un plan maestro que diseñó el coronavirus? La ciencia ha buscado ya respuestas.

El miedo, la raíz de todo

Varios factores sociales generan un escenario listo para la proliferación de ideas conspirativas a escala social, explican el sociólogo español Alejandro Romero y la sicóloga Elena Morales al medio El Independiente.

El ambiente más propicio para la aparición de conspiraciones como las que hoy colman las redes, comentan, es uno inestable, en que los individuos sientan incertidumbre y se genere un deseo de control sobre la inestabilidad creciente, o se necesite descargar ira y frustración sobre algún culpable, sea o no real.

«Las teorías conspirativas nos ayudan a recobrar cierto grado de control sobre un entorno que nos supera, por lo menos, sabemos quiénes son los “culpables” y por tanto, los enemigos contra los que debemos luchar en cuanto se presente la ocasión», explica el sociólogo, profesor de la Universidad de Córdoba.

Por su parte, la revista Journal of Individual Differences abunda en la descripción de estos factores con un estudio sobre los rasgos comunes de las personas que han creído teorías conspiranoicas como la del tierraplanismo, y revela otro secreto: de 1 200 personas encuestadas sobre mitos urbanos los que creían en ideas conspirativas eran principalmente personas desconfiadas y excéntricas, con tendencia a ver el mundo como un sitio peligroso, y con muy baja tolerancia a la frustración, además de ser, en su mayoría, personas con bajos niveles educacionales.

Individuos con un conjunto de rasgos conocidos como esquizotipia, relacionado con creencias y temores inusuales, tenían más probabilidades de creer en patrones secretos al mirar objetos aleatorios en movimiento, un signo de que buscaban explicaciones inexistentes para intentar poner orden a un caos que les generaba ansiedad.

Sin embargo, quienes resultan más reacios a teorías sin base científica o lógica eran personas con las cualidades opuestas, según el líder del estudio de Nueva York, Josh Hart, profesor de Sicología de la Union College de Nueva York.

Míreme, míreme

Además, según datos recabados por la Universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, el otro factor esencial para creer teorías de este tipo es la necesidad de distinción, un rasgo mental que no necesariamente es consciente.

El estudio de esta institución midió en diferentes escalas la necesidad de individuos de sentirse únicos, ser atendidos y considerados especiales, la cual los hacía muy propensos a creer teorías que incluso fueron inventadas durante el propio estudio.

#No te creo

Pero no solo la personalidad individual y un escenario estresante se combinan para generar la credibilidad de un grupo hacia este tipo de mitos, también hay factores que la sociología ha detectado como detonantes de las supersticiones conspirativas. Uno esencial es la crisis de credibilidad institucional.

Si hay conocimiento de numerosos escándalos o problemas institucionales, la crisis de credibilidad alterará la percepción de información oficial, lo cual irá en contra de la comunicación gubernamental, explica la profesora de Sicología social Elena Morales al mencionado medio español.

Si finalmente se une a todos los elementos anteriores un mayor acceso a la internet y redes sociales pero sin acudir a páginas de entidades institucionales, entonces la receta para una teoría conspiranoica está servida.

Los peligros potenciales

Manifestaciones en España y Suiza por grupos contrarios a la 5G demuestran el alcance peligroso de estos mitos. Foto: Business Insider

Y sí, es cierto que hasta nos echamos una risita cuando nos hablan de una «conspiración» graciosa, como la de los extraterrestres secretos de Rosswell, que se volvieron un mito de la cultura pop, pero esto de los cuentos de camino se vuelve mucho más serio, si, como en días recientes, se mezcla con la realidad de la expansión del coronavirus y puede llegar a alentar a miles de personas a no cumplir medidas como el uso del nasobuco, por considerarlo un «instrumento de dominación», como ha ocurrido en muchos sitios de Estados Unidos, Suiza y España, por ejemplo, donde ya se habla de un «movimiento antimascarillas».

Otro ejemplo de una teoría falsa muy nociva es la que asocia la vacunación con supuestas consecuencias de salud. A causa de esa relación sin ningún fundamento real, se dio hace muy poco el rebrote de una enfermedad ya erradicada como el sarampión, entre la población infantil norteamericana, un tema del que hemos hablado en otras entregas en esta misma sección.

Ejemplos como estos tienen que hacernos saltar todas las alarmas por estos días. Nos hacen reflexionar sobre la necesidad constante de educación, tanto en conocimientos válidos como en emociones, pues, a fin de cuentas, para generar amplia aceptación de un mito colectivo, es necesaria la unión de ambas carencias, la carencia de autoestima y tolerancia a la incertidumbre, y la carencia de educación en el manejo de informaciones y fuentes.

Que en plena posmodernidad tengamos que luchar continuamente por ambos avances, es una responsabilidad que nos toca asumir una y otra vez para evitar que un «cuento cómico» se vuelva un peligro sanitario y social. La responsabilidad la tenemos todos.

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