Polonia o el socialismo que no fue

Piotr Ikonowicz, líder del Partido de la Nueva Izquierda, conversa con JR sobre los sucesos de las últimas dos décadas en el país europeo

Autor:

Luis Luque Álvarez

Era yo un niño a principios de los ochenta, pero aún recuerdo las imágenes en blanco y negro de los mineros británicos que protestaban contra la tozudez de la Thatcher, y las manifestaciones contra el despliegue de los misiles Pershing II en Europa occidental.

Pero no eran los únicos descontentos. Había otros que salían a las calles con demandas al gobierno. Era en la República Popular de Polonia, cuyo modelo socioeconómico y político se calificaba de socialista, lo que encendía mi asombro aún más.

La élite del POUP se alió con la élite de la oposición, y traicionaron a los huelguistas, afirmó Ikonowicz. Foto: Calixto N. Llanes Años después, cuando se derrumbó el castillo de naipes del socialismo europeo, obtuve algunas respuestas. Días atrás, al conversar con Piotr Ikonowicz, líder del Partido de la Nueva Izquierda, me interesé en el tema y en los nuevos rumbos que tomó Polonia, donde los sueños se frustraron.

—En ese momento, en los 80, aquellas protestas se vieron como un revés contra el socialismo...

—Eso implicaría entender que los obreros, supuestos dueños de un país obrero, eran contrarrevolucionarios porque querían regir su propio país. Ellos no reclamaban capitalismo, sino que se cumplieran las promesas del socialismo.

«Había un contrato entre los trabajadores y el Estado. Este proporcionaba los servicios básicos y los ciudadanos no reclamaban sus derechos. Pero el Estado dejó de cumplir con su parte, el modelo de bienestar socialista se derritió, y entonces, con pobreza y sin libertad, la gente se dijo: “Si no hay ninguna de las dos, entonces no tenemos por qué apoyar al gobierno. Si el partido no nos hace ningún caso como obreros, ¿por qué debemos seguir apoyándolo?”.

«La estructura de los comités de huelga de Solidaridad fue idéntica a los soviets. Había una asamblea con sus delegados, y la regía otra asamblea regional donde se reunían delegados de varios centros laborales. Así surgió un poder alternativo, que negociaba con el gobierno. Sus postulados eran muy modestos, entre estos, que se liquidaran los privilegios de los miembros del partido, pues como había escasez de bienes, eran los “caciques” quienes accedían a estos, y resultaba que algunos eran “más iguales” que otros.

«Ahora bien, si la gente hubiera sabido que el resultado de todo esto iba a ser unas diferencias sociales y unos privilegios de tipo tercermundista, quizá nunca hubieran ido a la huelga. La consigna que ellos ponían en sus fábricas eran: ¡Socialismo sí, aberraciones no!

«Las aberraciones eran la arrogancia de la burocracia del Partido, y para comprobar que los contrarrevolucionarios eran los llamados comunistas —quienes resultaron ser oportunistas—, hay que ver cómo se desenvolvió la historia después de todos estos hechos: la élite gobernante del Partido Obrero Unificado Polaco se unió con la élite de la oposición política de derechas, que traicionó al movimiento huelguista sindical, y ambos concertaron un modo para apropiarse de los bienes y el patrimonio nacional, salido del trabajo y el sacrificio de millones de polacos durante todo el período de construcción del socialismo.

«Aquello fue increíble: un señor que no tenía un centavo, en poco tiempo pasó a ser dueño absoluto de una fábrica. Con el espíritu igualitario que primaba, nadie tenía plata para comprarse una fábrica. Entonces se inventaron las leyes de privatización, redactadas por los mismos aparatchik, personas de la llamada nomenclatura comunista, que son hoy los más ricos, los que tienen más negocios, bancos, compañías, y disfrutan del denominado “milagro polaco”, un milagro para pocos».

—Me ha llamado la atención el nombre de su partido: la Nueva Izquierda.

—Se trata de un intento de organizar a los obreros, los excluidos, que no están de acuerdo no solo con el gobierno, sino con el capitalismo como tal. No creemos ya en etiquetas. Si me preguntan si soy comunista, respondo: «Por lo menos».

«Estoy contra el capitalismo, me llames como me llames. Eso es lo decisivo. Algunos se titulan socialistas, y se venden al capital, mientras que otros no se han vendido, y no se denominan socialistas. Hay quienes luchan por una alternativa a la barbarie capitalista, y los que están proponiendo reformas para salvar al capitalismo salvaje».

—¿Han llegado al Parlamento?

—Yo fui diputado durante ocho años con los poscomunistas, que terminaron siendo liberales. Eran muy obedientes, primero a Moscú, después a Washington, y pensaban muy poco.

«Ahora, triunfar en unos comicios le es muy difícil a un partido que cuenta solo con las cotizaciones de sus miembros, la mitad de ellos desempleados. Por eso estamos organizando una red de TV e Internet, con muy buenos resultados, pues se reagrupa al partido a través de noticieros alternativos.

«Cuando se cree una red de opinión alternativa, se podrán promover mejor nuestras ideas. Nuestras opiniones sobre la privatización y la guerra en Iraq, concuerdan totalmente con las de la mayoría de los ciudadanos, pero ellos no saben que nosotros existimos, porque no se nos deja aparecer en la TV, sea estatal o privada».

—Decía usted que muchos desean la vuelta a una sociedad con más justicia social...

—La mayoría...

—Si es una mayoría, ¿por qué no surgen opciones viables en el plano político?

—Porque la única izquierda permitida en Polonia es la que antes militaba en el POUP y hoy apoya el capitalismo. Ellos sí van a la TV. Luego, quienes desean mejores tiempos, votan por ellos, porque no tienen otra información ni opción. Así se frena cualquier cambio, porque la gente se desilusiona, traicionada por sus propios representantes.

—¿Cómo sintetizaría la etapa desde 1989 hasta el presente?

Mientras en los antiguos edificios del POUP en Varsovia se muestran logos comerciales, un grafitti en la pared de una cara peletería maldice la influencia de EE.UU. —Con la historia de un obrero, que en la Polonia socialista nunca faltó al trabajo; cuando vino Solidaridad, participó en las huelgas; cuando se declaró el estado de guerra, estuvo en la resistencia, y cuando vino la «democracia», votó por el cambio. Un día, después de las elecciones, llegó a la fábrica y le informaron que estaba despedido. Se fue a casa, en pocos meses no pudo pagar el alquiler, y lo echaron a la calle con su familia y sus niños.

«Por cierto, esa ley, la del desalojo, fue aprobada por un gobierno de los llamados poscomunistas. El año pasado yo mismo fui encarcelado bajo acusación de ataque a la policía, porque estaba defendiendo a madres con niños menores contra los desalojos.

«Esta es la realidad del país. Las esferas en que se acumula el capital, los seguros, los fondos de pensiones, el sector bancario, todo se ha vendido por cinco centavos. El propio capital polaco se ha suicidado, porque ya no pinta nada, todo está vendido.

«Hablamos de un país que no puede gobernarse, porque la economía se dirige por el capital, ¡y el capital se fue! ¡No pintamos nada como polacos en Polonia! Si un empresario polaco necesita créditos, ya el banco no es polaco, sino extranjero, como el 90 por ciento de ellos, y el crédito no es accesible por las duras condiciones que imponen. Pero si viene una compañía holandesa, enseguida se lo otorgan. Y la pequeña empresa polaca no tiene ni oportunidad de competir.

«Además, tenemos cuatro millones de desempleados, que ya no reciben nada del Estado, pues los subsidios son para seis meses. Sobreviven de milagro, porque no tienen trabajo ni ayuda estatal alguna. Entonces se supone que deben infringir la ley, trabajar de modo ilegal, robar, mendigar, o emigrar. No se organizan, porque están al margen, excluidos. Pierden sus viviendas, se criminaliza su pobreza, y es un proceso de desintegración social en el que estamos desde 1989, imposible de frenar.

«Otro punto es que muchos patrones polacos no pagan sueldos durante meses o años. Cuando alguien roba un pan, es un ladrón, pero si le roban los sueldos de doce meses, “no cumplieron el contrato”, eso no está criminalizado. En estas condiciones, sin un movimiento sindical digno de mencionar, la gente emigra y se deja explotar, pero algo menos.

«Paradójicamente, esa emigración por el pan —estamos hablando de dos millones de polacos— ha mejorado un poco las relaciones en el mercado de trabajo dentro del país. Sin embargo, esa es una alternativa pobre...».

—¿Qué ha significado el ingreso en la UE?

—Por una parte, la frontera de la UE nos protege de la competencia directa de los productos fabricados en condiciones de peor esclavitud que en Polonia, y vendemos los nuestros a un mercado de consumidores que es el más rico del mundo. Eso hay que reconocerlo.

«Por otra, cuando emigra la mano de obra hacia el oeste, la gente aprende de sindicalismo y de derechos en España, en Irlanda, en Gran Bretaña, y regresan con otra cultura organizativa. Es importante que el movimiento obrero de ambas partes coopere».

—¿Hay algún camino para que retorne la justicia social?

—Creo que el ejemplo está en América Latina. En Venezuela, Bolivia, Cuba, y quizá en Nicaragua, la integración regional con el ALBA puede ser una opción.

«La gente es inteligente. No puedo ir a los excluidos y proponerles un socialismo inexistente, imaginario. Tengo que darles cifras, ejemplos, porque ya han hecho una revolución, la de Solidaridad, y les ha costado la vida, la perspectiva, la estabilidad y la dignidad. Después de una experiencia tan fresca, es muy difícil arriesgarse otra vez. Por eso tiene que haber alternativas que mostrar».

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