¿A quién apunta Washington?

Preocupan a Rusia planes de Bush de desplegar elementos del sistema de defensa antimisiles en Europa

Autor:

Luis Luque Álvarez

Misiles antibalísticos tambien pueden ser lanzados desde buques. A pocos de los dignatarios presentes en Munich la pasada semana, se les escapó el tono airado del presidente ruso Vladimir Putin. Como dice el refrán, «poquito a poquito, se hace un montoncito», y se huele que el Kremlin está hasta el último pelo de la arrogancia de Washington, que desde los años 90 no ha dejado de mover las piezas de su ajedrez en las posiciones más cercanas a la frontera rusa.

La última jugada es un plan para instalar en Polonia y la República Checa —integrantes de «la nueva Europa» de Donald Rusmfeld, el ex del Pentágono— parte del denominado «escudo antimisiles», que ha sido obsesión de la administración Bush desde muy temprano. Praga acogería un sistema de radares, y Varsovia, diez silos con misiles capaces de interceptar y derribar cohetes hipotéticamente lanzados desde el Medio Oriente.

Sucede que hay, según la secretaria de Estado Condoleezza Rice, «una creciente amenaza de misiles iraníes». Lo dijo luego de una reunión con el ministro del Exterior alemán, Frank Walter Steinmeier, y puntualizó además: «necesitamos ser capaces de enfrentarlo». Ni corta ni perezosa la Rice —quien por cierto, en su papel previo de consejera de seguridad nacional estuvo envuelta muy de cerca en la estrategia de defensa de largo alcance—, asumió que «todo el mundo entiende» que tales misiles «son medios necesarios para tratar con ese problema».

En realidad, no todo el mundo entiende la posición unicentrista de Washington; Rusia está entre estos, y ahí sí puede haber un problema.

Sin embargo, cualquier norteamericano ingenuo que escuche las profecías de esta agorera venida a menos, pensará que ha llegado la hora de esconderse en el refugio que ha construido en el patio contra la amenaza de los tornados. Pero bastaría enterarse de que el misil de más largo alcance con que cuenta Irán —el Shahab-3— puede golpear un blanco hasta 2 100 kilómetros. De modo que, en un muy fantástico caso, Teherán debería pedir permiso al gobierno de Islandia para poder lanzar desde esa isla algunos cohetes que al menos puedan llegar a una playa estadounidense y derribar algún establecimiento de McDonalds, o matar las ratas que tranquilamente se paseaban recién esta semana por un Kentucky Fried Chicken-Taco Bell de Nueva York.

Es extremadamente difícil, como se ve, tragarse la píldora de la amenaza iraní. Y claro, tampoco ha pasado por la garganta de Putin. En su alocución a los políticos europeos y norteamericanos en la capital de Baviera, declaró: «A nosotros no nos pueden menos que preocupar los planes de desplegar elementos del sistema de defensa antimisiles en Europa. ¿A quién le conviene una nueva vuelta de la carrera armamentista, inevitable en tal caso? Dudo mucho de que sean los propios europeos».

Algunas de las pruebas del escudo antimisil han fracasado «Ninguno de los llamados “países problemáticos” tiene misiles que realmente puedan presentar amenaza para Europa, con alcance de 5 a 8 000 kilómetros. Ni lo tendrá en un futuro previsible», añadió.

En el caso del otro «maligno», la República Popular Democrática de Corea, su misil de mayor rango, el Taepodong-2, puede volar unos 4 000 kilómetros. O sea, no podría siquiera aproximarse a los cielos polacos y checos si efectuara su infernal viaje hacia Estados Unidos a través de Europa, ¡en vez de cruzar el Océano Pacífico, que es la ruta más corta!

También en ello reparó Putin: «Es obvio que un hipotético lanzamiento de un misil de Corea del Norte contra EE.UU., vía Europa Occidental, contradice las leyes de la balística. En Rusia decimos en tal caso que ello equivale a “alcanzar la oreja izquierda con la mano derecha”».

Aunque, en la lógica de la política bushiana, todo es posible. Hasta morderse los codos...

DIEZ MISILES AHORA, ¿Y DESPUÉS?

Como es la tónica de las relaciones internacionales en la actualidad, no hubo consultas. EE.UU. propuso, y Polonia y Chequia aceptaron. Lo demás sería apaciguar a Rusia, tratar de convencerla de que no hay peligro, de que ella no es «el problema» y de que no se irá más allá.

Pero cuando Moscú reacciona, entonces cunde la alarma al oeste. Así pasó el 19 de febrero, cuando el jefe de las Fuerzas Nucleares Estratégicas rusas (FEN), general Nikolái Solovtsov, dijo que sus cohetes balísticos podrán apuntar contra la República Checa y Polonia, una vez instalado el famoso «escudo antimisiles» de EE.UU.

«Por ahora, allí no hay nada emplazado, pero si Polonia y la República Checa lo hacen, las FEN pueden tomar como blancos esas instalaciones», señaló el alto oficial.

Y por supuesto, allá salió la Rice a decir que se trataba de declaraciones «desafortunadas». «No hay manera en que diez interceptores en Polonia y el radar en la República Checa sean una amenaza para Rusia o que vayan a disminuir la fuerza disuasiva de miles de ojivas de Rusia».

Examinadas a la ligera, pueden ser válidas estas excusas. Es tan enorme el poderío nuclear ruso, que diez misiles en Polonia serían superados con creces.

Sin embargo, Moscú tiene razones de mucho peso para dudar de tanta «inocencia». En primer lugar, una de las declaraciones de Putin arroja luz sobre la futilidad de las promesas que suele hacer Washington: «Quiero aducir una cita de la intervención del secretario general de la OTAN, el señor Werner, en Bruselas el 17 de mayo de 1990. Él dijo: “El propio hecho de que estemos dispuestos a no emplazar las tropas de la OTAN más allá del territorio de la RFA es una firme garantía que se da a la Unión Soviética”».

«¿Dónde está esa garantía?», inquirió el mandatario ruso, tras referirse al emplazamiento de tropas estadounidenses cada vez más cerca de las fronteras rusas, en países del antiguo Pacto de Varsovia.

Supuestamente para tratar de calmar los ánimos, desde Washington, el teniente general de la Fuerza Aérea Henry Obering, director de la Agencia de Defensa de Misiles estadounidenses, aseguró: «No tenemos ningún plan en este momento de expandirlo a naciones adicionales», refiriéndose a que no irían más allá de Polonia y Chequia. Pero la incidental «en este momento» daría mucho que pensar.

Así que de la misma índole habrá de ser la pregunta del Kremlin ahora ante el escudo antimisiles: ¿Quién garantiza que serán solo diez los misiles desplegados en Polonia? ¿Algún gobernante polaco se negará, llegado el caso, a que el Pentágono aumente sensiblemente su cuota de cohetes antibalísticos allí? Es muy de dudar.

Redundante, más que redundante, es la manía de acoso de EE.UU. contra Rusia. Acechar aquí, espiar allá, hacer estallar tratados antiarmamentistas —como el Acuerdo sobre Misiles Antibalísticos (ABM), del que EE.UU. se retiró en 2002— es la estrategia de enfrentamiento, que contradice el declarado cese de la «Guerra Fría», y en última instancia, si un día se desataran hostilidades abiertas entre ambas partes, pocos quedarían para hacer el cuento.

En 1999, en la clausura de un evento nacional, Fidel hizo la siguiente reflexión: «Rusia era una superpotencia. Antes había dos superpotencias; hoy hay una superpotencia y una potencia. ¿Cuál es la diferencia? Que la potencia puede destruir a la superpotencia tres o cuatro veces, y la superpotencia puede destruir a la potencia 12 o 14 veces. Es decir, sobran unas cuantas veces; pero con una sola basta. ¿Se pueden estar aplicando tales teorías?».

Valga entonces la interrogante: ¿Con cuánta destrucción de ventaja piensan contar EE.UU., Polonia y la República Checa en estas inútiles aventuras «antimisilísticas»?

¿Sirve o no el escudo?

No está de más voltear atrás, revisar los archivos. El escudo antimisiles que Washington quiere instalar ahora en Polonia y República Checa fue rechazado en su momento por un socio mucho más fuerte y cercano, Canadá. En febrero de 2005, Paul Martin, el primer ministro de Canadá, anunció que no participaría en el sistema de defensa misilístico de Estados Unidos, aunque continuarían trabajando como socios en la defensa común de América del Norte, pero «el sistema de defensa balístico no era en lo que concentraríamos nuestros esfuerzos».

Como es de suponer esto se consideró todo un portazo, un franco desaire a George W. Bush, quien personalmente había hecho lobby para lograr la asociación de su vecino norteño. El primer ministro Martin había preferido darle la razón a la ciudadanía canadiense, opuesta resueltamente a los planes de armar el espacio.

Y en el año 2004, un grupo científico independiente de Cambridge, Massachussets, la Union of Concerned Scientist, en un informe de 76 páginas titulado Realidades Técnicas, aseguró que el multimillonario proyecto que debía comenzar a operar el 30 de septiembre de aquel año, era incapaz de interceptar y derribar cualquier misil en un ataque real. Por supuesto, la Agencia de Defensa de Misil del Pentágono rechazó en su momento aquel informe.

Inicialmente, los misiles interceptores serían emplazados en silos de Alaska y California, y estaban diseñados para proteger los 50 estados norteamericanos de un supuesto golpe con misiles de carga nuclear, química o biológica. En el año 2005 ya se habían empezado a instalar los 40 misiles antibalísticos correspondientes a Alaska.

El consorcio Boeing Co. es el beneficiario de ese contrato de defensa para pulverizar blancos fuera de la atmósfera terrestre, detectados por sensores infrarrojos, y en el año 2004 se estimaban «necesarios» 35 000 millones de dólares en los próximos cinco años para desarrollar el sistema del que se tienen todavía muchas dudas sobre su efectividad militar, aunque hay algo seguro: da demasiados dolores de cabeza por su carácter altamente ofensivo.

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