Médicos hondureños graduados en Cuba cambian la realidad de su país

 Luther Castillo regresó a su aldea como médico para ayudar a los olvidados garífunas, a pesar de los intentos del Colegio Médico de ese país por invalidar su título

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  Luther Castillo, con una de sus pacientes más pequeñas. Fotos: Cortesía del entrevistado

DEPARTAMENTO DE COLÓN, Honduras.— Ciriboya es un sitio perdido en la geografía hondureña. Solo los que viven allí hablan alguna vez de él y lo sitúan como el pequeño remanso que es para sus habitantes, negros de la etnia garífuna, cuyos ancestros llegaron a la costa Atlántica de este país hace más de 200 años, procedentes en lo fundamental de la isla caribeña de San Vicente.

Ubicado muy próximo a la selvática Mosquitia, casi en la frontera misma, el poblado está habitado por personas laboriosas y nobles, con profundas raíces religiosas africanas, cultivadores de sus más genuinas tradiciones y poco conocedores del español, pues tienen su propio lenguaje.

 

Así son las construcciones tradicionales garífunas en la aldea

En Ciriboya no hay datos de alumbramientos o muertes. Allí nacían y fallecían sin ser atendidos jamás por un médico. Sin embargo, en el año 2000 llegó a todos una luz esperanzadora desde Cuba. Uno de sus hijos, Luther Castillo, formó parte del primer grupo de jóvenes hondureños que estudiarían en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), de La Habana.

Quiso la vida que un día, a mediados de ese año, él abordara, al igual que los restantes aprobados, un avión militar, que despegó de la tristemente célebre Base Aérea de Palmerola, próxima a la legendaria ciudad de Comayagua, instalación en manos de los norteamericanos para ejercer su control hegemónico en los países del área. Un hecho simbólico y contradictorio a la vez, ¿verdad?

  Atiende todos los reclamos de salud de sus vecinos Luther fue un buen alumno, que además devino líder de los hondureños en la ELAM y aventajado tribuno en no pocos eventos en los cuales habló con vehemencia de la solidaridad y el aporte de Cuba a la formación de médicos para atender a las capas más pobres de la población latinoamericana y hasta de Estados Unidos.

Una vez graduado no optó por quedarse en la convulsa, pero siempre atrayente Tegucigalpa, la capital política de Honduras; en San Pedro Sula, emporio económico; o en La Ceiba, ciudad turística y divina para el esparcimiento y el ocio. El joven negro, de baja estatura y hablar fluido y seguro, regresó a Ciriboya, donde están sus raíces.

Por primera vez sus hermanos de etnia tuvieron entre ellos a un médico. El doctor graduado en Cuba es un símbolo para los garífunas de la comunidad. Con él llegó, por fin, la atención a los múltiples problemas de salud de la misma.

 

Todos ayudaron a levantar, bloque a bloque, el primer centro de salud de Ciriboya para su primer médico

Según cuenta Luther, con rapidez se dio cuenta de que era imprescindible hacer un centro de salud, con las condiciones mínimas para la atención adecuada. No podían ponerse a esperar a que las autoridades del país o del departamento destinaran los recursos financieros y materiales necesarios. Él se puso al frente de los decididos, que fueron todos, y con más voluntad que conocimientos emprendieron la obra.

Ancianos, mujeres y niños cargaron bloques e hicieron la mezcla, y el centro comenzó a ser el punto de mayor atención del pequeño poblado. Nada podía detenerlos. El local se levanta ya como una realidad en Ciriboya, y el doctor Luther está con los suyos, aunque las autoridades del Colegio Médico de Honduras quieren impedírselo, como a sus compañeros de graduación y a los que formaron parte del segundo grupo egresado de la ELAM.

—¿Por qué? —le pregunto.

—No quieren revalidarnos el título de Doctores en Medicina y sin esa aprobación no podemos trabajar.

—¿Qué argumentan?

—Que debemos hacer de nuevo el año de internado rotatorio, porque el sistema de salud cubano es más preventivo que curativo y se diferencia mucho del existente en Honduras.

—Pero en Cuba también se atiende a personas enfermas...

—Claro. Y también hay accidentes, y llegan a los hospitales personas con heridas o que deben ser intervenidas quirúrgicamente de urgencia. Es un argumento sin validez... es una mala justificación.

—¿Y los pacientes, entonces?

—Siguen sin atenderse, porque a los señores del Colegio Médico eso no les interesa. La Medicina en este país es un comercio y nosotros tenemos otro tipo de formación.

—Las informaciones dan cuenta de que han hecho reuniones, marchas de protesta, encuentros con autoridades... ¿Avizoran una solución?

—Los rectores de los centros de educación superior aprobaron que se nos revalidara el título, pero el Colegio se niega. Hemos hecho dos marchas masivas de protesta en Tegucigalpa, nos reunimos con autoridades del Gobierno y fuimos hasta la Corte Suprema de Justicia, pero no hemos tenido una respuesta definitiva aún. Seguiremos hasta el final con este justo reclamo.

—¿Qué pasa en Ciriboya?

—Aquí no viene nadie. A mí tienen que sacarme a la fuerza, amarrado tal vez. De este monte no hay quien me arranque.

Luther devino también líder de los cerca de 300 médicos graduados en la ELAM. Posee un verbo fuerte y fluido, y no teme a los enfrentamientos. Argumenta que los hondureños más pobres son los que sufren las consecuencias de esas decisiones arbitrarias e ilógicas, y es de la opinión que el diferendo tendrá que resolverse, porque más temprano que tarde este país tendrá mil graduados en Cuba y esa cifra es para respetar.

Mientras, en la casi perdida Ciriboya ya hay médico y atención sanitaria, gracias a la solidaridad de un pueblo humilde del cual están muy agradecidos aquí.

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