Otro nudo gordiano para Alejandro Magno

La denominación de la ex república yugoslava de Macedonia como «República de Macedonia» ha concitado el disgusto de la vecina Grecia. El diferendo no tiene solución a la vista

Autor:

Luis Luque Álvarez

*ARYM: Antigua República Yugoslava de Macedonia. Decir Alejandro Magno es traer a la memoria abundantes páginas de historia. Es ver a las falanges macedónicas abriéndose paso entre sus adversarios de Persia y la India, esparciendo con sus lanzas, paradójicamente, las huellas de la cultura griega por buena parte del mundo entonces conocido.

Muy difícilmente el joven rey, que pretendía ser divinizado pero que murió sin poder sumar siquiera un segundo a su vida, habría alcanzado a adivinar que su figura fuera hoy motivo de desavenencias diplomáticas. En diciembre de 2006, las autoridades de la Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM) decidieron cambiarle el nombre al aeropuerto internacional de Skopje, la capital de ese pequeño estado, para bautizarlo «Alejandro Magno».

La protesta llegó del otro lado de la frontera sur, de Grecia, que considera al célebre personaje y a su patria de origen —la región griega de Macedonia— patrimonio exclusivo de la historia del país helénico. «La actitud de Skopje —señaló la canciller, Dora Bakoyannis— no está en línea con sus obligaciones de mantener las relaciones de buena vecindad que emanan de sus compromisos hacia la Unión Europea, y no favorecen sus ambiciones euroatlánticas».

¿Qué tenemos entonces? Pues dos países que divergen sobre un tema de raíces ancestrales. De un lado está la Macedonia ex yugoslava, independiente desde 1991, y del otro Grecia, una de cuyas provincias norteñas ostenta, desde tiempos inmemoriales, el nombre de Macedonia.

No ha sido ese, no obstante, el único desencuentro. Ya en 1991 Skopje diseñó una bandera nacional que, en su centro, ostentaba el Sol de Vergina, símbolo de la monarquía macedonia, que decoraba incluso el ataúd de Filipo II, padre de Alejandro, hallado en 1977 en el norte de Grecia. Se suma a ello que la moneda adoptada por el naciente país tenía como ilustración nada menos que la Torre Blanca, una fortaleza del siglo XV erigida en Salónica, capital de la Macedonia griega.

Lo que Atenas entendió como una usurpación de sus raíces históricas, derivó en febrero de 1994 en un bloqueo comercial unilateral hacia la ex república yugoslava, que solo terminó en septiembre de 1995, cuando esta decidió modificar su enseña nacional y remover la imagen de la Torre Blanca de su moneda.

Dos esculturas de Alejandro Magno, una en Salónica, Grecia, y otra en Prilep, en la Macedonia ex yugoslava. La disputa alcanza incluso a los personajes de la historia. De entonces acá se establecieron relaciones bilaterales que se han ido incrementando, particularmente en el plano del intercambio comercial y las inversiones, si bien persiste una disputa por el nombre del país: «República de Macedonia».

Para bajarle el tono al debate, la Asamblea General de la ONU, al decidir la incorporación de Macedonia al organismo internacional el 8 de abril de 1993, señaló que, a sus efectos, el país respondería provisionalmente al nombre de «Antigua República Yugoslava de Macedonia», aunque quedaba pendiente un arreglo entre las partes sobre la denominación definitiva.

No obstante, lo provisional es, tal como se anuncia, pasajero, y mientras en Skopje continúan prefiriendo el título de «República de Macedonia», en Atenas insisten en que no habrá una completa normalización de las relaciones bilaterales, ni podrá su contraparte dar otros pasos en el ámbito de la UE, hasta que no desista de emplear ese apelativo.

Una Macedonia, dos Macedonias... Grecia sospecha que, de ceder, podría resultar perjudicada por una eventual confusión de estas en el futuro.

El nombre de la discordia

La Macedonia yugoslava, de la que solo una muy pequeña porción (una quinta parte, según investigadores) formó parte de la Macedonia de Alejandro Magno, fue colonizada posteriormente por Roma y desde el siglo IX pasó a constituir una provincia del imperio bizantino. Ya desde el siglo VI, oleadas de inmigrantes eslavos se asentaron en la región y variaron su composición demográfica, en detrimento de ilirios, tracios y griegos.

Durante la Edad Media, la vecina Bulgaria tomó el territorio, en el que dejó sentir su influencia cultural y lingüística, hasta el siglo XIV, en que fue ocupado por el imperio otomano. En 1912 fue incorporado al sur de Serbia, e integrado al final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, la naciente Yugoslavia.

Al término de la segunda conflagración mundial, Macedonia se constituyó en una de las seis repúblicas de la Federación Yugoslava socialista, hasta que el 17 de septiembre de 1991, siguiendo el camino de la mayoría de las otras regiones, se erigió en Estado independiente.

Los roces entre Grecia y el nuevo país de poco más de dos millones de habitantes, no demoraron en aparecer. Atenas insiste en que la denominación «Macedonia» corresponde únicamente a la parte septentrional de su país, un área de 34 231 kilómetros cuadrados, de pujante economía industrial, y donde radican casi dos millones y medio de personas.

¿Qué razones expone Grecia para rechazar la expresión «República de Macedonia»?

La página web del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Helénica alega que la elección del nombre «Macedonia» por la ARYM, usurpa directamente la herencia cultural de Grecia y constituye la base para reclamar derechos exclusivos sobre toda el área geográfica de la Macedonia griega.

«Llamar únicamente macedonios a los eslavo-macedonios, monopoliza el nombre para estos y crea una confusión de significados, a la vez que viola los derechos humanos y el derecho individual de los greco-macedonios de identificarse como tales», apunta la Cancillería griega, cuyo argumento es que precisamente cuando Skopje aceptó la provisionalidad del nombre del país ex yugoslavo, también admitió, de paso, que continúa siendo objeto de negociación, no un hecho consumado.

Y claro, aunque Atenas dice que no es cuestión de que se sienta amenazada militarmente por el vecino Estado, no deja de señalar que «el riesgo visible de una futura desestabilización de la región no debe ser ignorado».

Ni UE, ni OTAN

Como todos los países ex socialistas de Europa, la ARYM también tiene su meta en la integración en la Unión Europea. Con una tasa de paro del 36 por ciento, y un 30 por ciento de la población por debajo de los niveles de pobreza, el país espera obtener grandes beneficios de su eventual ingreso al club comunitario.

Así, desde 2005 es candidato oficial a la adhesión. En este momento, la ARYM implementa una Asociación Europea, aprobada por la UE, dirigida a facilitar el proceso. Las prioridades de dicho mecanismo pasan por aplicar recomendaciones en materia de comicios, reforma del sistema judicial, lucha contra la corrupción, privatizaciones aceleradas, etc.

Durante esta etapa, la mayoría de los productos de Macedonia ingresan a la UE sin aranceles, mientras el país recibe importantes sumas desde Bruselas. Solo entre 2000 y 2006, dichas ayudas sobrepasaron los 298 millones de euros, y hasta 2013 están previstos otros 302 millones.

Sin embargo, el vestíbulo no es todavía el escenario. Y hay un portero, Grecia, que no dará luz verde a una integración plena de la ARYM en la UE, ni en la OTAN, hasta tanto no se resuelva el tópico del nombre oficial del país.

«No hay oportunidad de que la ARYM acceda a la UE ni a la OTAN bajo el nombre de República de Macedonia», explica el Ministerio de Relaciones Exteriores de Grecia, que lamenta, además, el hecho de que en noviembre de 2004, EE.UU. reconociera a la ex república yugoslava bajo la denominación rechazada por Atenas, algo que hasta hoy han hecho al menos 100 países. «Esta decisión unilateral obstaculiza los esfuerzos por alcanzar una solución mutuamente aceptada, pues refuerza la inflexibilidad de la ARYM», agrega la Cancillería helénica.

En alusión a la disputa, Manuel Lobo Antunes, secretario de Asuntos Europeos de Portugal —país que preside este semestre la UE—, declaró el 24 de julio, durante una reunión con representantes de la ARYM, que «cualquier acción que afecte a las relaciones de vecindad, debe ser evitada». Poco después, su homólogo macedonio, Antonio Milosovski, precisó que Grecia es «el único país que tiene problemas» con la expresión «República de Macedonia», aunque se dijo dispuesto a analizar bilateralmente el asunto.

En este contexto, y mientras el alcalde de la ciudad de Salónica, junto a los de otras urbes griegas, ha reclamado al Parlamento Europeo que adopte una resolución que desconozca la existencia de Macedonia, el Legislativo comunitario llegó a la conclusión de que «la cuestión del nombre no debe utilizarse como un obstáculo a las negociaciones y la adhesión a la UE». Sutil manera de expresar que desea una rápida salida del atasco, pues considera el tema como de importancia secundaria en comparación con el manojo de condiciones que ha de cumplir Skopje para ingresar al «euroclub».

Mas, como para Atenas no resulta un simple capricho, y tampoco sus vecinos tienen visos de cambiar de parecer, no hay una salida satisfactoria en el futuro inmediato. Si Alejandro —quien en su día cortó de un golpe de espada el problemático nudo gordiano— tuviera ante sí el dilema de las dos Macedonias, quizá se encogería de hombros ante la ardua tarea de intentar poner de acuerdo a los hombres.

Más tensiones adentro

Aunque la inmensa mayoría de la población de la Macedonia ex yugoslava está constituida por eslavo-macedonios (1 297 981), también existe una minoría muy importante de albaneses (500 000). En 2001 se suscitó un conflicto armado entre miembros de ese grupo étnico y el gobierno central, que finalizó una vez rubricado el Acuerdo de Ohrid.

En virtud de ese arreglo, los albaneses accederían a entregar sus armas, mientras que Skopje les otorgaría una mayor autonomía y facilidades para la enseñanza de la lengua albanesa.

A pesar de ello, un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), de 2006, advierte que persisten tensiones étnicas entre albaneses y eslavo-macedonios, y estima que aún existen aproximadamente 170 000 armas pequeñas ilegales dentro del país.

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