Tumbas imperiales en el reino del dragón

Las sepulturas del Este de la Dinastía Qing, pertenecientes a la última dinastía que gobernó China (1644-1911) son las mejores conservadas del gigante asiático

Autor:

Juventud Rebelde

Beijing.— Mientras se avanza a lo largo de los 120 kilómetros que separan el centro de esta capital de las Tumbas Imperiales del Este de la Dinastía Qing, el aire se llena de presagios. Aunque se hayan leído decenas de cuartillas sobre el complejo funerario más grande e intacto del mundo, cuando el gran pórtico de la entrada asoma ante los ojos, casi es necesario pellizcarse para sentirse real. Hasta allí se acercan cientos de miles de personas durante todo el año y el amplio abanico de edades de los visitantes muestra el interés general por esta joya de la antigua arquitectura china. Todos se inclinan con respeto.

Impávidas ante el paso del tiempo, majestuosas, las Tumbas Qing se saben vencedoras de mil batallas y se regodean ante los ojos del visitante. Ahí están los símbolos de un tiempo, los pedazos de vidas, las intrigas palaciegas, la historia de una época a la que los chinos se acercan con un sobrecogimiento especial. Familias enteras disfrutan del paseo. Jóvenes en jeans y con las inseparables mochilas, ancianos con sus bastones, bebés en brazos de padres o abuelos, hacen el recorrido de 2 500 metros cuadrados. Algunos van y vienen de prisa por los salones, pasillos, subterráneos, jardines; quieren escudriñar hasta el último rincón, que no se quede nada por ver (nosotros también). Sonríen, colocan inciensos, rinden tributo a los antepasados, como parte de una tradición milenaria.

Las tumbas Qing, pertenecientes a la última dinastía que gobernó China (1644-1911) antes de la República, rinden con su magnificencia a nacionales y forasteros.

El poder después de la muerte

La belleza natural y la elegancia de las Tumbas del Este de la Dinastía Qing muestran el cuidado por los detalles de la antigua arquitectura china, entonces en su máximo esplendor. Las gigantescas estructuras de madera y piedra, las puertas de madera tallada, los decorados exteriores e interiores y el avanzado sistema de drenaje, poseen un estilo y formas culturales propias. La obra en su conjunto, y en cada una de sus partes, destaca la idea del mundo y el poder en la China imperial.

Un siglo y medio duraron los trabajos para completar el cementerio, que se levanta a un costado de la montaña Chang Rui, en la actual provincia de Hebei, lugar aconsejado por los astrólogos de la época para levantar la nueva casa imperial destinada al descanso eterno. Esta debía servir de barrera contra los espíritus malignos.

La primera edificación se comenzó a construir en 1662 y el complejo que conocemos hoy terminó en 1909. Allí fueron enterrados cinco emperadores, 14 emperatrices y 136 concubinas. Las tumbas más famosas son la del emperador Kangxi (1662-1722) y la del emperador amante de las artes Qian Long (1736-1795). Ellos, según reconoce la historia del país, llevaron la economía del imperio a su máximo apogeo. También es muy reconocido y visitado el mausoleo de la emperatriz Cixi, única mujer que gobernó China.

Camino celestial

La Dinastía Qing estuvo antecedida por la Ming (1364-1644) y en ambos casos se conservan las tumbas de los emperadores y la familia real. En las tumbas Qing es evidente la influencia de sus antecesoras. Se repiten los componentes arquitectónicos, como la gran puerta de mármol, la puerta roja, las columnas de la longevidad, la senda sagrada y la puerta del Fénix y el dragón. Sin embargo, una de las marcas distintivas del mausoleo Qing es la influencia del budismo.

La protección espiritual del cementerio estuvo encargada a un grupo de animales sagrados y guerreros, tallados en mármol a lo largo de un kilómetro. Ellos, custodios de la gran puerta de las Tumbas Qing, están ubicados en parejas a ambos lados del ancho camino. Dragones, camellos, elefantes, caballos y finalmente tres parejas de funcionarios vestidos, armados y alguno rezando el rosario budista; permanecen inamovibles para servir al emperador después de la muerte.

Justo en el centro, un estrecho sendero conduce a la entrada principal. Este camino solo estaba reservado a los emperadores, quienes debían rendir tributo a sus antepasados, al menos una vez al año. El paisaje se presenta imponente y hermoso, casi se puede tocar la sagrada montaña.

Todo el complejo embelesa y pareciera que el ojo humano no está apto para captar el preciosismo de los ornamentos. Los mausoleos llevan a grado sumo el intento de permanecer más allá de la muerte.

Qiang Long

El emperador Qian Long mandó a construir su tumba en 1743 y fue concluida en 1752. Uno de los carteles a la entrada del lugar asegura que costó más de 1 700 000 talentos de plata. Tiene 54 metros de profundidad y toma un área de 342 metros cuadrados. Es necesario atravesar al menos tres puertas con sus largos pasillos, jardines y murallas para llegar al sepulcro.

Ya en el interior, aunque las personas se amontonan, es posible distinguir las alegorías al budismo en las paredes del recinto, elemento que distingue este mausoleo del resto de los allí levantados. También sobresalen las inscripciones en sánscrito (escritura antigua). Junto al monarca fueron enterradas tres emperatrices e igual número de consortes imperiales. El toque de la preservación llega a las bóvedas, al igual que, las del resto de los gobernantes Qing, con la protección de cristales especiales y el monitoreo constante de su temperatura y humedad.

En las afueras de esta tumba fueron enterradas las concubinas de Qian Long. Más de una veintena de montículos de tierra se levantan entre pinos y cipreses. Existe solo un mausoleo y en él descansa la más famosa de aquella época, Rong, la concubina perfumada, que trascendió por la fragancia dulce y agradable que desprendía su piel y por su habilidad para usar ese don de acuerdo con sus intereses.

Según la revista China Hoy, la concubina Rong pertenecía a la minoría étnica Uygur y conquistó el corazón del emperador, quien quedó perdidamente enamorado de su belleza y su peculiar aroma. Como consorte imperial vivió durante 28 años en la Ciudad Prohibida y, de acuerdo con investigaciones históricas, murió a los 55 años. Todavía su aroma puebla las leyendas y de un modo especial su sepulcro entre las tumbas de la última dinastía china.

Cixi, la emperatriz

La última morada de la emperatriz Cixi es considerada la más espléndida de la dinastía. Fue la concubina del emperador Xianfeng (1850-1861), a quien le dio un hijo y gracias a lo cual controló el poder en China durante 47 años. Su historia, marcada como pocas por intrigas, destituciones, asesinatos y pugnas internas, está muy enraizada en el imaginario popular. Se le conoce como «el poder detrás de la cortina», porque se dice que los pocos años que permaneció su hijo Tongzhi en el trono, era ella quien en realidad tomaba las decisiones del imperio.

Su monumento funerario es la más clara evidencia de la personalidad de esta mujer y su obsesión por el poder y la longevidad. Iniciadas las labores de construcción en 1873 estas terminaron en 1879, pero la emperatriz tuvo tiempo hasta de ordenar una reconstrucción que tomó 13 años (1895-1908). El costo del recinto ascendió a 2 270 000 de las monedas de la época, según una inscripción a la entrada del lugar.

En la talla de mármol de la entrada la sagrada Ave Fénix permanece encima del dragón, lo cual diferencia esta tumba de las del resto de los emperadores Qing. La emperatriz Cixi es una de las más famosas monarcas imperiales y ello se evidencia al volver sobre sus pasos y su historia.

El pasado en los pasos del presentes

Consideradas como el reflejo de la historia de Qing, las tumbas poseen una gran reputación dentro y fuera de China. Programas turísticos para nacionales y extranjeros las incluyen en sus rutas y aseguran la fascinación, porque es cierto.

Existen y se muestran con todo el esplendor gracias al interés del gobierno central en su conservación y mantenimiento, tras quedar bajo protección estatal desde 1961. Ya en el año 2000 las Tumbas del Este de la Dinastía Qing fueron incluidas por la UNESCO en la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Los cimientos de la gran nación se descubren sin reservas en las Tumbas Qing.

Los jóvenes continúan de un lado a otro del recinto. Un aire de solemnidad lo invade todo. Ellos se inclinan con respeto; nosotros también.

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