El mandamiento olvidado

Autor:

Luis Luque Álvarez

Una familia de inmigrantes italianos llega a Nueva York en 1905. Foto: www.everyculture.com «Cuando un extranjero resida contigo en tu tierra, no lo molestarás. Él será para ustedes como uno de sus compatriotas, y lo amarás como a ti mismo, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto».

Tal indicación, contenida en la Biblia, la recibieron los israelitas que peregrinaban por el desierto hace miles de años. Pero a estas alturas, el primer ministro italiano Silvio Berlusconi y los miembros de su gobierno derechista, ¡no se han enterado todavía! Es lo que se concluye de la aprobación, esta semana, de una propuesta para criminalizar a los inmigrantes indocumentados, a los que les pueden caer encima entre seis meses y cuatro años de cárcel.

La iniciativa, que será llevada al Parlamento, tipifica como delito la inmigración ilegal, y además de acelerar las expulsiones, aumenta en un tercio las penas de cárcel a los «sin papeles» que cometan un delito, y ordena confiscar las viviendas que hayan sido alquiladas a estos (además de mandar a prisión a los propietarios) y poner tras las rejas a los padres de aquellos niños que mendiguen, además de arrebatarles la patria potestad.

Leyendo algunas de estas «perlas», especialmente la última, recordé las «leyes contra la vagancia» en la Inglaterra del siglo XVI: «Los mendigos sin licencia y mayores de catorce años serán azotados sin misericordia y marcados con un hierro candente en la oreja izquierda (...). En caso de reincidencia, siempre que sean mayores de dieciocho años (...), serán ahorcados».

Aquellos eran ingleses pobres; los de ahora, inmigrantes del sur, o rumanos, o gitanos de otros países europeos. Pero tanto unos como otros estaban necesitados de pan y de justicia. Y si a los primeros el rey los hacía ahorcar, los segundos se convierten en víctimas de las instigaciones cocinadas por los políticos en Roma, pues además de los arrestos efectuados por la policía italiana en los últimos días, varios campamentos gitanos han sido incendiados por grupos xenófobos en Nápoles, en el sur.

Tales incidentes provocaron incluso un roce con España, cuya vicepresidenta del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, apuntó que Madrid «no comparte lo que está sucediendo en Italia» y «rechaza la violencia, el racismo y la xenofobia». También el cardenal Renato Martino señaló que «Italia necesita a los inmigrantes porque es un país con una natalidad muy baja. En pocos años pasará de 57 millones de habitantes a 50 millones», y añadió que no se puede acusar a los inmigrantes de todo lo malo.

Desafortunadamente, se va incubando el miedo. «Estamos atemorizados, no vivimos. Hay una campaña contra nosotros, pero no todos somos delincuentes. Para defender a nuestras familias y a nuestros niños, pasamos la noche en vigilia», dijo Redzib Hamidovic, un gitano de Bosnia que vive en las afueras de Roma. Su sobresalto debería abochornar a las autoridades de un país del que, entre finales del siglo XIX y la década de 1970, casi 30 millones de personas emigraron hacia América Latina, EE.UU. y naciones europeas más industrializadas, como Alemania y Francia, y sufrieron en sus carnes el diente de la discriminación...

Según un artículo publicado por José Martí en 1888 en El Partido Liberal, «el italiano (en EE.UU.) vive por pobreza en cuartuchos fétidos, apilados, maridos y mujeres, hermanos y hermanas, padres e hijas; (...) de un cazolón comen veinte a la vez, encuclillados en la sombra, los hombres febriles, las mujeres con los recién nacidos, como gusanos, colgándoles del pecho». Curiosa similitud la de estos seres humanos que emigraban para comer con las de muchos que cruzan el Mediterráneo o las fronteras del este para poder llenar el vientre. Y educarse. Y sanar de sus enfermedades...

Pero la memoria es escasa en el gabinete italiano. Y Berlusconi, quien desea durar al frente del Ejecutivo, se esfuerza más por complacer a sus aliados de la xenófoba Liga Norte, un partido que desearía separar al rico norte de Italia del más atrasado sur, y que hace bandera contra los inmigrantes pobres. Su líder, Umberto Bossi, llegó a pedir en 2003 que se disparara con cañones contra las embarcaciones de indocumentados que arriban desde África.

Por ahora, tal vez le baste con la iniciativa del gobierno. Y quizá llegue a satisfacerle también una nueva directiva para expulsar a inmigrantes —aún pendiente de ratificación por el Parlamento Europeo— que los 27 miembros de la UE aprobaron días atrás en Bruselas, donde algunos tampoco se acuerdan mucho de los mandamientos dados a los israelitas.

Pero ese será tema de otro comentario.

Una familia de inmigrantes italianos llega a Nueva York en 1905. Foto: www.everyculture.com

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