¿Infancia con futuro hipotecado?

Muchas heridas y cicatrices mutilan el cuerpo y el alma de los niños del mundo. Otra es la realidad de Cuba, cuyos infantes viven muy lejos de esos escenarios alarmantes

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

Su mañana pesa hoy sobre nuestras espaldas. (Foto: www.sanvega.com) Fabio despertó algo soñoliento. Con vagancia abre los ojos e incrédulo me mira. No entiende el porqué de mis felicitaciones.

—¿Qué día es hoy? —me pregunta extrañado. —No es mi cumpleaños.

—No, es cierto, no es tu cumpleaños. Pero hoy 1ro. de junio todos los niños del mundo celebran su día.

—¿Su día? —vuelve a cuestionarme—. Explícame mami, que no entiendo nada.

Resulta que hace 49 años la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre los Derechos del Niño, y en 1989 la Convención sobre los Derechos del Niño, donde se acordó dedicar en cada país un día para los pequeños, que se consagraría a la fraternidad y a la comprensión entre los infantes del mundo entero y se destinaría a actividades propias para promover su bienestar.

La Convención compromete a todas las naciones miembros a hacer respetar los derechos humanos básicos que deben disfrutar los niños en todas partes del mundo. El derecho a la supervivencia, al desarrollo pleno, a la protección contra influencias peligrosas, los malos tratos, la explotación, así como a la plena participación en la vida familiar, cultural y social. Pero, paradójicamente, este texto, seguramente, es el más universalmente incumplido.

Las noticias que hoy abundan en los medios informativos de todo el mundo así lo constatan. Millones de pequeños despertarán este domingo y —como Fabio— no sabrán que tienen reservado su día. Otros 30 000 morirán en esta fecha víctimas del hambre, las guerras, las epidemias, los abusos o cualquier otra causa.

Sin embargo mi Fabio, a sus seis años, como cualquier otro niño cubano, vive muy lejos de escenarios tan alarmantes.

Responsabilidad toda de adultos

Si bien es verdad que la humanidad decidió dedicar un día a la infancia, más valdría que también lo hiciera los 364 días restantes del año.

Otra no puede ser la conclusión cuando se sabe que en la actualidad 600 millones de infantes en el mundo viven en la pobreza; 250 millones entre 5 y 14 años trabajan en países tanto del Tercer Mundo como de los desarrollados; 130 millones no reciben educación y otros seis millones padecen lesiones limitantes causadas por las guerras o conflictos armados. Un dato más para las terribles estadísticas: cada 24 horas, 8 500 muchachos se contagian con el sida.

Según los informes sobre la situación mundial de la infancia emitidos por UNICEF en 2007, más de diez millones de menores de cinco años fallecen anualmente, cuatro millones de lactantes no sobreviven al primer mes de vida, uno de cada seis niños sufre hambre aguda y uno de cada siete no tiene acceso a la atención sanitaria. Alrededor de 15 millones en edad escolar no reciben educación y son innumerables los casos donde los pequeños están sometidos a la explotación sexual y laboral, a la violencia doméstica, al maltrato y al reclutamiento como soldados en conflictos armados.

Ante esta situación, ¿se puede afirmar seriamente que se protege a la infancia? No es el caso ser catastrofista, pero tampoco puede negarse la realidad.

Por otra parte, es curioso ver cómo proliferan organismos públicos y privados que proclaman su misión protectora de la infancia. Sin embargo, en muchas ocasiones, solo tienen como misión protegerse a sí mismos.

Ahí están las denuncias contra importantes organizaciones humanitarias que tenían esta misión y que, levantado el velo, se descubre que solo basan su acción en el aprovechamiento de los sentimientos altruistas para con ellos.

Peor el remedio...

El ejemplo claro vio la luz por estos días. La ONG Save de Children denunció que niños de hasta seis años de edad de Costa de Marfil, Sudán y Haití son obligados por trabajadores de organizaciones humanitarias internacionales que laboran en esos países, a brindar «favores sexuales» a cambio de alimentos o dinero, provenientes de la propia ayuda que deben entregar los también llamados cascos azules de la ONU.

La acusación está basada en una investigación profunda y en entrevistas a 250 niños, la mayoría huérfanos que viven a merced de esas instituciones ¿humanitarias? en esos tres países en grave situación de emergencia por conflictos sociales o armados.

El estudio no descartó la existencia de muchos pequeños en todo el mundo que sufren en silencio por la misma causa y no lo dicen por miedo a represalias de su agresor, a perder el alimento con el que sobreviven o a recibir algún castigo de sus comunidades.

Y la práctica no es nueva. Hace dos años, el entonces secretario general de la ONU, Koffi Annan, poco antes de dejar el cargo, se pronunció ante denuncias de este tipo de vejámenes, venidas también de Costa de Marfil, implementando una política de «cero tolerancia».

Infancia manchada por la guerra

Algo totalmente opuesto a la justicia, el derecho y la razón es la utilización de menores de edad en enfrentamientos bélicos, situación que continúa latente y en crecimiento.

Desafortunadamente, a pesar de las prohibiciones formuladas por las normativas de orden internacional y nacional, los menores de edad continúan participando en las hostilidades y convirtiéndose frecuentemente en víctimas de contiendas internas o foráneas.

Años después de ser adoptados los Protocolos adicionales a los Convenios de Ginebra y la Convención sobre los Derechos del Niño, y de introducir el tema en el Derecho Internacional Humanitario, en países como Burundi, Liberia, Uganda, Somalia, Sudán, Myanmar, Nepal, Filipinas, Sri Lanka y Colombia, los menores de cualquier sexo son empleados como combatientes.

Datos de la UNICEF dan cuenta de que, en la actualidad, por lo menos 500 000 niños participan en una treintena de conflictos armados en todo el planeta, representan el 40 por ciento de las víctimas civiles y el 50 por ciento de la población mundial de refugiados y desplazados. Se calcula que alrededor de dos millones y medio han muerto en trances bélicos en los últimos 20 años.

¿Consecuencias? Nefastas todas. Incluso teniendo la «suerte» de sobrevivir, estos niños y jóvenes quedan con secuelas luego de padecer o presenciar, entre otras experiencias atroces, el asesinato a sangre fría, la tortura, el maltrato, la deportación para trabajar en condiciones de esclavitud, la reclusión en campos de concentración, la toma y ejecución de rehenes, los ataques aéreos indiscriminados e incluso la realización de experimentos biológicos ilícitos.

Cada vez se hace más urgente que las normas de ese ordenamiento tengan una aplicación irrestricta, pues el niño combatiente es una de las figuras más trágicas de nuestro siglo y constituye el símbolo de la infancia manchada por la guerra.

Pequeños objetos sexuales

«Tú eres muy inteligente como para estar pasando trabajos en este pueblo», dice a Srey Kanya una mujer mayor que ha llegado al poblado donde vive esta niña de 12 años. «Deberías estar en la ciudad trabajando en un buen empleo y con un buen salario. Si quieres, yo te puedo ayudar». Por aceptar la propuesta, Srey Kanya terminó en un burdel de Phnom Penh, la capital de Cambodia.

La explotación sexual de los menores es parte importante de un negocio que mueve miles de millones de dólares cada año. Tanto hembras como varones son buscados sin ningún respeto ni consideración, y es solo su «juventud» lo que los hace «apetecibles» para los traficantes y su clientela.

No es un problema oculto, ya está extendido por el mundo y parece casi imposible frenar tan abominable práctica. La baja autoestima que tienen como consecuencia del maltrato del que han sido objeto, los convierte en un objetivo fácil para los explotadores.

Según cálculos mundiales más de un millón de niños son obligados anualmente a prostituirse, se les compra y vende con fines sexuales y los emplean en la industria de la pornografía infantil, un negocio multimillonario adonde los ingresan por la fuerza o mediante engaños, privándoseles de sus derechos, de su dignidad y de su infancia, con grave amenaza para su salud mental y física, y su desarrollo.

El advenimiento de las nuevas tecnologías, de la era de internet y los juegos electrónicos, ha facilitado el acceso a la pornografía infantil, a la información sobre turismo sexual y a las parejas en línea, abriéndoles las «ventanas» a proxenetas y pedófilos en el macabro reclutamiento de menores.

Ellos también tienen hambre

Además de todos estos sufrimientos, carencias y necesidades, otros pesares tendrán en ellos las víctimas más vulnerables. El afán de los mayores de utilizar como combustible productos que hasta hace poco solo fueron alimentos básicos, deja ya huellas en la vida de los pequeños.

Más de una cuarta parte de todos los infantes por debajo de cinco años de los países en desarrollo tienen un peso inferior al normal y en muchos casos esta situación amenaza sus vidas, según UNICEF. La desnutrición tiende a convertirse en una pandemia mundial que contribuye a más de la mitad de todas las muertes infantiles, alrededor de 5,6 millones al año.

Lo cierto es que de seguir inalterables estas tendencias, las próximas generaciones están destinadas a no subsistir, y los adultos son los máximos responsables. Los niños merecen y necesitan ambientes óptimos donde puedan desarrollar sus potencialidades y aptitudes físicas, intelectuales y emotivas, que encaucen adecuadamente la consecución de sus metas. Las amplias posibilidades creadas para ellos por una Revolución como la cubana confirman que alcanzar estos propósitos no es una utopía irrealizable. El mundo no puede permanecer cruzado de brazos. Lo que no se haga hoy, decidirá el futuro de la Humanidad.

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