Sudán, de una mano a la otra

George W. Bush pretende dejar a Barack Obama , una larga lista de indicaciones para asegurar el libre albedrío de las transnacionales norteamericanas en África

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Salva Kiir se entrevistó con Bush en la Casa Blanca el pasado 5 de enero. Foto: AP Planes de intervención en África, para asegurar el libre albedrío de las transnacionales norteamericanas en ese continente, son los que sobran en la larga lista de indicaciones que George W. Bush pretende dejar sobre la mesa de Barack Obama cuando el demócrata se siente en la silla presidencial. Y a muchos de ellos, como el frustrado sueño de controlar el petróleo sudanés, el republicano lo seguirá de muy cerca.

Así se lo confirmó el propio Bush a Salva Kiir Mayardit, vicepresidente de la nación africana y presidente del Movimiento Popular de Liberación de Sudán (SPLM), que operaba en el sur del país. Luego de la muerte de su antecesor Jonh Garang en un accidente aéreo, Kiir ocupa el alto cargo en virtud del acuerdo de paz de 2005, que con el visto bueno de Estados Unidos, ponía fin a más de 20 años de guerra civil entre los árabes musulmanes del norte y las poblaciones negras de religiones tradicionales y cristianas del sur.

El convenio, además de establecer el reparto de poder y el disfrute por igual de las riquezas entre las regiones en conflicto, también siembra la esperanza de autonomía para la región meridional —con antiguas ansias de independencia— a través de la celebración de un referéndum en 2011 sobre su separación.

Apresurado por el almanaque que está a punto de arrebatarle su último día en la Casa Blanca, y como siempre, con su traje de Spiderman —el héroe salvador de las historietas norteamericanas— Bush, a quien se le revuelven las malas pulgas cuando oye hablar del presidente sudanés Omar Hassan Ahmed al-Bashir, aprobó hace unos días la implementación de un puente aéreo, a través del cual dos aviones C-17 transportarán desde Kigali, Rwanda, 75 toneladas de cargamento pesado que incluye camiones- cisterna para almacenar agua y combustible, entre otros equipos, destinados a los efectivos de Naciones Unidas y de la Unión Africana, presuntamente encargados de la pacificación en Darfur, provincia del oeste sudanés —limítrofe con Libia, Chad y la República Centroafricana— donde rebeldes se enfrentan al poder central por reclamos de riquezas.

Aunque en Darfur desde hace muchos años la vida no ha sido muy tranquila debido a los históricos enfrentamientos por reclamos de tierras entre las tribus pastoriles y los agricultores, el actual conflicto que desuela a esa región estalló en 2003, cuando grupos rebeldes arremetieron contra la administración de Jartum, a la que acusan de marginarlos del disfrute de las riquezas nacionales, gran parte de las cuales se localizan en su territorio. Al igual que ocurrió con la guerra civil entre el norte y el sur, Estados Unidos se posicionó a favor de los rebeldes de la zona occidental, rica en petróleo, uranio, oro, y agua —lo cual despierta el exotismo de la zona y la avaricia de Occidente por ubicarse estas reservas acuíferas en una nación con enormes extensiones de tierras áridas. Así, como mismo hizo en el sur, Estados Unidos comenzó a introducir sus armas y a entrenar los antigubernamentales a través de sus corporaciones mercenarias en otros países africanos como Uganda, Etiopía y Eritrea, países fronterizos con Sudán.

Pero, ¿cuál es la manzana que persigue Washington, primero atizando el fuego de las diferencias internas sudanesas y luego pretendiendo poner coto a la violencia a través de su asesoramiento en acuerdos de paz o enviando cargamentos para las fuerzas internacionales desplazadas allí?

Pues, Estados Unidos no quiere perderse el disfrute del petróleo sudanés —cuyas reservas se estiman están entre 660 000 y 1 200 millones de barriles— y desde hace varios años explotan, junto con el gobierno sudanés, principalmente China, India, Malasia e Irán. Por ello, este gobierno africano —que además no reconoce a Israel y estuvo a favor de Iraq en la guerra del Golfo en 1991— siempre ha sido la espina que rasga la garganta sin fondo de Washington.

Ahora, luego del fracaso de las sanciones para castigar al país por utilizar las ganancias del petróleo en la guerra contra el sur —que solo logró el aislamiento de las compañías norteamericanas y que Sudán mirara más hacia sus tradicionales socios—, Estados Unidos busca, escudándose en su hipócrita lucha contra el terrorismo y en sus falsos ejercicios diplomáticos, hacerse del control de los recursos naturales y sus vías de transporte, aunque para ello tenga que desmembrar la nación africana en tres pedazos: sur, norte y oeste, ¡y quién sabe cuántos más!

Eso es lo que ha estado haciendo Bush en sus ocho años en la Casa Blanca, y lo que pretende seguir haciendo, aun cuando carezca de influencia en la próxima administración, sacando siempre de la manga su as de triunfo por haber logrado un convenio de paz, que a la corta implica el cese de las hostilidades, pero que siembra el bichito para futuras rupturas, una vez que en 2011 culmine el gobierno de transición y el sur decida si debe continuar o no su mal llevado matrimonio con el norte.

Para esa fecha, y a partir del 20 de enero, la mirada que haga Estados Unidos hacia Sudán estará en manos de Barack Obama, quien durante su carrera a la presidencia, criticó a Bush por no haber hecho lo suficiente con respecto a Sudán y anunció su esfuerzo por lograr una intervención ¿humanitaria?, con el respaldo de Naciones Unidas, la Unión Africana y socios como el Reino Unido.

Al parecer, Bush no necesita dejar sus consejos sobre este asunto al demócrata.

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