¡Cuidado con el adoquín! - Internacionales

¡Cuidado con el adoquín!

Autor:

Luis Luque Álvarez

Un ministro de Finanzas vuela a Washington para verles las caras a los ejecutivos del Fondo Monetario Internacional. Su país le debe a esa institución 9 700 millones de dólares, pero ahora no puede devolverle ni 260 millones, porque pondría al Estado al borde de la quiebra.

Estudiantes de la Universidad de Riga, Letonia, pelan papas para una olla pública durante una protesta, como símbolo de los duros tiempos que vendrán cuando el gobierno recorte 33 millones de dólares al presupuesto de Educación. Foto: Reuters Va, entonces, a suplicar comprensión, y a convencer a sus interlocutores de que tiene la sartén por el mango: de vuelta a casa, aplicará medidas para recortar el gasto social. Ya de hecho rebajó un 20 por ciento los sueldos de los trabajadores públicos, «y si hay que apretar más la tuerca, se aprieta...».

Mirado fuera de contexto, parece el cuento de algún país latinoamericano en los años 90, cuando el FMI dictaba y en el continente acataban. Pero no; hablamos de... Letonia. Y es abril de 2009.

La crisis económica global no se ha olvidado de Europa oriental, y ya le da su mordida. Durante más de una década, los Estados de la región, en especial los incorporados en 2004 y 2007 a la Unión Europea, fueron sinónimo de rápido crecimiento. «¿Quieres montar un buen negocio?», se decían los empresarios de Europa occidental. «Pues vamos al este». Buen negocio significa máxima ganancia, y los bajos salarios de esos países eran la oportunidad. Así se instalaron allá fábricas de automóviles

—en Rumania, la francesa Renault paga unos 280 euros mensuales como promedio—, que hoy, ante la caída de la demanda en el oeste, despiden obreros a las dos manos.

También los grandes bancos occidentales apreciaron una veta de oro en los préstamos a los bancos locales, y estos, a su vez, facilitaron las condiciones para concederle créditos a cualquiera, lo que agigantó el endeudamiento. Hoy, detenido el guateque del consumismo, y cuando los deudores se quedan en la calle y no tienen de dónde sacar ni 20 centavos de euro, aquellos trinan para que la UE asuma los rescates bancarios. «Las ganancias eran mías, pero las pérdidas ¡hay que socializarlas!».

¿Quién es el héroe que vendrá al rescate? Pues —¡tatánnn!— el FMI, y no hará otra cosa que lo acostumbrado: «recomendarle» al afectado que, para recibir el préstamo, disminuya los gastos públicos, lo que ordinariamente pagan los más humildes. Ya Polonia ha pedido su crédito, y también Rumania, y Hungría, y los bálticos (Lituania, Letonia y Estonia). Pocos escapan.

Aunque, por supuesto, la catástrofe no se manifiesta de igual modo en todos. Polonia, el país más poblado de los que entraron en la UE en 2004 (38 millones de personas), aguanta mejor la ventolera. Según el semanario británico The Economist, Varsovia mantuvo a salvo su sistema bancario, y en cuanto a ventas minoristas y producción industrial, muestra aún índices positivos. Incluso muchos polacos, emigrados a Irlanda o Gran Bretaña en busca de prosperidad económica, empezaron a retornar cuando, años atrás, el desempleo retrocedió y los salarios aumentaron.

El préstamo del FMI a Polonia irá destinado (al contrario de en otros sitios, donde se empleará para evitar la quiebra del Estado) a reforzar la moneda nacional: el zloty. Además, esos 20 500 millones de dólares representan el 3,8 por ciento del Producto Interno Bruto, mientras que en un país con el agua más al cuello, como Hungría (gran exportador hacia el oeste, y por tanto, gran perdedor cuando se restringen las importaciones), su crédito de 25 000 millones significa el 16 por ciento. Pan de hoy y hambre de mañana.

En ese tono de gris más intenso con que está coloreado el país magiar, están otros, como los ya mencionados bálticos y como Rumania (uno de los más pobres de la UE), gracias a los altísimos préstamos hipotecarios que sus bancos concedieron «por la libre». Hoy no pueden cobrarlos, por lo que la bancarrota está de fiesta.

El caso rumano es de los más complicados. Bucarest —que ha solicitado 20 000 millones de dólares al FMI— se sumó al club comunitario en 2007, por lo que recibe dinero desde Bruselas (los llamados fondos de cohesión) para reducir las diferencias con los miembros más antiguos y ricos. Pero como el nivel de corrupción interna es galáctico, la UE podría suspenderle parte de la ayuda, como ya le sucedió a Bulgaria, que perdió 220 millones de euros. Con menos plata, y una crisis andando, apuesto a que nadie tirará serpentinas...

Para el mal rato de estos países, el Fondo receta adoptar rápidamente el euro, como moneda segura en la que refugiarse y atenuar el impacto de la crisis. Pero este siempre ha sido un proceso gradual, en el que el candidato debe exhibir menos de un tres por ciento de déficit presupuestario, no más, y no es así en todos los países del este. En entrevista con Deutsche Welle, Thomas Mirow, jefe del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, dijo que bajar la varilla dañaría la confianza en la moneda comunitaria.

Sin embargo, lo que más debe estar preocupando en Europa en este momento, más allá de si esta o aquella rayita del gráfico económico van hacia arriba o hacia abajo, es un sismo social. El FMI advierte que un empeoramiento de la crisis a nivel global puede «amenazar a las democracias y degenerar en conflictos, incluso guerras». Y si bien en la parte oriental del Viejo Continente no se ha escuchado un tiro, el descontento sí ha provocado la caída del gobierno en Hungría y en Letonia, y sacado a cientos de miles de trabajadores a protestar en Rumania, Lituania, Bulgaria, etcétera, en rechazo a los despidos y las rebajas salariales.

Más de un adoquín ha volado en esa región. Y presumiblemente volará, si el generoso «asesor» sigue siendo el FMI. Así que «¡cuidado, monsieur, que ahí viene uno!» .

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