Diálogo de iguales entre China y Estados Unidos

Autor:

Juventud Rebelde

El primer Diálogo Estratégico y Económico China-EE.UU. es una clara muestra de que la primera potencia mundial ya no tiene la supremacía de antaño

Ni lo más avezados profetas habrían podido vaticinar 30 años atrás que Washington tendría que conversar con otro país de igual a igual. Ocurrió en este siglo XXI. El mundo ha tenido que cambiar lo suficiente, pero lo cierto es que el primer Diálogo Estratégico y Económico China-EE.UU., acontecido la pasada semana, es una clara muestra de que la primera potencia mundial ya no tiene la supremacía de antaño. Ahora tiene que escuchar, negociar, incluso hacer concesiones.

Con la República Popular China hay que contar, y no solo porque sea una pujante fuerza emergente, sino por sus logros internos, implicación y compromisos con los más urgentes problemas de la humanidad y su papel cada vez más activo en la arena internacional. Al parecer, aun a su pesar, la Casa Blanca lo ha comprendido con total claridad. El acercamiento entre ambos países marca la imposibilidad de avanzar en otro sentido en la actual coyuntura. Necesitan superar rivalidades, resolver las diferencias en un contexto pacífico y avanzar en la cooperación, tal como trascendió durante las conversaciones. Por lo menos China intenta que no la vean como amenaza e insiste en su crecimiento pacífico.

«Las relaciones entre Estados Unidos y China determinarán el siglo XXI», expresó Barack Obama en la inauguración de la conferencia de alto nivel. No le falta razón al recién estrenado gobernante y habrá que seguir muy de cerca los siguientes pasos de su administración, porque no se trata de que la concertación con China obedezca a un cambio en las ambiciones geoestratégicas del imperio. Ahora es una necesidad imponderable.

El mandatario estadounidense también aseguró que el mundo saldrá beneficiado si ambas naciones consiguen defender sus intereses a través de la cooperación. El reto fundamental está en aquellos puntos donde los intereses se separan irremediablemente a partir de visiones absolutamente distintas, como el cambio climático, el desbalance comercial, el proteccionismo y los derechos humanos.

Sin embargo, EE.UU. ya no puede imponer nada y mucho menos a un país como China. Tal como lo reconocieron la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y Timothy Geithner, secretario del Tesoro, en una carta conjunta publicada anteriormente a la reunión en el diario The Wall Street Journal: «China y EE.UU. pueden resolver solos pocos problemas mundiales. Y pocos problemas pueden ser resueltos sin la cooperación de EE.UU. y China.»

Las conversaciones entre la delegación del gigante asiático y los funcionarios estadounidenses en el edificio Ronald Reagan, de Washington, abordaron los beneficios del acercamiento en medio de la crisis económica mundial. De hecho, mientras las economías occidentales luchan por salir de los números rojos, China estima que en el tercer trimestre del año su PIB se incrementará un nueve por ciento, acercándose de nuevo a los crecimientos de dos cifras.

En ese contexto no le viene mal a la Casa Blanca extender la pipa de la paz o por lo menos intentarlo. Más cuando China se ha convertido en el mayor acreedor individual de Washington, con 801 500 millones de dólares en títulos del Tesoro, según el Departamento del Tesoro de ese país. Claro, en este punto Beijing se preocupa también porque el plan de estímulo del gobierno estadounidense pueda aumentar la inflación y pierda valor el dólar y por tanto, también los bonos de deuda comprados. De todo ello y más discutieron durante el diálogo estratégico la primera y tercera economía mundial.

La ronda de conversaciones terminó. Algunos acuerdos en relación con el comercio, la seguridad internacional y el medio ambiente, aunque en este aspecto predominaron las fricciones, contaron entre los resultados concretos. No obstante, a criterio de no pocos analistas lo más significativo es la voluntad de ambas naciones por mantener el foro de debate permanente, con reuniones anuales. También destaca la agenda de trabajo pactada para evitar tensiones, la búsqueda de enfoques complementarios y la coordinación, en la medida de lo posible.

El que se creía impensable diálogo de iguales fue un hecho. Habrá otros. Lo más importante es que cada vez queda menos terreno para la política hegemónica del imperio. Por suerte, China es un interlocutor de peso.

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