A cinco años del ALBA

Proyectos y empresas grannacionales de desarrollo, misiones sociales que han salvado la vida a decenas de miles de latinoamericanos y caribeños o les han devuelto la posibilidad de ver o caminar, u otorgado el derecho de leer y escribir, son algunos de los logros apenas a un quinquenio de que echara a andar la unidad. Nueve naciones forman parte ya de este arco de integración para la independencia

Autor:

Marina Menéndez Quintero

«Extraordinario; de profundo contenido económico, político y social». Así, adelantaba Fidel, sería el documento que firmarían poco después en La Habana él, Chávez y Evo. Lo declaraba al pie de la escalerilla del avión que había traído al líder venezolano a Cuba. Era el mes de abril de 2006, el Comandante en Jefe y el entonces recién proclamado Presidente Morales, habían acudido a la pista del aeropuerto internacional José Martí a recibir al Jefe de Estado de Venezuela, y allí mismo compartían ya sus primeras impresiones; quizá analizaban. Algunas horas después, tras la Cumbre tripartita que tendría lugar en la noche para certificar la entrada de Bolivia al ALBA, Fidel diría una frase que reflejaba la nueva realidad abierta en América Latina: «El surgimiento de nuevos líderes me ha convertido en el hombre más feliz del mundo», contestó, a una pregunta de la prensa.

La Bolivia de Evo Morales —que acaba de ratificar abrumadoramente su derrotero por la refundación—, se sumaba al entonces naciente proyecto del ALBA, con la contribución de un concepto también trascendental: los Tratados de Comercio de los Pueblos, encaminados a profundizar ese sentido de complementariedad, cooperación y solidaridad sine qua non de la que hoy es la Alianza Bolivariana, y que entonces aún se levantaba como alternativa frente a la anexionista ALCA.

Los postulados firmados quedaron estampados en 14 artículos y una docena de acciones que extendían y engrosaban el contenido y el alcance del ALBA, ahora con la participación de Bolivia. La pertinencia y sentido de colectivo que imprimía su entrada al ALBA, sería graficada por Fidel en otra de sus aseveraciones premonitorias de aquella ocasión: «Por primera vez somos tres».

Los Cimientos

Hacía apenas un año y cuatro meses que Fidel y Chávez habían suscrito los documentos fundacionales del joven esquema. El líder cubano, como siempre con luz larga, había vaticinado que la implementación de aquellos documentos «harían historia».

La Declaración Conjunta para la creación del ALBA, suscrita por ambos, y el Acuerdo para su materialzación, también se adoptaban en un momento trascendental, cuando —advertía Fidel— la batalla era «más dura y difícil». Allí quedarían estampados los principios que han regido al ALBA hasta hoy. «Solo una integración basada en la cooperación, la solidaridad y la voluntad común de avanzar todos de consuno hacia niveles aún más altos de desarrollo, puede satisfacer las necesidades y anhelos de los países latinoamericanos y caribeños, y a la par, preservar su independencia, soberanía e identidad», afirmaban…

Atardecía el 14 de diciembre de 2004, y se recordaba en La Habana el décimo aniversario de la primera visita de Chávez a Cuba (otro diciembre de 1994), cuando todavía el venezolano era un joven oficial que no se imaginaba en la presidencia, ni aquella invitación y, sobre todo, la bienvenida de Fidel — en la losa del aeropuerto— lo habían sorprendido.

Palpitante y hermoso, el acto de recordación en el Teatro Karl Marx de aquellos diez años, fue el contexto en que se colocó la piedra fundacional.

Muy expresivamente, la ceremonia tenía como parte del auditorio a estudiantes de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), inspiración de Fidel y antecedente feliz de los nuevos tiempos de cooperación, amistad y superación que se abrían en el hemisferio con el concurso solidario de Cuba, y a algunos beneficiados por dos de las primeras misiones que, ahora bajo el signo del ALBA, desbrozaban el camino hacia la justicia social y el desarrollo de los preteridos.

Sobre el escenario, Brígida Istúriz, una venezolana alfabetizada por las misiones, que a esas alturas cursaba el cuarto grado; y Luis R. González, con su pequeño hijo Samuel, ambos operados de cataratas en virtud de la Operación Milagro, conmocionaban.

Dos hombres presidían la ceremonia, como si estuvieran. Asentían. Eran Martí y Bolívar.

«Dentro de diez años, en 2014, estaremos aquí, pasando revista a lo que hemos hecho», auguró el líder venezolano. Han pasado cinco hasta este 2009. Y aquí está el ALBA, construyendo y avanzando. También tenemos voz propia… ¡Y ya somos nueve!

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