La crisis: ¿mata?

La crisis no solo ha hecho estragos a niveles macroeconómicos y quienes con suerte lograron mantener sus empleos, viven ahora bajo una presión que los ahoga

Autor:

Nyliam Vázquez García

Los despidos, cierres de fábricas, la quiebra de no pocas empresas, los recortes presupuestarios, la caída de las exportaciones y un largo etcétera, son algunos de los efectos de la crisis económica mundial. Cada uno o la combinación de todos penetraron en la vida cotidiana de todo el planeta y millones de seres humanos sintieron un peso extra a sus espaldas.

Fenómenos asociados a esta situación que ha puesto patas arriba, no solo a las naciones más pobres, sino a las más desarrolladas y principales responsables de la debacle, emergen como prueba inequívoca de que la crisis no solo ha hecho estragos a niveles macroeconómicos. Quienes con suerte lograron mantener sus empleos, viven bajo una presión que los ahoga. Si aun teniendo que acudir a otros empleos temporales —que no abundan— se les hace difícil llegar a fin de mes, alimentar a sus hijos, pagar las escuelas… La desesperación irrumpe en la realidad de las familias.

Según un material publicado por IPS, Kenji Hamada se desplomó una mañana sobre el escritorio de la empresa en la que trabajaba. Sus compañeros pensaron que dormía, pero dos horas después, al ver que no se levantaba, descubrieron que estaba muerto. Hamada, un japonés de 42 años, falleció a causa de un paro cardíaco provocado por el estrés y el exceso de trabajo.

Aiko, su viuda, contó «estaba muy estresado y trabajaba día y noche», además de que el ambiente laboral en la compañía de seguros donde laboraba era «tan competitivo que nunca tenía un respiro».

Aunque el karoshi, como se le conoce en el país asiático a esta causa de muerte, no es un fenómeno aislado, sino que ya había dado señales alarmantes en la década del 60, lo cierto es que la crisis y su particular impacto en la segunda economía del mundo aumentaron los casos y las víctimas. Especialistas aseguran que incluso ha derivado en otra manifestación, igualmente terrible: el suicidio.

«Los trabajadores sufren cada vez más estrés, lo que deriva en problemas psicológicos como depresión, y algunos terminan matándose», explicó a la agencia el abogado Hiroshi Kawahito, quien brinda asistencia legal a familiares de víctimas del karoshi.

De los más de 30 000 suicidios registrados el año pasado, según cifras oficiales, se cree que 10 000 estuvieron relacionados con el estrés laboral. La necesidad de aumentar las exportaciones y el recorte de puestos de trabajo ejercen una inmensa presión sobre los empleados, subrayó Kawahito.

Por otra parte, Weston Konishi, miembro de la Fundación Mansfield, con sede en Washington, apuntó cómo la depresión económica obliga a muchas empresas a disminuir la cantidad de empleados, y menos personas deben realizar más tareas, lo que ha repercutido en el agravamiento de la incidencia del karoshi japonés, que también se manifiesta en otros países, entre los que se cuenta EE.UU. y otros de la Unión Europea.

La confederación sindical japonesa, Rengo, realizó el año pasado una encuesta  que arrojó como resultado que 53 por ciento de los consultados sufrían cada vez más de estrés. Muchos de ellos aseguraron que el exceso de trabajo los irritaba, otros que les ocasionaba problemas físicos y psicológicos.

Si bien entre julio y septiembre el archipiélago nipón registró un crecimiento de su PIB de un 1,2 por ciento, analistas consideran que aún falta para respirar aliviado después de la peor depresión sufrida desde la Segunda Guerra Mundial. En un país conocido por la presión que sufren los trabajadores —tanto que en los años 60 trabajaban más de 12 horas y era considerado normal— la crisis económica ha impulsado a dramáticas situaciones.

Lo peor es que los japoneses no son las únicas víctimas, e historias como la de Kenji podrían estar sucediendo ahora mismo. La crisis tiene muchas maneras de apretar la soga al cuello, y lo más triste es que las lenguas moradas y los pataleos solo son realidad para los menos culpables.

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