Los ojos del sol

La cubana Marianela Ibáñez Morales es una experta cirujana oftalmológica que hace milagros con sus manos y ha devuelto la visión a miles de bolivianos

Autor:

José Antonio Fulgueiras

Bolivia.— Defiende los ojos tras unas gafas color ámbar. Los mueve con pericia dentro de las órbitas, quizá para demostrarme su condición de experta cirujana oftalmológica con más de 15 mil operaciones en cuatro años de labor ininterrumpida sobre el accidentado suelo boliviano.

Se nombra Marianela Ibáñez Morales, pero la llaman la maga de las manos milagrosas. Siembra poesía en las operaciones de cataratas, glaucomas y pterigion; y en sus expresiones también:

«Yo siempre comparo mi trabajo con el sol que sale al amanecer. Hay personas esperando a que yo les de luz a sus ojos para ver al mismo sol que yo veo  todos los días».

Oriunda de Ciudad de La Habana, se enorgullece de haber brotado a la medicina desde las Fuerzas Armadas Revolucionarias, de ser trabajadora en Cuba del hospital Pando Ferrer, donde su padre fue un destacado fotógrafo, y de fabricarle la sonrisa a una vanguardia de infantes que han mirado primero su rostro que al de sus propios progenitores.

«Lo más lindo que he sentido en la vida es ver la expresión de un niño aquí después de ser operado de la vista. “Eh, pero si ya veo”, me dicen y luego sueltan la alegría.

«Sus madres, que no disponían de los recursos monetarios para llevarlos a una clínica particular, se enteraron de que yo he empezado a operar a niños y me los traen agarrados de sus manos y luego sus hijos se marchan sueltos, mirándolo todo y cantándole a la nueva vida.

«He hecho operaciones a niños con cataratas traumáticas por la violencia familiar. Han salido bien y los padres se han sentido diferentes. Mauricio, por ejemplo, era un chico cortado y retraído y ahora se cree el dueño de la felicidad.

«Los oculistas cubanos, desde 20 posiciones quirúrgicas y 15 centros oftalmológicos, con equipamiento médico donado por nuestro país, ya hemos sobrepasado en toda Bolivia el medio millón de operaciones de la vista.

«A veces las palabras de agradecimiento son escasas, pero siempre, como muestra, nos besan las manos. O solamente al despedirse nos sonríen: ¿Acaso no han leído sobre la importancia de una sonrisa, de Charles Chaplin?».

En el hospital oftalmológico de Santa Cruz de la Sierra, donde ella ahora trabaja luego de transitar y crear varios centros de este tipo en Bolivia, dialogué con dos de sus pacientes: el maestro Rodolfo Viera y el agrónomo Braulio Arredondo.

Braulio me cuenta sobre un peregrinar de más de 40 años con su catarata a cuestas por clínicas privadas de Argentina, Brasil y Bolivia. Y el mismo dictamen: «¿Para qué operarte? No habrá progresión...». «Hasta que me colé con mi hija en esta prestigiosa institución atraído por el renombre de la medicina cubana.

«Nunca había tomado una decisión tan importante, y hoy lo compruebo después que ya han pasado tres meses de mi positiva operación; y no solo yo estoy contento, sino todos los que se han operado en este centro, sin importar razas, posiciones sociales o credos...».

El maestro Rodolfo le corta y dice: «La gente cubana presta colaboración no solo a Bolivia, sino al mundo entero; y gracias al amigo don Fidel Castro, por esta visión y esta misión de ayudar a la gente a abrir lo que parecía estar cerrado por naturaleza».

Los elogios que «me vienen muy de cerca», hacen ruborizar a la protagonista de mi crónica. «Soy una más de mi brigada médica, que por algo se llama Che Guevara. No quiero que me diferencien de los demás; solo quiero que me recuerden como un sol que se empeña por dar luz e irradiar a todas las pupilas del mundo».

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