Sonrisas de luz

Memorias que unen a Cuba y China

Autor:

Nyliam Vázquez García

Desde la mesa disfrutaba los olores a especias y la certeza de estar en el mejor sitio de China para saciar el hambre. Nada como los sabores de un pequeño restaurante familiar. El joven vino a saber qué íbamos a pedir. Después de anotar, quiso saber más, y para presumir de «adelantos» con algunas palabras en mandarín, ella dijo que era de Cuba. Entonces le nació el sol a su rostro: ¡Castro, Castro Hen Hao! (Castro, Castro es muy bueno), exclamó simplemente en medio de su sonrisa de luz, mientras sus manos pintaban una barba en su rostro.

Podría pensarse que, como la generación que vivió los momentos fundacionales de la relación entre la República Popular China y Cuba ha vivido 50 años, entonces el tiempo pesa o son más las lejanías geográficas. Nada más distante de la realidad, y de la verdad tejida con las historias de tantos hombres y mujeres de un lado y otro del Océano Atlántico. Cuando brota la palabra Cuba, en los lugares más insospechados del vasto territorio chino, los rostros se suavizan, los más viejos tararean la canción Linda Habana (Meili de Havvana) y los más jóvenes recuerdan la imagen del Che o de nuestro Fidel para hablarnos de su amor.

Pero el bambú tejido con guano de palma se resiste a presagios, oscuros vaticinios de olvidos. La amistad entre ambos pueblos fue forjada en el campo de batalla, con la incorporación de los chinos a nuestras guerras de independencia, y durante las últimas cinco décadas, cimentada por el acompañamiento mutuo en los momentos difíciles.

La memoria conjunta guarda con celo hechos trascendentes: ese millón de manos cubanas que, en septiembre de 1960, se elevaron para aprobar la consulta hecha por nuestro líder para establecer relaciones diplomáticas con la República Popular, que nos convirtió en el primer país de América Latina en reconocer a la nueva China; o la primera visita del presidente chino Jiang Zeming a nuestro país en 1993, único jefe de Estado que nos visitó ese año, mientras medio mundo apostaba por el fin de la Revolución.

Sin embargo, también quedan, como marcas en la piel de nuestros pueblos, las pequeñas historias, que han labrado el camino desandado una y otra vez durante medio siglo. Los infinitos desvelos de tantos para sacar adelante los proyectos conjuntos, los esfuerzos para que jóvenes chinos aprendan español, los flamantes ómnibus Yutong de un lado a otro de La Habana y de toda la Isla, el grupo de médicos que llegó pocas horas después del terremoto de Sichuan a socorrer a las víctimas, la traducción al mandarín de los libros del Comandante en Jefe… La lista sería infinita, pero cierta.

Para continuar la herencia de 50 años son suficientes los millones de chinos y cubanos. Y mientras las más jóvenes generaciones se reconozcan en esos hechos que conforman el cuerpo de la amistad y construyan propios y nuevos puentes de solidaridad, entonces bastará que respiren para defender la memoria de los antepasados, y la del futuro de dos naciones con sobradas razones para complementarse y ser ejemplo.

Cuando el misterio del diálogo y el reconocimiento se traducen en un idioma universal, entonces no es extraño que rostros diversos resplandezcan aquí o allá. No es un milagro que un médico cubano destelle al recordar la luz colocada en tantos ojos rasgados. Tampoco que, a 13 000 kilómetros de su patria, ella viera brillo en el semblante de un joven chino, para quedarse con el orgullo de haber escuchado de su voz y con la hermosura de lo sencillo, lo que es fe de vida: ¡Castro, Hen Hao! Después de medio siglo, mientras les nazca el sol a sus hijos… ¿quién puede dudar que China y Cuba están más cerca?

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