Narcotráfico: un mal que no encuentra fin

Drogas, violencia y corrupción forman parte del mortal cordón umbilical en la frontera mexicano-estadounidense, eslabón de lujo en la narcoestrategia de Washington, orientada a satisfacer sus históricas apetencias de dominación en la región

Autor:

Brenda Loyola Peña

Estos nombres son ficticios; sin embargo, representan las miles de vidas que hoy están ligadas a las drogas y al narcotráfico en México y su relación con la matriz del problema: Estados Unidos.

Pascual Aguirre Botello

Tiene 24 años, pero no los aparenta; desde que nació ha vivido en la miseria extrema.

Su madre fue asesinada en Ciudad Juárez cuando él todavía era muy pequeño, trabajaba como maquiladora de sol a sol en una de las grandes fábricas de Chihuahua. Un día, cuando caminaba del trabajo a la casa, corrió la misma suerte que miles de mujeres antes que ella, fue brutalmente violada y masacrada por unos pandilleros.

Ese momento, Pascualito lo recordaría como su iniciación en la vida de la calle, esa que te inunda con todos sus olores, sabores y decepciones.

Comenzó por la marihuana, luego se dedicó a venderla; le sucedieron las líneas sencillas de cocaína, los paqueticos de opio, los cargamentos de heroína y crack. Pascual escaló en la carrera de los traficantes; pronto los pesos mexicanos, convertidos en dólares, compraron helicópteros y camionetas.

Pascual se introdujo en la banda conocida como Los Zetas; hoy es uno de los capos más temidos en México, sus sicarios han matado a más de 300 personas y siempre va armado hasta los dientes, con cinco mafiosos como guardaespaldas.

Hilda Alfaro Platt

Hilda tenía 18 años y vivía en Tijuana. De familia de alcurnia que le dio la más espléndida educación, eso no era suficiente para ella, necesitaba amor.

A los 14 escapó del hogar con su primer novio, Manolo, que la prostituyó. La primera vez que se acostó por dinero sintió que la vida se le acababa, por eso su proxeneta, en un «acto de bondad», comenzó a suministrarle cocaína.

La primera sobredosis la sorprendió en una discoteca al lado de un señor mayor que se portó como todo un caballero y la llevó al hospital más cercano. El susto no la detuvo…

Sus padres la encontraron en un burdel en Ciudad México. La internaron en una clínica de rehabilitación llamada Santa Eugenia.

Al principio fue difícil despegarse de las drogas, pero poco a poco fue mejorando. Un día, cuando conversaba con su psicóloga, Manolo se presentó en la clínica y le disparó dos veces en la cabeza. Hilda le debía 1 500 dólares.

Candelario Madero Vega

Graduado de la escuela nacional de policías, Candelario asumió el puesto de agente federal en la lucha contra las drogas en la unidad número 4 de Ciudad Juárez, donde apresó a más de 50 narcotraficantes en los primeros tres meses de trabajo.

Una tarde, cuando llegó a su casa recibió la más triste de las noticias: habían asesinado a su niña de cuatro años. Una nota acompañaba el pequeño cuerpo, y amenazaba a toda su familia si seguía actuando como un héroe.

Candelario lloró y pensó mucho; se vio sin recursos para enfrentar lo inevitable y decidió no entrometerse más en los asuntos de las bandas.

Hoy, como otros de sus colegas, el capitán Madero Vega prioriza el bienestar de su familia… también los dólares que encuentra encima de su escritorio cada mañana.

La verdadera historia

Hay números que hablan, como los de la violencia mexicana, aderezada con narcotráfico, lavado de dinero, matanzas y alta criminalidad.

En las últimas semanas, México ha acaparado los titulares de medios de comunicación en todo el mundo por los altos índices de muertes derivados del tráfico de drogas y de la compra y venta de armas ilegales en el vecino Estados Unidos.

La ola de asesinatos, consecuencia también de un modelo que no brinda suficientes oportunidades de empleo, educación y alimentación, ha cobrado la vida de decenas de seres humanos en las localidades de Chihuahua, Ciudad Juárez, Tepito, Ciudad México, Tijuana y Nayarit.

Cuando asumió el nuevo gobierno, en 2006, puso en marcha un plan para la eliminación de la violencia resultante del narcotráfico: distribuyó 50 000 efectivos del ejército en la región norte del país, considerada la más peligrosa por la guerra territorial que sostienen los principales carteles para controlar las vías de tráfico de personas y drogas hacia Estados Unidos.

Esta táctica hizo posible la captura o la muerte de por los menos una veintena de capos, así como también la detención de cientos de operadores y mandos medios. Sin embargo, para algunos analistas la ofensiva gubernamental, lejos de atenuar, exacerbó la violencia en algunas zonas.

Los asesinatos en masa han proseguido invariablemente, incluso han aumentado. «Hemos llegado a poco más de 28 000 asesinatos desde entonces, hay que aceptar que la violencia sigue creciendo», aseguró el director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), Guillermo Valdés, quien agregó que «en el mismo período, también se han registrado 973 enfrentamientos públicos en carreteras y calles entre el crimen organizado y fuerzas del Estado».

Estos números apuntan a una realidad que golpea con fuerza a la inmensa mayoría de los mexicanos: la inseguridad extrema en uno de los escenarios más violentos del mundo.

Tales realidades también demuestran la ineficacia, por su hipocresía, de la denominada Iniciativa Mérida, acordada en 2007, y mediante la cual Washington prometió la entrega de 1 400 millones de dólares a México, y 200 millones más para América Central en equipos y tecnologías a lo largo de tres años, bajo el argumento de «disminuir el crimen organizado y el narcotráfico en la región», pese a que Estados Unidos es el primer consumidor de drogas del mundo.

Sin embargo, el proyecto, puesto en práctica por el ex mandatario George W. Bush, está ligado estrechamente a la doctrina estadounidense de guerra preventiva y seguridad territorial y a la política hegemónica e injerencista de Washington; y ha sido criticado duramente por los mexicanos.

Según Carlos Fazio, analista político y articulista del diario La Jornada, la Iniciativa Mérida «es un paso cualitativo en el afán de Estados Unidos de institucionalizar un centro conjunto, como un comando controlado por ese país en suelo mexicano».

El pasado 23 de marzo, la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, viajó a México con el objetivo de encaminar el plan. En esa ocasión expresó: «Sabemos que la demanda por drogas y la compra de armas hacen que se facilite la violencia en México, y Estados Unidos debe y está haciendo su parte para ayudarlos a ustedes a combatirla».

Aseveración con nota de sarcasmo la de Clinton, habida cuenta de que es precisamente Estados Unidos el mayor consumidor: la demanda estimula a los carteles al sur de su territorio.

Tras la imparable escalada de la violencia en la sociedad mexicana, en un comunicado oficial, el Gobierno de este país declaró que Estados Unidos hace muy poco para combatir el narcotráfico en la frontera y que la mayoría de las armas de contrabando provienen de ese territorio.

El problema parecería haber escapado de toda posibilidad de solución, y provoca otros flagelos como la corrupción de autoridades policiacas y civiles.

En los últimos cuatro años, han sido detenidos 573 servidores públicos de las instituciones de seguridad y justicia en los tres niveles de Gobierno (federal, estatal y municipal) por su presunta colaboración con los carteles de la droga, según ha indicado en anteriores ocasiones el fiscal mexicano Medina Mora.

Sin lugar a dudas, el narcotráfico es un negocio lucrativo que, unido a la pobreza extrema, recluta cada año a cientos de jóvenes.

Los capos manejan cantidades de dinero extraordinarias que usan para extorsionar y asesinar, en dependencia de lo requerido. La consultora global Kroll, empresa privada de seguridad e inteligencia en México, calculó que los carteles de la droga obtienen ganancias en el orden de los 40 000 millones de dólares al año, el doble de los ingresos que registran organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial (BM).

Mientras Estados Unidos evada sus responsabilidades por el consumo y trate de solventarlas con iniciativas como el plan Mérida, y la nación mexicana conserve altos índices de pobreza y desempleo, las medidas para combatir al narcotráfico seguirán pareciendo invisibles.

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