Los besos que le caben a Sudáfrica

La tierra de Mandela no cabe en esta página como desborda en la mirada: es un destello que nace y se precipita hasta el fondo del alma. Así lo presintió esta reportera que por estos días desanda parte de su mapa

Autor:

Yailin Orta Rivera

PRETORIA, Sudáfrica.— Sudáfrica comenzó a escurrirse cálidamente entre mis fibras sentimentales mientras viajaba, como niña curiosa entre anaqueles, por los recodos de su historia… hasta definitivamente habitarme.

Sudáfrica no cabe en esta página como desborda en la mirada: es un destello que nace y se precipita hasta el fondo del alma. Así lo presintió esta reportera que por estos días recorre parte de su geografía, seducida por sus singularidades, y por el primer abrazo infinito que se remonta a la amistad entrañable de dos grandes de la historia contemporánea: Fidel y Mandela.

Quien busca entre la sucesión de hechos que configuran la memoria de este suelo, queda entrampado entre las guerras por el oro y el diamante, y por otras que perseguían desatar las cadenas coloniales que impedían a este pueblo desplegar sus alas.

Luego tropiezas con un grito vertical y cortante: la dura y arbitraria expresión de la segregación racial. Y en la meditación no cabe el hondo dolor sufrido, a causa del apartheid, por una población que en más del 79 por ciento tiene la piel de ébano.

Atrapada en los gestos de sus habitantes discurren otras estampas: la diversidad de culturas, etnias, idiomas —11 son reconocidos como oficiales—, y creencias religiosas que nutren el corazón del extremo meridional de África.

Quien detiene la mirada sobre este espacio profundo del mapa, queda también suspendido sobre los ritmos de las lenguas bantúes que se combinan con el afrikáans y el idioma de Shakespeare, así como en el abanico diverso de comunidades multirraciales.

Detenida en la retina queda otra de las riquezas que catapultan a Sudáfrica a la lista de países megadiversos: su rica flora y fauna. Por eso el visitante no puede abstraerse de la pluralidad y exhuberancia de sus plantas —más de 20 000—, ni de la anchura de sus praderas, ni del baobab, ese árbol que perforó el planeta del Principito de Exupéry, y que puede descubrirse cerca del extremo norte del Parque Nacional Kruger (la reserva de caza más grande de este país, la cual se extiende por más de 18 000 kilómetros cuadrados).

Entre los sortilegios que nos llevan de la curiosidad al asombro, también figuran sus yacimientos paleoantropológicos, considerados entre los más antiguos del continente africano.

La fragancia de más de 9 000 especies se suma a los encantos que la coronan como uno de los seis reinos florales. La mayoría de estas plantas son perennes y de hojas duras y finas como las agujas de tejer de mis abuelas.

Es tierra también de infinitos contrastes. Al tiempo que exhibe los altos edificios que entre las nubes acarician el cielo, esconde en sus caminos rurales el ocre de los barrios humildes y las angustias de la gente que pulula las calles sin llevar un rumbo fijo, golpeados por las torceduras del «orden» de este mundo.

Sus capitales como principales centros de negocio de África, y las grandes fortunas de parte de sus habitantes, entablan un contrapunteo o parteaguas con esa cuarta parte de la población que se encuentra desempleada, y con los que viven en las márgenes.

Cualquiera que intente bordar alguna historia sobre estas latitudes, tampoco podrá desentenderse de otros lunares: el hambre, la pobreza y las enfermedades que gravitan sobre la suerte de muchos de los hijos de esta nación africana.

Pasión ancestral

Quien afina la curiosidad, también descubre la pasión ancestral de Sudáfrica, esa que no cabe en el asombro, ni en sus piedras, ni en sus selvas, ni en los contornos de estas letras.

Lo más fascinante que le puede suceder a quien realice una expedición profunda por el gigantesco paisaje, es que descubra todos los mitos que cuelgan de su arquitectura despampanante, de sus barriadas humildes, de la belleza de sus parques, de la riqueza de sus minas y hasta de la intensidad del rojo, el azul, el verde, el negro, el blanco y el amarillo que se funden en la única bandera nacional de seis colores.

Reza la leyenda que el primer foráneo que llegó a alcanzar el punto más meridional de África fue el europeo Bartolomé Díaz, en 1487, quien lo bautizó como Cabo de las Tormentas,  debido al encolerizado tiempo que apreció por estos parajes.

Sin embargo, cuando volvió a Lisboa suspendido en las maravillas del descubrimiento, el monarca Juan II de Portugal quiso cambiarle el nombre por el de Cabo de Buena Esperanza.

Quizá estos primeros nombramientos presagiaban el horizonte preñado de nudos, desgarraduras y entintado en sangre. Lejos estaban de imaginar sus conquistadores, que aquellos truenos que abrumaban a Sudáfrica solo comenzarían a despejarse a partir de 1994, con la eliminación de la supremacía de las razas y la firma por el Congreso Nacional Africano y el ejecutivo de un acuerdo para formar un Gobierno Interino de Unidad Nacional y una Asamblea Constituyente, cuyas tareas serían efectuar elecciones multirraciales.

Desde este año su gente sensible y diversa, junto a Mandela, comenzó a empinarse por rutas largas, fecundas en sueños y marcadas por la esperanza.

Muchas pinceladas se suman a las primeras huellas que me deja la tierra de Madiba, el prisionero de la pesada condena de 27 años, símbolo para los que luchan y resisten desde cualquier coordenada. Pero, más allá de estas impresiones, pensaba al tejer estas líneas, en los puentes sentimentales que nos funden: Sudáfrica palpita en los ardores del sincretismo cultural de la tierra de las palmas, mientras sangre noble de los hijos de Cuba fertiliza las entrañas de este suelo, que al igual que mi Isla, merece siempre un beso nuevo.

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