Buques jureleros de la Empresa Pescalba en buena faena

Dos barcos hermanos levan anclas y sueltan amarras en pos del ALBA, bajo el timón seguro de pescadores cubanos y venezolanos

Autor:

Juana Carrasco Martín

LA GUAIRA.— Mar tranquila, cielo despejado. En nada se parece este día soleado a los diluviantes que cerraron el mes de noviembre y abrieron diciembre en medio de derrumbes, deslaves, inundaciones y sufrimientos humanos, en esta costa norte venezolana donde se destacaban hasta hace pocos días, bellas y poderosas, dos naves pesqueras de envergadura, la José Martí y la Simón Bolívar.

Ya estaban listas para salir a navegar rumbo al océano Pacífico, en busca del cardumen que garantice alimento para dos pueblos hermanos integrados en el ALBA. Solo esperaban la orden de «¡leven ancla, suelten amarras!…» que se dio apenas unas horas después de que visitáramos la nave que lleva con orgullo el nombre del prócer cubano.

Por la escalerilla del pesquero José Martí —120 metros de eslora y 19,3 de manga, como su gemelo— subían algunos de los tripulantes, cuando en la cubierta todo era ajetreo para poner a punto la nave que el domingo 5 de diciembre fuera rebautizada en este puerto de La Guaira por el presidente Hugo Chávez, acompañado del embajador cubano Rogelio Polanco.

«Estos son los medios de producción que tienen que tener los trabajadores, para poder desarrollar la economía, y desarrollarla en beneficio del pueblo, no para una minoría», había enfatizado el Presidente, al tiempo que afirmaba que los buques de Pescalba son «para incrementar la pesca y socializarla en manos de nuestro pueblo».

Y de ello tienen plena conciencia los 52 cubanos y 49 venezolanos que, como una sola tripulación —como los quiere ver el capitán de pesca Cándido Jorge Soto Reina— casi acarician la mole de hierro de seis cubiertas y el enorme chinchorro que en su momento recogerá los frutos del mar.

Les sobra el valor, el arrojo, y la intrepidez requerida para este viaje. Porque esa bravura se necesita en la zona de pesca hacia donde se dirigen, que fue llamada océano Pacífico por el explorador y navegante portugués Fernando de Magallanes.

Sin embargo, el Pacífico no siempre hace honor a su nombre, pues a menudo los tifones, los huracanes y los sismos golpean las islas de este océano y los litorales continentales. Con razón los pescadores cubanos de la tripulación, algunos de los cuales cuentan con siete campañas pesqueras en ese piélago, lo llaman «el pantano».

Pero van seguros de sus naves y de su pericia. Pertenecientes a la Empresa Mixta Socialista Pesquera Industrial del ALBA, más conocida por un corto y hasta sugerente nombre: Pescalba, los dos barcos son una importante adquisición que se realizó a un costo de 73 millones de dólares para relanzar el desarrollo de la industria marítima de Cuba y Venezuela, vista como una sola. Precisamente su marinería asegura que está en sus propósitos no solo la buena captura, también la construcción de lazos indestructibles de amistad.

Por supuesto, no olvidan la preservación ecológica del océano y sus riquezas, porque la tecnología empleada en estos pesqueros no depredará el lecho marino del Pacífico sur, zona en la que Cuba tiene derecho histórico de pesca por un convenio internacional que data de la década de los 80.

El ingeniero naval Javier Francisco Aguiar Rodríguez, vicepresidente de la empresa, nos dio las características de la nave, que podrá congelar diariamente 180 toneladas de jurel, la especie que buscarán faenar en el enorme océano, y de la que podrán mantener refrigeradas durante 60 días hasta 2 200 toneladas, por la autonomía operacional con que cuenta el jurelero José Martí.

No se trata solo del pescado para el consumo en las mesas cubanas, venezolanas, y otros países de la cuenca caribeña, y de la institución integradora: un aporte de entre 24 000 y 25 000 toneladas anuales, donde el 60 por ciento será puesto a la venta por la empresa cubana Alimport, y el 40 por ciento quedará en Venezuela. Los barcos son una industria sobre las aguas, pues aquellas otras especies que caigan en el chinchorro serán procesadas en la planta productora de harina de pescado, importante componente en la alimentación animal.

Con los hombres de la mar

Sobre la cubierta, un grupo vestido de overol azul y cascos amarillos dispone los toneles de petróleo, el combustible necesario para llegar al área y explorarla en busca de los cardúmenes; mientras tanto, otros bajan vituallas por una de las compuertas abiertas que permiten ver las entrañas de la nave, la enorme panza que tragará el pescado, y lo empaquetará y congelará.

Pronto llega el capitán Soto, 43 años de veteranía iniciados tras los estudios en la otrora Unión Soviética. Su experiencia comenzó cuando tenía 21 años, y está refrendada con el desafío a las aguas del Atlántico norte y sur, y del Pacífico sur.

Ahora participa en el renacer de la flota pesquera cubana como parte de la integración del ALBA.

«He navegado con suerte», asevera, y se siente seguro de que esa suerte seguirá acompañándolo con esta tripulación. Tiene una primera tarea: adiestrar al personal cubano sobre lo que puede haber olvidado, y al venezolano que debe aprender la nueva técnica, porque solo conocía la pesca de arrastre del fondo marino en el área del Caribe, que degradaba la riqueza marina.

La pesca de arrastre de media agua, que practicarán en mar abierto, es una metodología de captura de pesca pelágica, de carácter superficial. No depreda los recursos hidrobiológicos, tampoco destruye los ecosistemas, como ocurre con la pesca de arrastre de fondo.

Sentado con algunos de sus hombres en uno de los camarotes donde hacen estancia y desgranan narraciones de la mar inmensa, hablan también de su disposición: «Mientras haya pesca, se cala. No nos preocupa que algunos llevemos varios años sin practicar la pesca de altura porque lo que bien se aprende no se olvida», dice Andrés Duarte, maestro de redes graduado en 1974 en la Escuela Andrés González Lines.

Y hablan de la composición de cada brigada de pescadores: un maquinillero, cuatro marineros, un maestro de redes, que laborarán en turnos de ocho horas. Pero no son ellos los únicos a bordo, están electricistas, mecánicos de ajuste, refrigeración, cocineros y el médico, un lavandero, y los que garantizan la limpieza del barco.

Sobre esa ablución de higiene apuntan: «El barco siempre tiene que estar bien limpio», y eso se respira en cada una de las seis plantas, y en las áreas de los camarotes y otras piezas de la nave. «Este es el barco más cómodo y humanizado en que he pescado», dice uno de los que participan en la tertulia.

Asienten con igual entusiasmo William Mata, nacido hace 47 años en Cumaná, ciudad marinera del estado Sucre, con 25 años en la pesca de arrastre de fondo y ahora dispuesto a entrarle con ganas a la nueva técnica, al igual que Alexis Narváez, de Punta de Piedra, en Isla Margarita, quienes tienen muy malos recuerdos de un pasado reciente en que trabajaban para un patrón privado, pues esta es la primera vez en la historia de Venezuela que el Estado cuenta con dos grandes buques pesqueros especializados en este rubro.

«Se está uniendo de forma estratégica la experiencia pesquera cubana con la venezolana, porque de esta forma es que seguiremos creciendo (...) Viva el Socialismo», les dijo Chávez en la despedida de las naves pesqueras.

Horas después, cuando ya estaban a punto de partir. Solo cabía un deseo: ¡Buen viaje, buena faena!

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