De Castilla al Mediterráneo

Tres ciudades españolas: Toledo, Cartagena y Barcelona, nos muestran el rostro de la España plural de todos sus hijos

Autor:

Luis Luque Álvarez

Toledo es un enorme peñasco que al río Tajo, sumiso a sus pies, no le queda más remedio que bordear. Una ciudad congelada en la Edad Media, tanto que parece que de alguna callejuela saldrá de pronto un caballero dispuesto a resolver cualquier asunto a lanzazos, sea reparar el honor de una dama, sea retar al chofer de un Volvo que no le da paso a su corcel. Sí, porque en la estrechez de las vías adoquinadas, los residentes tienen que arreglárselas para transitar con sus autos («¡tenemos que vivir!», dirán…).

También yo debo esquivar un auto cuando, en plena calle —la acera es un invento posterior—, cierro los ojos y me detengo a escuchar las campanadas provenientes de alguna de las decenas de iglesias que me rodean, o de uno de los conventos de clausura que ofrecen dulces a los viandantes. Tocinillos del cielo, orejas de fraile, yemas de Santa Teresa y toda una deliciosa repostería celestial pueden comprarse a través de un torno, de modo que jamás se ve a las monjas que los elaboran según recetas centenarias. Tal vez El Greco, omnipresente en la urbe, haya dejado más de un maravedí en el torno para obtener su postre de vuelta.

Que la ciudad sabe vivir de su historia, lo muestra la infinidad de pequeños negocios de suvenires: joyas, platos, relojes, porcelanas, candelabros de siete brazos —la presencia judía en la urbe es milenaria—, y reproducciones de instrumentos bélicos medievales. «Espadas y armaduras Arroyo», anuncia un toldo, y tras la vidriera los maniquíes, vestidos como el mismísimo Ricardo Corazón de León, empuñan el acero toledano, de nombre y fama por muchos siglos.

Me detengo a tomar un respiro. Para quien se ocupa solo de escribir, las innumerables colinas de Toledo suponen (¡uf!) una prueba de rendimiento atlético, pero hay que subirlas. La elevación mayor la ocupa, claro, el Alcázar, cuyas piedras, si hablaran, podrían hacerlo en latín, gótico, árabe y castellano, según el río de gentes que pasó por la ciudad. La tradición asegura que incluso el Cid vivió en la fortaleza.

Junto a una escultura de Cervantes —me mido con el hombre y veo que era un poco más alto que yo—, miro hacia el que fue castillo y palacio, conjugo imagen e imaginación, y puedo escuchar el choque de espadas cristianas y sables árabes, además de las ráfagas de ametralladora que intercambiaron en 1936 las fuerzas republicanas y un grupo de militares franquistas atrincherados allí. Aún se ven rastros de los disparos en la fachada, y en las de los inmuebles cercanos.

Pero es la Catedral, la del gótico que apunta a las alturas con su poderoso campanario, el gran edificio. En el interior, en la nave central, un encargado de seguridad me llama la atención cuando me ve tomando fotos: está prohibido. Debo conformarme con las que aparecen en la guía. Miro el reloj, calculo el tiempo del que dispongo para sumergirme en este océano de arte —no tengo espacio para describir, por ejemplo, el impresionante retablo—, y recuerdo el cuento de Bécquer, en que un enamorado se queda de noche dentro del templo para robarle a la imagen de la Virgen una ajorca de oro y regalársela a su amada: el terror termina fulminándolo.

Como a muchos —me incluyo— fulmina el encanto de Toledo…

¡Por tres euricos, por tres euricos…!

«¿Se pesca bien aquí?», pregunto, para sacar conversación, al gitano que sostiene en la mano un cordel hundido en las claras aguas del puerto de Cartagena. El hombre, de unos 50 años, tiene cara de pocos amigos, y muy pocas son también sus ganas de hablar. Me mira de reojo, niega con la cabeza, y sigue en lo suyo.

Para el que viene de una Isla como Cuba, donde cualquiera te explica cómo se llega del Capitolio a Cacarajícara, puede ser frustrante una reacción tan poco amigable. Pero tengo ocasión de ver a otros gitanos, que me parecen la otra cara de la baraja.

Hay muchos en el mercadillo, que cada miércoles se organiza en un terreno que la alcaldía quiere desalojar —por eso tienen un libro de firmas «en defensa de los profesionales del mercadillo»—. Allí se vende de todo, y las gitanas, algunas con su bebé en el coche junto a la tarima, vocean los productos: «Mire este vestío, señora, por solo tres euricos», le dicen a mi amiga Febe: «¡Mire qué tela!». Otra quiere convencerme de que gaste mis «euricos» —el diminutivo «ico» es la norma en la ciudad— en un par de zapatos, y otro, que grita «¡ven con el Joaqui, el Joaqui!» asegura que sus bolsos son los mejores —algunos tienen el zíper roto—, y que si te llevas dos, te hace un descuento generoso.

Pero sigo en el puerto. Una cola de ballena, hechura en metal de un artista, se sumerge en la transparencia, y los peces, bien visibles a varios metros de profundidad, me informan que la contaminación es muy poca, a pesar de la presencia de varios buques mercantes, navíos de guerra y algunos yates.

Detrás de mí, un monumento me sorprende con resonancias cercanas: «A los heroicos marinos de Cavite y Santiago de Cuba 1898», dice una de las inscripciones, y la otra: «Honor a las escuadras de Cervera y Montojo». Son Cuba y Filipinas, restos de un viejo y obstinado imperio que, antes que admitir la imparable independencia de sus colonias, se batía en desventaja material con un imperio naciente. Y de Cartagena, de junto a esas aguas, fueron algunos de los inmolados.

Hay más que ver en la zona del puerto. Por ejemplo, un submarino del siglo XIX, el de Isaac Peral, que más parece una bala gigante que lo que dice ser. Ahí está, tomando el sol y sin mojarse desde que se engavetó el proyecto, nada más disparar el primer torpedo. ¡Ah!, si el cartaginés Aníbal, fundador de la ciudad, lo hubiera tenido a mano «solo» 2 200 años atrás, otro gallo hubiera cantado —¡desplumado!— en Roma…

Pero Roma fue la vencedora, y sí que dejó abundante huella en la urbe, como un magnífico anfiteatro al que se accede a través de unos túneles en los cimientos, donde se entrecruza la piedra romana con trozos de una iglesia medieval y un muro levantado por los árabes. ¡Es la historia de España en una gruta! Son solo piedras, y sin embargo, me obligan a detenerme…

Ya lo han hecho otras veces.

Entre Gaudí y Paco de Lucía

De Cartagena a Barcelona el tren atraviesa campos sembrados de olivos y cítricos, olivos y cítricos… La tierra es pedregosa, y por el color parece recebo. A cada rato, a la derecha, en una colina asoma un castillo, o las ruinas de uno, o un torreón. Y donde terminan las lomas, el Mediterráneo —sus olas me entriparon el tenis derecho en una playa— y urbanizaciones, muchas urbanizaciones.

Barcelona —me explican Lluís y José María— es como París en miniatura, pero a juzgar por el número de turistas japoneses, juraría que es París aumentada. Uno de los sitios predilectos para ellos —para todos— es la Iglesia de la Sagrada Familia, creación de Gaudí, cuyo talento no desdecía de su humildad. El arquitecto murió días después de ser atropellado por un tranvía —como vestía pobremente, nadie lo reconoció sino muy poco antes de fallecer— y hoy está en proceso de beatificación.

Ahora bien, hablando de los conejos de España, o del Japón, los turistas del «celeste imperio» tienen fama en Barcelona de ser los más perjudicados por los robos: mientras observan el templo de Gaudí, dejan cándidamente en el suelo sus mochilas, o las cámaras y los lentes fotográficos. Yo, más que advertido —mi vasta experiencia en el «camello» tiene que servir para algo— coloco la mochila hacia delante. ¡Engáñame a mí, chaleco catalán…!

Y ya que menciono el catalán, se respira en el ambiente el sano orgullo de quienes lo son. Los transeúntes con los que me cruzo no hablan otra lengua, si bien a los que interpelo en castellano no se hacen de rogar. Aunque también puedo percibir manifestaciones más radicales, como los grafitis que salen al paso en la inclinada carretera hacia el monasterio de Montserrat: «Visca Catalunya Lliure» (Viva Cataluña libre), refiere uno, y otro está en inglés: «Catalonia is not Spain» (Cataluña no es España).

En Madrid, unos amigos me habían dicho que la prohibición de las corridas de toros en Cataluña a partir de 2012, obedece más a que es una fiesta típicamente española que a deseo alguno de proteger a los animales de una práctica sangrienta, pues los catalanes mantienen los «correbous», que también —acusan los madrileños— son una crueldad: se ata al toro, se le colocan antorchas encendidas en los cuernos, y se le suelta entonces por las calles, mientras la multitud lo mortifica.

¿La diferencia? «Aquí el toro no muere», es el pretexto. Y yo, que no apoyo ni lo uno ni lo otro, paso de largo ante una protesta y un libro de firmas que unos antitaurinos han plantado ante la Generalitat (el gobierno catalán).

Prefiero, antes que quedarme a ver cómo termina aquello, perderme entre las calles del Barrio Gótico, tan estrechas que los ejes de los coches fueron desgastando las fachadas de las casas a lo largo de los siglos. Peor hicieron los franquistas, quienes bombardearon el vecindario contiguo a la Catedral hasta borrar las viviendas, y cuenta Lluís que su madre, entonces una niña, escapó de la masacre por muy poco.

Camino, paso bajo los arcos que enlazan nobles casas de nobles hechos polvo, y un guitarrista —el cepillo muestra algunos euros— ejecuta una melodía de Paco de Lucía. «¡Pero él es andaluz, no catalán!», bromeo cubanamente, como quien no repara en diferencias.

Y a quién ha de importarle, si España, la España plural de todos sus hijos, la de Paco y Gaudí, me ha puesto la mano en el corazón.

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