El renacer del Fénix

China está abocada a un cambio en su modelo de desarrollo para mantener la estabilidad del país. Con la aprobación del duodécimo plan quincenal, la suerte está echada

Autor:

Nyliam Vázquez García

El éxito no deja a nadie indiferente. Ante el ascenso de la República Popular China (RPCh) no son pocos los que intentan descubrir cuáles son las artes del gran Fénix para, en medio de las más complejas circunstancias, continuar el despliegue indetenible de su vuelo. Unos buscan socavar su avance y no perder sus privilegiadas posiciones; otros, congraciarse para lograr mayores dividendos de sus relaciones. También hay quienes intentan modelar vínculos de verdadero beneficio mutuo.

Como quiera no es posible seguir de largo, en el vasto territorio oriental confluyen demasiados intereses. China provoca toda clase de reacciones, más cuando se ha convertido por derecho propio en un actor de peso en la arena internacional.

A pesar de todos los récords —segunda economía mundial luego de desplazar definitivamente a Japón, primer país exportador mundial, tercer mayor mercado bursátil y turístico del mundo— la RPCh insiste en considerarse un país en vías de desarrollo, porque está consciente de que le queda mucho por hacer. Sobre todo, sigue buscando fórmulas para la estabilidad y la armonía con una población que en 2011 superó los 1 400 millones. Nada fácil.

Balance positivo

Por estos días, la IV Sesión de la XI Asamblea Popular Nacional (APN)) examina los resultados del plan quinquenal 2006-2010, así como la propuesta del que regirá los destinos de la nación asiática durante 2011-2015. Los diputados chinos reunidos en Beijing discuten, consultan y se disponen a emprender otra nueva etapa en el desarrollo que, como ya han advertido las máximas autoridades chinas, no estará exenta de dificultades y riesgos.

La RPCh traza las líneas generales de su desarrollo cada cinco años desde su propio surgimiento. El primer plan quinquenal de China se adoptó en 1953 y desde entonces —con la excepción de los años 1963 a 1965—, estos han marcado el destino de sus habitantes.

China tiene en el último lustro muchas razones para vanagloriarse, a fin de cuentas el período 2006-2010 ha sido clave para su desarrollo y ascenso en todos los órdenes. En este tiempo continuó consolidando su economía y, a pesar de la crisis, logró cifras de crecimiento estables. Incluso en el último año consiguió un 11,2 por ciento. Fue la única nación que apenas sufrió una desaceleración económica con el impacto de la debacle, de la cual emergió exitosa y, por otra parte, fue anfitriona de dos eventos a escala planetaria que le permitieron mostrarse al mundo. La organización exitosa de los Juegos Olímpicos Beijing 2008 y la Exposición Universal Shanghai 2010 fueron grandes escenarios para presentar a la luz pública lo conseguido, luego de 30 años del proceso de Reforma y Apertura, iniciado por Den Xiaoping en 1978.

Sin embargo, este también fue un período de grandes retos para China y de lecciones que justamente forman parte del debate que ahora mismo tiene lugar en Beijing. Aunque la crisis haya pasado de largo gracias a las medidas del Gobierno —bien distintas a las usadas en medio mundo—, dejó clara la necesidad urgente del cambio de modelo de desarrollo del país, hasta el momento dependiente de las exportaciones y la inversión extranjera. Aunque es un tema que ya se había discutido en el Congreso del Partido Comunista de China de 2007, este se ha convertido en una prioridad para la nación. No es casualidad que en el próximo quinquenio se busque con mucha fuerza un desplazamiento hacia lograr mayor consumo interno.

Los problemas acumulados no son pocos, a pesar de los probados avances. Lo más importante es el modo en que la nación los enfrenta. Según la Academia de Ciencias Sociales de China (ACSCh), la parte del PIB destinada a los salarios se ha reducido del 56,5 por ciento en 1983 al 36,7 por ciento en 2005, y el nivel de satisfacción social con los precios o la vivienda se halla en los niveles más bajos de la última década. Esta institución también advirtió sobre el aumento de las desigualdades y los desequilibrios. Entre los temas que más se debaten y preocupan al pueblo chino están la vivienda, empleo, salud, educación, corrupción, desigualdad entre zonas urbanas y rurales, y el medio ambiente.

Las autoridades chinas dan muestras claras de comprensión sobre la imposibilidad de mantener el desarrollo a cualquier precio, porque incluso el crecimiento tiene complejidades para las que hay que estar preparados. En ese sentido, el nuevo camino que se dispone a emprender el pueblo chino profundiza en la reforma social, como vía para mantener la estabilidad.

«Es necesario otorgar mayor importancia a la mejora de la gestión social para facilitar el bienestar de la población, la unidad étnica y el progreso, así como la armonía y estabilidad social», expresó el presidente chino Hu Jintao durante su participación en uno de los paneles de discusión de la APN.

Corregir las insuficiencias del modelo económico que aún no pueden atajar las autoridades chinas y que contribuyen o se pueden convertir en factores de inestabilidad social, también se incluye en las prioridades.

Duodécimo plan quinquenal

El aumento del presupuesto dedicado a defensa en 12,7 por ciento, dado a conocer en la cita anual de los diputados, hizo correr toneladas de tinta. La noticia ocupó titulares en la mayoría de los grandes medios de información. Sin embargo, el aumento de las cifras que se dedicarán en los próximos años a salud, educación, creación de empleos y seguridad social fue absolutamente silenciado. Si se tiene en cuenta que estas son mucho mayores en relación con lo que se dedicará a la defensa —además de la insistencia de Beijing en que su desarrollo es y será pacífico—, no es raro ese silencio cómplice y manipulador.

«La limitada fortaleza militar de China está destinada exclusivamente a salvaguardar su soberanía nacional e integridad territorial y no representará ninguna amenaza para ningún país», expresó Li Zhaoxing, vocero de la sesión anual de la legislatura nacional de China, para salirle al paso a las tergiversaciones.

Lo cierto es que según ha trascendido, China se propone la creación de 45 millones de empleos solo en las zonas urbanas, que el ingreso de los ciudadanos aumente en un siete por ciento y la construcción de diez millones de viviendas para las personas con menos recursos, en medio de la burbuja inmobiliaria que vive el país. También, según dio a conocer el primer ministro chino Wen Jiabao, la nación buscará «erradicar la pobreza fundamentalmente» para el año 2020.

La reducción del consumo total de energía para 2015, fijada en el nuevo plan quinquenal, la disminución de las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera y la inversión en energía limpia, continuarán en la agenda. Asimismo se mantendrá en el centro del accionar la atención a la seguridad alimentaria en medio de desastres naturales, la reducción de la superficie cultivable, la falta de agua en muchas zonas y la erosión de los suelos.

En función de una coyuntura adversa y cambiante, este plan quinquenal —como todos los planes— es ambicioso y complejo, pero con las líneas generales será mucho más fácil trabajar en función de aspectos concretos que se presenten por el camino. Para los líderes chinos es importante la confianza del pueblo en el proceso y el funcionamiento correcto de los canales de información hacia él, tal como ha trascendido de los debates.

«Debemos consolidar nuestra confianza. La confianza es fortaleza, la confianza es esperanza», afirmó recientemente Wen Jiabao.

Luego de las sobresalientes notas de China en todos los ámbitos, no es descabellado otorgarle ese voto de confianza. Quienes desde las más disímiles posiciones todos los días hacen posible lo que muchos expertos se apuran en llamar como «el milagro chino», lo merecen.

Las claves del éxito

A estas alturas, es comprensible que muchos insistan en romperse la cabeza para comprender la victoria de la RPCh. Incluso, que intenten fabricar la desestabilización desde afuera como lo ocurrido en el Tíbet y Xinjiang, 2008 y 2009, respectivamente. La experiencia china es única y aplicable solo a ese pueblo. No por gusto los chinos insisten en la certeza de que construyen un socialismo con características muy propias y absolutamente adaptadas a su historia y realidad.

Una dinámica tan distinta a los cánones occidentales y con potenciales riesgos para las apetencias imperiales, no solo en el continente asiático sino a escala planetaria, es lógico que levante ronchas.

Como no cabe en sus esquemas mentales, lamentablemente obvian —como apuntan muchos expertos— que el éxito de China durante las últimas seis décadas y, especialmente luego del inicio del proceso de la Reforma y Apertura, ha estado en la conducción por parte del Partido Comunista chino y el tino con que este ha sabido guiar al país para lograr la estabilidad y el desarrollo. También destacan el pragmatismo y la flexibilidad en la conducción del destino de la nación y la claridad en sus metas.

Cuando los diputados chinos aprueben las líneas generales del desarrollo para los próximos cinco años, la suerte estará echada. Los 1 400 millones de habitantes de ese país continuarán su andar por veredas propias, como en las últimas seis décadas; se enfrentarán a las más disímiles dificultades, triunfarán y, sin saberlo, lo mismo desde un pequeñísimo local donde una mujer china se gana la vida planchando ropa, o en el más moderno laboratorio espacial desde el que intentan colocar un hombre en la luna para 2020, estarán fabricando la esperanza de muchos. El gran Fénix, aunque muchos no puedan explicarlo, siempre renace.

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