Wikileaks revela detalles sobre abusos en base naval de Guantánamo

Los archivos, revelados de manera simultánea por varios medios estadounidenses y europeos, registran lo que los detenidos llevaban en sus bolsillos y hasta su estado de salud y la serie de interrogatorios a los que fueron sometidos

Autor:

Cubadebate

Estados Unidos cometió abusos contra presos en Guantánamo, confirman 759 informes secretos filtrados por Wikileaks, los cuales revelan que 60 por ciento de reos fueron llevados a esa prisión, ubicada en Cuba, sin tener ningún vínculo con la yihad (guerra santa).

Los archivos, de febrero de 2002 a enero de 2009, fueron revelados de manera simultánea por varios medios estadounidenses y europeos, entre ellos The New York Times, The Washington Post, la Radio Pública Nacional, The Guardian, The Daily Telegraph, El País, Le Monde, Der Spiegel y La Repubblica.

El gobierno de Estados Unidos deploró la divulgación y reconoció que los reportes fueron escritos con información de 2002 y 2009.

Los casos de la mayoría de los prisioneros —758 de 779— son descritos en detalle en memorandos que la Fuerza de Tarea Conjunta en la bahía de Guantánamo envió al Comando Sur de Estados Unidos en Miami, Florida.

Los documentos registran lo que los detenidos llevaban en sus bolsillos y hasta su estado de salud. Asimismo, la serie de interrogatorios a que fueron sometidos, las infracciones en la cárcel y los comentarios realizados entre ellos durante años de reclusión en la prisión creada por George W. Bush en enero de 2002 y que su sucesor, Barack Obama, prometió cerrar, lo que no ha hecho hasta el momento.

Detenido de alto valor

Según Wikileaks, Abu Zubaydah, supuesto detenido de «alto valor» secuestrado en Pakistán en marzo de 2002, quien pasó cuatro años y medio en prisiones secretas de la CIA, incluidas de Tailandia y Polonia, fue sometido en 83 ocasiones a la técnica de tortura conocida como waterboarding (submarino), forma controlada de asfixia por ahogamiento, mientras se encontraba bajo custodia de la CIA, en agosto de 2002.

En lo que podría convertirse en un problema para Estados Unidos y los aliados que intentan sacar del poder al líder libio Muamar el Gadafi, los archivos revelan que un entrenador de los rebeldes libios tiene vínculos más estrechos con Al Qaeda de lo que se pensaba.

Abu Sufian bin Qumu se dedicó dos décadas a actividades extremistas antes de que se entrenara en dos campos de Al Qaeda. Participó en la lucha de los talibantes contra la Unión Soviética y la Alianza Norte, y fue conductor de Osama Bin Laden en Sudán, según la Radio Pública estadunidense.

Estuvo detenido seis años en Guantánamo antes de que Estados Unidos lo entregara a autoridades de Libia en 2007, a pedido de Gadafi, agregó el reporte. Las autoridades libias lo dejaron en libertad el verano pasado, señaló Afp.

Entre los casos de inocentes encarcelados el New York Times destaca la historia de un pastor afgano llamado Sharbat, capturado cerca de un camino donde explotó una bomba. Los analistas de Guantánamo confirmaron que su historia era consistente, que sabía de pastoreo y que ignoraba todo acerca de «conceptos políticos y militares». Aun así un tribunal militar lo declaró «enemigo combatiente» y en 2006 lo mandaron de regreso a Afganistán.

Guantánamo

La Base Naval de la Bahía de Guantánamo (en inglés: Guantanamo Bay Naval Base o Gitmo) es un territorio y base militar que los Estados Unidos usurpa en Cuba.  Es decir que Cuba conserva su soberanía sobre la base y la considera un territorio ocupado porque USA se niega a poner fin al arriendo haciendo valer el Tratado cubano-estadounidense de 1903, que impuso espúrias condiciones a los cubanos tras la intervención militar de EEUU en la Isla.  Para el Gobierno cubano, el territorio de la base es parte del Municipio de Caimanera, en la Provincia de Guantánamo.

La base naval estadounidense de aproximadamente 117,6 km2 (49,4 Km2 de tierra firme y el resto de agua y pantanos), es conocida por su prisión militar para prisioneros supuestamente vinculados a grupos terroristas islámicos. En Washington DC, el 11 de enero de 2009, el presidente electo de USA, Barack Obama, ratificó su compromiso electoral de cerrar la cárcel de la base naval estadounidense de Guantánamo, aunque señaló que llevaría tiempo. «Es mucho más difícil de lo que mucha gente cree», manifestó Obama al canal ABC.

El 22 de enero de 2009, 2 días después de la toma de la presidencia por parte de Obama, el Centro Penitenciario de Guantánamo fue cerrado. Sin embargo, 4 meses después anunció el restablecimiento de la prisión.

En los documentos de Wikileaks, que El País tuvo acceso, junto con otros medios internacionales y a través de Wikileaks, a las fichas militares secretas de 759 de los 779 presos que han pasado por la prisión, de los cuales unos 170 siguen recluidos:  Guantánamo creó un sistema policial y penal sin garantías en el que solo importaban dos cuestiones: cuánta información se obtendría de los presos, aunque fueran inocentes, y si podían ser peligrosos en el futuro.

Ancianos con demencia senil, adolescentes, enfermos psiquiátricos graves y maestros de escuela o granjeros sin ningún vínculo con la yihad fueron conducidos al presidio y mezclados con verdaderos terroristas como los responsables del 11-S.

Las tripas de la cárcel quedan recogidas en 4.759 folios firmados por los más altos mandos de la Fuerza Conjunta de la base y dirigidas al Comando Sur del Departamento de Defensa en Miami.

Sistema creado al margen de las leyes

La radiografía de una prisión creada por George W. Bush en 2002 al margen de las leyes nacionales e internacionales llega en un mal momento para el presidente, Barack Obama. Cerrar el penal fue su primera promesa tras asumir el cargo en enero de 2009. El anuncio, hace un mes, de que reanudaría los juicios en las comisiones militares fue el reconocimiento de su fracaso.

Los informes, fechados entre 2002 y 2009, que en la mayoría de los casos tienen como finalidad recomendar si el preso debe continuar en el penal, ser liberado o trasladado a otro país, documentan por primera vez cómo valoraba EE UU a cada uno de los internos y lo que sabían de ellos. Revelan un sistema basado en delaciones de otros internos, sin normas claras, basado en sospechas y conjeturas, que no necesita pruebas para mantener a una persona encarcelada largo tiempo -143 personas lo han estado más de nueve años- y que establece tres niveles de riesgo que se definen con apenas una frase.

El más alto solo implica que la persona «probablemente» supone «una amenaza para EE UU, sus intereses y aliados»; el medio, que «quizá» lo suponga; y el bajo, nivel en el que aparecen catalogados presos que han estado ocho y nueve años en la prisión, que es «improbable» que sea un riesgo para la seguridad del país.

Hay casos, según revelan los informes secretos, en los que ni siquiera el Gobierno de EEUU sabe los motivos por los que alguien fue trasladado a Guantánamo, y otros en los que ha concluido que el detenido no suponía peligro alguno: un anciano de 89 años con demencia senil y depresión que vivía en un complejo residencial en el que apareció un teléfono por satélite; un padre que iba a buscar a su hijo al frente talibán; un mercader que viajaba sin documentación; un hombre que hacía autostop para comprar medicinas.

EE UU determinó que 83 presos no suponían ningún riesgo para la seguridad de la nación, y de otros 77 se reconoce que es «improbable» que sean una amenaza para el país o sus aliados. El 20% de los presos fue conducido al penal de forma arbitraria según las propias valoraciones de los militares estadounidenses.

Si a ese dato se añade el de aquellos que solo «quizá pudieran entrañar un peligro, 274 en total, se concluye que EE UU no ha creído seriamente en la culpabilidad o amenaza de casi el 60% de sus prisioneros». Se encarcelaba a los presos fundamentalmente para «explotarlos», según su propia terminología; por si sabían algo que pudiera ser útil.

Guantánamo es una cárcel, pero la prioridad no es imponer sanciones por delitos cometidos. Solo siete presos han sido juzgados y condenados hasta el momento: seis en las comisiones militares de la base y uno en un tribunal civil de Nueva York. Lo que se pretende fundamentalmente, según muestran los informes, es obtener información a través de los interrogatorios. Uno de los dos parámetros que se maneja para decidir si se puede liberar o no a un preso es precisamente su «valor de inteligencia», según la terminología empleada en las fichas secretas.

La prisión funciona como una inmensa comisaría de policía sin límite de estancia y en la que la duración del castigo no es proporcional al supuesto hecho cometido. Las fichas secretas muestran a unos reclusos tratados como presuntos culpables que deben demostrar no solo su inocencia sino su falta de conocimiento sobre Al Qaeda y los talibanes para obtener la libertad. El único delito que las autoridades adjudican a algunos de ellos ha sido tener un primo, amigo o hermano relacionado con la yihad; o vivir en un pueblo en el que ha habido ataques importantes de los talibanes; o viajar por rutas usadas por los terroristas y, por lo tanto, conocerlas bien.

A pesar de su empeño en obtener información en la lucha contra el terrorismo, nueve años y tres meses después de la apertura de Guantánamo los informes secretos revelan que solo el 22% de los presos ha presentado un nivel de interés alto para los servicios de inteligencia de EE UU. En el 78% restante, el valor informativo de los presos era medio o bajo, según reconocen los propios militares.

Los detenidos vieron las caras de muchos interrogadores: militares, agentes de la CIA y policías de sus propios países que desfilaron en secreto por sus celdas, entre ellos españoles, y les tomaron declaración esposados y encadenados por una argolla al suelo. La actividad en los campos de entrenamiento terrorista en Afganistán, los experimentos con explosivos, la fijación de los yihadistas por conseguir la denominada «bomba sucia», el trato y cercanía a Osama Bin Laden, Al Zahawiri o el mulá Mohamed Omar eran objetivos prioritarios. Un reloj Casio F91W en la muñeca de un preso se consideraba prueba suficiente de que había recibido formación de explosivos.

Los documentos revelan nuevos detalles sobre los 16 detenidos de alta seguridad relacionados con los atentados del 11-S. El cerebro de la masacre, Khalid Sheikh Mohammed, ordenó en 2002 a otro preso del penal un ataque suicida contra el entonces presidente de Pakistán, Pervez Musharraf. En realidad se trataba solamente de una prueba de su disposición a «morir por la causa».

La palabra torturadora no aparece en los documentos

Los expedientes no especifican qué métodos se usan para obtener la información en el penal. La palabra tortura apenas aparece en los casi ochocientos documentos. Sin embargo, lo que sí aparece son las delaciones que la mayoría de ellos arrojan sobre sus antiguos compañeros de lucha y que se suman por cientos.

En cada expediente suele haber un apartado bajo el epígrafe «Razones para continuar la detención». Si el propio recluso no admite haber jurado lealtad a Bin Laden o haber luchado contra Estados Unidos en las montañas de Tora Bora, son sus propios compañeros quienes aparecen con nombres y apellidos delatándole o identificándole. La lista de delatores va desde la jerarquía más alta a la más baja de los extremistas.

Pero en ningún momento se informa de en qué circunstancias los presos han admitido su supuesta culpa o incriminado a otros. A veces, un preso declara sufrir tortura, pero el propio redactor del informe se encarga de afirmar que esa declaración no tiene ninguna credibilidad. A algunos, sin embargo, no había manera de arrancarles información. «Estoy preparado para estar en Guantánamo 100 años si es necesario, pero no revelaré información», espetó el kuwaití Khalid Abdullah Mishal al Mutairi a sus interrogadores.

Los informes son textos fríos, de prosa funcionarial. Apenas se detienen en cuestiones personales como los intentos de suicidio, el estado de salud o las huelgas de hambre y, en el caso del rosario de presos con enfermedades psiquiátricas, uno de los rostros más retorcidos de Guantánamo, se limitan a constatar si, a pesar de su trastorno (acompañado muchas veces de múltiples intentos de quitarse la vida), puede ser útil seguir haciéndoles preguntas.

Al afgano Kudai Dat, diagnosticado de esquizofrenia, trataron infructuosamente de hacerle un interrogatorio final a pesar de que había sido hospitalizado con síntomas agudos de psicosis. Cuando mejoró lo llevaron ante el polígrafo, provocando de nuevo alucinaciones en el enfermo, según un informe psiquiátrico de la prisión. Su pronóstico a largo plazo era «pobre». Pero, a pesar de la ficha médica, la autoridad militar aseguraba que fingía los ataques de nervios y se recomendó mantenerlo en la base. Pasó cuatro años encerrado.

Los documentos son extremadamente protocolarios, pero por debajo del lenguaje administrativo se vislumbran informaciones que aportan un retrato de las condiciones de vida en el presidio. Cuando se habla de la conducta del detenido, por un lado se registran las infracciones disciplinarias y por otro las agresiones. Cualquier incidente se hace constar sin apenas detalles: «Inapropiado uso de los fluidos corporales, comunicaciones desautorizadas, daño sobre las propiedades del Gobierno, incitar y participar en disturbios de masa, intento de ataques, ataques, palabras y gestos provocativos, posesión de comida y contrabando de objetos que no son armas…»

Todo se contabiliza y registra. Pero tan solo se aporta información concreta sobre el último incidente disciplinario. Y es ahí, precisamente, en ese pasaje fugaz de apenas un renglón, donde aparecen destellos de la dura vida en Guantánamo: la mayoría de los presos han lanzado orina y heces a los vigilantes. Nunca se especifica cuál es el castigo que sufren por esas acciones ni en qué contexto se perpetraron.

Otros reclusos han sido expedientados por cubrir la ventilación de su celda con papel higiénico, devolver un libro a la biblioteca subrayado o con marcas, rechazar la comida o negarse a salir de la ducha.

Por qué están presos

Las fichas ofrecen además una breve biografía de casi todos los hombres que han pasado por las celdas de Guantánamo. La gama de motivos que les llevaron a participar en la yihad o a tener vínculos con redes islamistas es muy variada: abarca desde el saudí que se comprometió con la causa tras ver un vídeo donde se mostraban las tropelías que los rusos cometieron contra los musulmanes en Chechenia pasando por el francés que viajó a Afganistán para continuar sus estudios del Islam y vivir en un Estado puramente islámico hasta el saudí que, deseoso de encontrar una esposa, entró en un campo de entrenamiento con la esperanza de adelgazar.

«En el verano de 2001, un hombre sugirió al detenido viajar a Afganistán para cumplir con sus obligaciones religiosas durante dos meses. El régimen de entrenamiento físico le brindaría también la oportunidad de perder peso», asegura la ficha de Abdul Rahman Mohammed Hussain Khowlan.

De la documentación no solo se extraen conclusiones sobre la motivación que llevó a tantos hombres a Kabul, Kandahar o a las montañas de Tora Bora. También es posible dibujar un perfil con los puntos en común de la mayoría. Da igual que tuvieran nacionalidad de algún país europeo, argelina, yemení o filipina.

Antes de entrar en la prisión estadounidense, muchos viajaron constantemente a través del mundo árabe-musulmán. Abundan los relatos de hombres que cruzan la frontera de Pakistán a Afganistán a pie o que se citan con otros activistas en una mezquita de la ciudad paquistaní de Lahore. Las fichas explican también cómo los islamistas se apoyan entre sí a través de una red de puntos de encuentro -seis de los siete franceses detenidos pasaron por una casa de huéspedes, a la que denominan «de los argelinos», en la ciudad afgana de Jalalabad-, del dinero que les proporcionan miembros de la red -los documentos mencionan que muchos detenidos son arrestados con 10.000 dólares, la cantidad típica que Al Qaeda entrega a sus activistas-, o de organizaciones de caridad como Al Wafa que, según las autoridades de EE UU, contribuyen a financiar las actividades terroristas.

Pero en muchas ocasiones el hecho de viajar por la zona se convierte en una actitud sospechosa que envía sin más al penal a decenas de personas. En una nota de apenas dos páginas se relata el paso de Imad Achab Kanouni por Alemania, Albania, Pakistán y Afganistán.

En el apartado de razones para justificar su estancia en Guantánamo, se le acusa de no haber podido explicar las condiciones de su viaje a Afganistán. No hay ni una sola prueba que le incrimine. A pesar de ello, el general Geoffrey Miller —responsable también de la prisión iraquí de Abu Ghraib— recomienda su permanencia en la prisión.

El Pentágono ha redactado un comunicado en el que lamenta la publicación de los documentos secretos por su carácter sensible para la seguridad de EE UU.

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