La rutina de los «daños colaterales»

Han sido los civiles las principales víctimas de los drones, una de las más modernas armas de Estados Unidos, empleada supuestamente para matar a terroristas

Autores:

Jorge L. Rodríguez González
Nyliam Vázquez García

¿Guerra?... mejor bien lejos de las fronteras nacionales. Esa debe ser la máxima del complejo militar industrial estadounidense, pilar de la nación. No es casualidad que cuando no las hay, las inventan. Tampoco lo es que las inversiones en tecnología para minimizar daños en su territorio sean millonarias. Sobran pruebas.

Así, asesinar a civiles inocentes puede ser tan «fácil» como seguir una rutina. Quizá levantarse en la mañana en una base militar en Arizona, tomar café, recibir órdenes y luego ir a la oficina llena de pantallas, teclados y con la indispensable palanca de mando para finalmente guiar al «avioncito» hasta su objetivo a decenas de miles de kilómetros.

Los drones, con su fuselaje largo y fino y el abultamiento frontal para albergar una antena satelital que los conecta con los uniformados, y con sus alas estrechas y sus estabilizadores posteriores inclinados, se han convertido en la pesadilla, por ejemplo, de quienes habitan en el territorio fronterizo entre Afganistán y Paquistán. A pesar de tanta sofisticación, lo mismo que sus predecesores convencionales dejan su particular rastro de «daños colaterales». Más de 2 000 paquistaníes han muerto desde que en 2004, EE.UU. inició sus bombardeos con aviones no tripulados.

La muerte de Bin Laden tal vez dio una pequeña esperanza a los pobladores de la zona, pero aún sin el supuesto líder de Al-Qaeda, la «lucha contra el terrorismo» continúa, según se apuraron en decir los jefes estadounidenses. Es rara la semana en que no haya un bombardeo. Allí siguen muriendo seres humanos a pocos meses de cumplirse una década del inicio de la aventura bélica.

De acuerdo con referencias de Rick Rozoff, periodista y  director de Stop NATO, una web opuesta al militarismo global, el primer avión no tripulado del tipo Predator, hasta ahora el más utilizado, fue enviado por el Pentágono a cumplir misión en Bosnia en 1995 y después, durante la guerra contra Yugoslavia, en 1999. Desde entonces la carrera del juguetico ha ido en acelerado ascenso, a la par con el rastro de muerte a su paso. Lamentablemente no es difícil imaginar para qué lado se precipita la balanza, aunque algunos de estos aparatos tienen usos civiles nobles, como la inspección de áreas siniestradas.

Un dron puede permanecer hasta más de 24 horas en el aire, mucho más que un avión de combate. Con tantas «ventajas» los drones pasaron rápidamente de misiones de reconocimiento al asesinato selectivo. De hecho, fue en 2001 cuando al Predator le fueron colocados los misiles Hellfire (fuego del infierno).

Incluso ya existe un modelo superior al MQ-1 Predator A, el MQ-9 «Reaper», dos veces más grande, cuatro veces más pesado con 4,7 toneladas y que alcanza 400 kilómetros de velocidad. Aunque lo mejor para quienes impulsan su producción es su capacidad de armamento, diez veces mayor, al tiempo que cada vez poseen mayor alcance y letalidad.

Pero este es superado por el Predator C «Avenger», que alcanza los 700 kilómetros. El cuento de nunca acabar, porque sobran quienes invierten en el negocio de la guerra, sin dudas el más rentable en tiempos modernos y de crisis.

Entre 2002 y 2008, según datos públicos, la flota de drones made in USA pasó de 167 aparatos a más de 6 000 y a estas alturas se especula que superarían los 7 000. Además, Washington tiene la supremacía absoluta del mercado. Los expertos aseguran que lo más importante es la autonomía del avión, pero pesa la reducción de riesgos para sus efectivos y también la disminución de ciertos costos. Se calcula, por ejemplo, que la formación de un piloto de caza estadounidense cuesta 2,6 millones de dólares; mientras que entrenar a un «piloto» de dron —el que lo dirige desde tierra— estaría en apenas 135 000 dólares.

La que no disminuye —tampoco están interesados— es la frecuencia del uso (muy ligada al «éxito») y mucho menos la mortalidad provocada por los también llamados cazadores asesinos. Un informe de las Naciones Unidas publicado en mayo de 2010, asegura que EE.UU. lanzó más de 120 ataques con estos en territorio paquistaní.

Rumbo a África

Los drones tampoco son algo extraño en el Cuerno Africano. Desde 2009 varios MQ-9 Reaper, ubicados en el aeropuerto de Mahe, son enviados para las operaciones de lucha contra la piratería en el océano Índico y el golfo de Adén.

Ahora el Pentágono está considerando el envío de estos aviones de vigilancia y otro tipo de ayuda militar para apoyar una ofensiva del Gobierno somalí contra los denominados insurgentes, a los que acusan de estar vinculados a Al-Qaeda.

Con los ataques precisos de estos artefactos, EE.UU. pretende borrar del suelo de Somalia a los supuestos líderes de la red terrorista, sin dejar sus huellas en el terreno.

Sin embargo, no hay duda de que estos ataques pueden acabar con muchas vidas inocentes. La experiencia en Paquistán, Afganistán y Yemen ha demostrado que estos artefactos, o quienes los manejan desde una computadora, no son asépticos. Otros bombardeos del Pentágono en el sur somalí, aunque con el potente AC-130, en lugar de quitar la vida a los presuntos miembros de Al-Qaeda, mataron e hirieron a muchos civiles y ocasionaron cuantiosos daños materiales a comunidades. Tampoco es esta la forma de acabar con la inseguridad crónica en esa nación.

Ya desde 2009, estaban sobre la mesa del Pentágono los planes de llevar a cabo no solo misiones en el mar, y se valoraban otros proyectos, como los vuelos sobre Somalia para luchar contra los militantes islámicos que pretenden derrocar a un Gobierno respaldado por los EE.UU.

Sin embargo, la incursión de aviones no tripulados estadounidenses en Somalia se remonta a antes de esa fecha. Un reporte de mayo de 2008 dio cuenta de la caída de un dron en la zona costera de Agaren, muy cerca de Merka, ciudad a unos 100 kilómetros al sur de la capital, Mogadiscio. Según las descripciones brindadas entonces por fuentes locales, la nave medía un metro y medio, podía ser transportada por unas tres personas y se estrelló precisamente en un lugar donde los niños jugaban fútbol.

Otro de los escenarios africanos donde Estados Unidos ha empleado sus «asesinos del aire», como también se les conoce a estos modernos artefactos, es Libia, país en el que desde hace unos dos meses Occidente emprende una cruzada para derrocar al coronel Muammar al-Gaddafi. Según lo anunciado por el secretario de Defensa, Robert Gates, el Pentágono proporcionaría en esa empresa dos patrullas diarias de Predator armados con misiles Hellfire.

El general de Marina James Cartwright, vicepresidente del Estado Mayor Conjunto, explicó que los drones ayudarían a contrarrestar la táctica de las fuerzas pro Gaddafi «de viajar en vehículos civiles, que hacen más difícil distinguirlos de las fuerzas rebeldes».

Estas modernas naves se estarían desplegando desde la Estación Aérea Naval de Sigonella, en Sicilia, Italia, según NBC News.

Desde antes, ya EE.UU. los estaba enviando a sobrevolar la nación norteafricana para recopilar información de inteligencia, pero la novedad ahora es que los aparatos estarían armados.

«Estos (los Predator) son una excelente opción para las zonas urbanas», dijo Cartwright. Y añadió que «es muy difícil distinguir entre el amigo y el enemigo. Por lo tanto un vehículo como el depredador, capaz de bajar más bajo y obtener mejores identificaciones, nos ayuda».

Ya entonces la OTAN contaba entre sus «daños colaterales» a muchas víctimas civiles, incluso rebeldes, a pesar de que según los reportes públicos, en el terreno se encontraban desplegados efectivos de la CIA y del servicio secreto británico MI-6, que supuestamente tenían como misión ubicar los blancos militares del Gobierno.

Tal «éxito» ha llevado a que ya estén bastante adelantados los drones del futuro, que fusionan las tecnologías de sus predecesores y los hacen más efectivos. Un reportaje de Dicovery explica los avances de un prototipo que tiene el nombre de Dominator. Este equipo, con solo un metro de largo y 50 kilogramos, posee tres ojivas explosivas. Además, por si acaso, está capacitado para arrojarse como kamikaze al blanco. Con una autonomía de más de 28 horas puede compartir información con otros Dominator en el aire para no atacar dos veces al mismo «objetivo».

Estados Unidos presenta en estos momentos sus drones como una poderosa y sigilosa arma para el espionaje y para matar «terroristas», y en su hipócrita y siniestra cruzada contra ese flagelo, extiende cada vez más el área de influencia de estos artefactos.

Pero en un país como Paquistán, las autoridades reconocen que el 90 por ciento de las víctimas no son los publicitados «terroristas», sino niños, ancianos, mujeres… civiles. ¿Será que cualquiera puede ser un blanco? ¿Será que a tanta distancia no se distingue?

Mientras, desde las bases militares estadounidenses, en una cómoda y automatizada oficina, matar a seres humanos se ha convertido en rutina, casi como jugar a uno de los modernos y violentos videojuegos, y muchos seguirán engrosando la lista de «daños colaterales».

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