El Perú de Humala inicia su propio camino

La guerra de la mentira y el miedo que le impidió la victoria en 2006 fue derrotada ahora, pero el gran empresariado y la derecha política todavía presionan

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Frente a las conjeturas —bien o mal intencionadas— que han querido ligarlo a uno u otro quehacer, Ollanta Humala ha sido categórico. «Perú tiene que construir un camino propio», reiteró en los días recientes.

Aunque formulada en el contexto de la amplia gira americana que precedió a su investidura, la aseveración estaba dirigida hacia adentro de la nación que timoneará desde el 28 de julio, cuando asuma la Presidencia. Ningún otro candidato en Perú —y pocos en Latinoamérica— ha sido víctima como él de la guerra de la oligarquía y los empresarios desatada a través de los medios. La reiteración, por tanto, era obligada, cuando las clases pudientes representadas en la derecha que ha depredado al país, ponzoñosas, presionaban todavía la última semana especulando a quiénes nombraría el futuro jefe de Estado para integrar su gabinete y, sobre todo, a qué persona nominaría para la trascendente cartera de Economía, decisión dada a conocer el jueves y que recayó en el hasta ahora viceministro de Hacienda, Luis Miguel Castilla.

La guerra de la mentira y el miedo, levantados sobre otras falsedades, arrebató a Humala la posibilidad de la victoria en la segunda vuelta de las elecciones de 2006, frente al saliente —por la puerta de atrás, se va— Alan García; pero terminó derrotada en el cerrado balotaje del pasado 5 de junio frente a Keiko Fujimori, cuando las huestes derechistas se abalanzaban sobre él, luego de resultar el candidato más votado en la primera ronda.

Fracasó, finalmente, la campaña que satanizó a procesos revolucionarios como el de Venezuela y, por vía transitiva, a su líder Hugo Chávez, para afirmar que Humala replicaría el desempeño de este, e infundir pavor en una sociedad manipulada; o que —entre otras truhanerías— presentó al ex militar peruano como el hombre que acabaría con el ejemplar y sostenido crecimiento en los últimos años, de una economía que, sin embargo, nada ha tenido que ver con la manera en que viven las mayorías en Perú.

Ollanta Humala logró remontar la cuesta.

En busca de la concentración

No debe soslayarse el poco favor que le hizo a Keiko la ejecutoria de su propio padre —el ex presidente Alberto Fujimori—, plagada de violaciones a los derechos humanos y denuncias de corrupción que lo mantienen en la cárcel, de donde la hija, ni corta ni perezosa, ha confirmado que lo pretende sacar, presentando un pedido de indulto ante Humala, según ha anunciado son sus intenciones.

Vistas las cosas a la distancia de algunas semanas, se intuye también el peso que tuvo en el triunfo la ductilidad con que la coalición Gana Perú, que respalda a Humala —formada por su Partido Nacionalista y fuerzas y movimientos de izquierda—, manejó el inicial programa de Gobierno, de modo de contrarrestar la agresión mediática, brindar al electorado —como ha dicho él en alguna ocasión— lo que ese electorado esperaba, y facilitar lo que llamó un Gobierno de concertación nacional.

«No pretendemos tener la arrogancia de que el Perú se adapte a lo que nosotros creemos», explicó en uno de los últimos debates televisivos previos a la vuelta del desempate de junio.

Así, propósitos tales como el de una nueva Constitución y la recuperación plena de los recursos naturales no están en el plan presentado para la segunda ronda; ni la crítica abierta y demoledora al neoliberalismo, a los tratados de libre comercio y a la desnacionalización de que ha sido objeto el Estado, contenidos en el programa que Gana Perú presentó en diciembre de 2010.

Luego de enfatizar que «la transformación que el país requiere se hará de forma gradual pero persistente», el texto programático final da a conocer, no obstante, el deseo de impactar rápida y significativamente en «la reducción de la pobreza y en la expansión de los beneficiados por el crecimiento económico» para reducir el conflicto social y, al mismo tiempo, «facilitar la inversión privada y coadyuvar a mejorar la productividad».

Lucha contra la corrupción, elevación del salario mínimo, revolución educativa, desnutrición cero en las escuelas, mejoras en la atención de salud y protección social para los mayores de 65 años aparecen entre los objetivos del Gobierno que se inaugura, así como la titulación de los pequeños productores agrarios y de las comunidades campesinas e indígenas, la defensa de los agricultores frente a las importaciones de productos subsidiados que compitan contra la producción local, y la implementación de líneas de crédito para la pequeña y la mediana industria: son postulados relevantes que siguen presentando al nuevo mandato como un cambio significativo frente a la depauperación social que ha dejado en Perú el desempeño neoliberal.

Se destaca también en ese campo el propósito de aprovechar de manera social y ambientalmente sostenible los recursos naturales, promoviendo «la generación de valor», lo que en la práctica significará un impuesto a la sobreganancia que se llevan las empresas extranjeras por la explotación minera, una transacción desigual que exprime y succiona los frutos del principal rubro económico de la nación.

El programa remarca la meta de «mantener el crecimiento económico con estabilidad macroeconómica incorporando la inclusión social y efectuando una mejor distribución de la riqueza». Con ese fin, afirma, «el Estado generará las condiciones para desarrollar mercados internos, así como expandir las exportaciones con mayor procesamiento y contenido tecnológico, en el marco de una economía abierta».

Es en este punto donde entronca lo que, para algunos, constituirá el sine qua non de la etapa que se abre el próximo jueves, cuando Humala se ciña la banda presidencial: ¿cuán difícil resultará lograr esa justicia social perseguida moviendo lo menos posible las actuales estructuras económicas, y sin tocar un pelo a esa clase adinerada que le dio su voto a Keiko? En menos palabras, se trata de consolidar el crecimiento económico experimentado durante los últimos años, pero convirtiéndolo en generador de la inclusión social.

Puede que ahí esté el reto. Y ese será, precisamente, el «camino propio» que desbrozará la nación conducida por Gana Perú y Humala.

En verdad, la vida reciente latinoamericana ha demostrado que no hay —como debatían y buscaban algunos teóricos hace una veintena de años— una copia al calco para instaurar un modelo distinto al neoliberal, que arrasó con la región y se mantiene en Perú. Todo indica que cada quien debe actuar de acuerdo a sus circunstancias.

El apoyo mayor entre los de abajo

No obstante, puede que ni el afán cohesionador de Gana Perú tranquilice a la derecha y a un empresariado que, si bien saludó la elección a las pocas horas de conocerse el triunfo, todavía especula y advierte.

Un avance de lo fuertes que pueden resultar las presiones resultó el bajón del 12 por ciento experimentado por la Bolsa una vez que se conoció el resultado que dio la victoria a Humala, y el cual muchos leyeron como una reacción provocada artificialmente por los gurúes de las finanzas, en demostración de fuerza. «Terrorismo económico», lo bautizó un analista boliviano.

Los de arriba no se tranquilizan.

Denuncias dadas a conocer la semana que termina por miembros del equipo de Gana Perú dieron cuenta de que el ejecutivo saliente del aprista Alan García deja pendientes diversos casos de corrupción que afectan a algunos de sus ex ministros, e informaron que también encontraron casos de malos manejos durante el proceso de transferencia de poderes en la administración pública, reseñó PL.

También se ha acusado a García de «enfriar» la economía con malas decisiones que constituyen un boicot para complicar a los que llegan. Una suerte de bomba de tiempo mediante el freno económico en virtud de una «caída» ex profeso de la inversión, baja en el impuesto a las ventas e incremento de la plantilla estatal, y que habría conducido a un constante decrecimiento del PIB en los últimos meses, según reveló en conferencia de prensa el economista Félix García, jefe económico del grupo de transición de Humala.

Frente a esas y otras jugarretas deberá desenvolverse un mandato que tiene en los de abajo su mayor respaldo. No se debe pasar por alto que entre el 51,4 por ciento del electorado que le dio el voto frente al 48,5 que lo hizo por la Fujimori, tienen mayoría los marginados.

Ollanta ganó en 19 de los 24 departamentos en que se divide Perú, con votaciones aplastantes en regiones como Ayacucho, Cuzco, Huancavelica, Tacna y Puno. Mientras Keiko se hacía de la capital y apenas otras cuatro regiones, los seguidores de Humala tenían el acento en las áreas rurales más intrincadas. Ello representa también el deseo de transformaciones en una nación donde la pobreza se cifra en alrededor del 40 por ciento y la extrema pobreza en el diez, mientras la riqueza está concentrada en un fuerte núcleo empresarial ligado al saqueador poder transnacional.

Otra voz por la integración

Uno de los derroteros reiterados por Ollanta Humala y el primero demostrado antes de la asunción presidencial ha sido el de mantener relaciones cordiales con sus vecinos del hemisferio.

En ese contexto se enmarca el reciente periplo que concluyó en Cuba, después de llevarlo, primero, a Brasil, pasando luego por Paraguay, Uruguay, Argentina, Chile, Ecuador, Colombia, Bolivia, México… y también por Estados Unidos, sin que las campañas mentirosas de la derecha lo cohibieran de visitar a Venezuela, con cuyo presidente Chávez intercambió saludos en que se trataron como «amigos» y «hermanos».

La convocatoria, a solicitud de Humala, de una Cumbre de la Unión de Naciones de Suramérica (UNASUR) anunciada para el mismo día de su investidura, remarca el carácter integracionista con que nace su mandato. Un Gobierno que debe sumarse a la cadena de ejecutivos latinoamericanos que luchan, transitando uno u otro camino, por una vida digna para los suyos, y por ese futuro ya palpable de unidad para nuestra región.

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