Viejas señales, ayuda tardía

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

En los últimos días, muchos medios de comunicación se desgalillan contando historias de desesperación y muerte, luego que Naciones Unidas reconociera que la hambruna golpea a gran parte de la población de Somalia, sumida en la guerra desde 1991 y ya escindida en tres entidades autónomas.

Según la ONU, el estado de hambruna se declara cuando al menos el 20 por ciento de los hogares de una región sufre carencias alimentarias extremas con escasas capacidades de  enfrentarlas, así como malnutrición aguda de un 30 por ciento de la población y un promedio de dos muertos cada 10 000 habitantes por día. Pero las cifras en esa nación del Cuerno de África son mucho más aterradoras y el flagelo amenaza a casi la mitad de los aproximadamente ocho millones de habitantes.

Los índices de malnutrición en Somalia son hoy los peores del mundo. Solo la zona austral del país alberga a 310 000 niños gravemente desnutridos, y en algunas otras partes mueren al menos seis infantes de cada 10 000 menores de cinco años de edad.

La situación es tan desesperante que solo en junio unos 68 000 somalíes huyeron a Kenya, y 54 000 a Etiopía. Estos otros países también son golpeados por una de las sequías más catastróficas en los últimos 60 años que ha provocado malas cosechas y la muerte de un gran número de cabezas de ganado, poniendo en una situación irresistible a 12 millones de africanos en toda la región del Cuerno. Solo al campamento de refugiados kenyano de Dadaab llegan cada día más de 1 400 niños. En ese complejo de chabolas, con una capacidad inicial para 90 000 personas, ya se hacinan más de 440 000.

Sin embargo, esta situación no es nueva. Los conflictos y la sequía de 1992-93 provocaron una hambruna —fachada utilizada por Estados Unidos para intervenir en el país— que acabó con unas 300 000 vidas humanas y años más tarde, en 1999, el número de muertos casi alcanzó el millón. Esta situación se ha repetido en otras naciones africanas como Chad, Malí, Mauritania, Nigeria, Senegal, Etiopía, Kenya, sur de Sudán, y Ruanda.

Hace meses, y hasta años, que muchos niños mueren luchando contra el hambre, la deshidratación y las infecciones en el medio del desierto, mientras intentan llegar a los campamentos de refugiados. Sobran las historias de madres que dejan a sus hijos enfermos a un lado del camino porque estos están muy débiles para seguir el largo viaje hasta Kenya o Etiopía.

Miles de personas podrían haberse salvado en Somalia si los países ricos hubieran reaccionado a tiempo frente a las señales que anunciaban la hambruna en ese país hace mucho tiempo. Pero estas naciones solo responden con urgencia cuando se trata de desplegar grandes buques de guerra para militarizar la región con el pretexto de combatir la piratería, que se debe, en gran medida, a la pobreza y la ausencia de un Estado capaz de canalizar los recursos propios y los internacionales para satisfacer las necesidades de su población.

Las grandes potencias, particularmente EE.UU., destinan sus millones para la carrera armamentista en esa zona tan estratégica para el transporte de mercancías y petróleo. El hambre, la escasez de agua potable o de tierras cultivables nunca han sido prioridad, ni de Occidente, ni del endeble Gobierno Federal de Transición, apuntalado por el Pentágono y la CIA. El verdadero desasosiego de Washington y sus aliados son las milicias armadas somalíes, que han recibido financiamiento encubierto de las agencias de inteligencia occidentales, muy interesadas en potenciar el conflicto. Y mientras esta guerra continúe, la ayuda humanitaria será solo un parche.

Ahora, la alarma lanzada por los medios con imágenes aterradoras y penosas pretende movilizar unos cuantos millones para llevar caridad a ese ardiente punto de la geografía africana. Hasta el momento, muchos organismos de ayuda humanitaria, y la mismísima ONU, se han quejado del incumplimiento de los países desarrollados que en sucesivas cumbres internacionales se han comprometido con la asistencia financiera para las naciones más pobres, sin que se hayan constatado avances reales en ese sentido.

En una de sus jugadas socorridas ante este tipo de situación, el Banco Mundial dijo que destinará 500 millones de dólares para ayudas ante la grave sequía que se vive en el Cuerno de África, que se suman a 12 millones de dólares ya puestos a disposición. Lo que no ha dicho aún es si la ayuda es interesada. Después de todo, este organismo y su colega el FMI, son culpables de la crisis alimentaria en Somalia cuando con sus recetas neoliberales sentaron las bases para la destrucción de la economía de ese país y el caos social que precedieron la guerra de 1991.

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