En Libia lo peor está por venir

Afganistán e Iraq son el espejo en el que se puede mirar el futuro libio: ocupación y mucho saqueo. Siria también está en peligro

 

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

En estos casi seis meses de guerra contra Libia, y también desde mucho antes, los grandes medios de comunicación han pretendido convencer al pueblo de la nación árabe y al mundo de la necesidad de derrocar el régimen de Muammar al-Gaddafi. Con las revueltas de Túnez y Egipto, que sacaron del poder a dictaduras autocráticas amigas de Estados Unidos y otras potencias europeas, las transnacionales mediáticas y los poderes a los que se pliegan vieron la oportunidad de presentar como un gran levantamiento popular en Libia a las que en principio eran pequeñas hordas de opositores que llamaban a una guerra civil, con el viento de Occidente a favor.

En lugar de multitudinarias manifestaciones con exigencias democráticas, los reportes daban cuenta de minorías fuertemente armadas, alentadas por opositores expatriados y sus aliados dentro del país, y por los propios jefes de Gobierno de Washington y Europa, que después de un frágil matrimonio con Gaddafi, decidieron ajustarle cuentas. Incluso, la idea de un cambio de régimen venía desde mucho antes de los sucesos de Bengazi, donde se escenificó la primera manifestación contra el ejecutivo. Gaddafi fue solo un pretexto; el ataque estaba en los planes del Pentágono hace tiempo.

Hasta hoy EE.UU. y sus aliados europeos han justificado los bombardeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como la respuesta «salvadora» a lo que certificaron como represión de las fuerzas de Gaddafi en Bengazi, cuyo saldo mortal fue exagerado por los medios de comunicación, pues no fue otra cosa que la reacción de las tropas gubernamentales frente a un intento de desestabilización alimentado desde el exterior, como se demostró después.

Lo que inicialmente se presentó como una ayuda «humanitaria» que se limitaría a un puente aéreo destinado a «proteger civiles de los bombardeos de Gaddafi», se convirtió desde el primer día de su implementación en un ataque indiscriminado, no solo contra objetivos militares gubernamentales, sino contra la infraestructura civil: lugares residenciales, hospitales, estaciones de televisión y almacenes de suministros básicos. Las bombas de la OTAN han sembrado la muerte y el terror en la población que supuestamente debía ser protegida. La falacia está demostrada.

Durante los últimos siete días, los monopolios de la información echaron a rodar la versión de una Trípoli completamente tomada por los opositores armados cuando aún existían allí zonas de resistencia, e incluso en otras ciudades como Sirte y Sabah. Pero su intención es convencer al pueblo libio de la derrota de su líder para que se sumen a las filas insurgentes.

Si finalmente Gaddafi cayera, no sería por el empuje de un pueblo ávido de democracia que exigió su renuncia, sino por la presión de la OTAN y de los principales cabecillas de la guerra (Estados Unidos, Reino Unido y Francia), que han utilizado a los elementos armados opositores (algunos islamistas extremistas) como sus peones en tierra mientras ellos hacen el trabajo desde el aire, bombardeando. Quienes tienen el mando de la guerra no son los desafectos libios, como se ha hecho creer, sino la Alianza Atlántica y los comandos de asesores enviados desde el exterior.

Y la paz y la tranquilidad del pueblo libio no llegarán con la muerte de Gaddafi o su renuncia al poder.

Sería muy iluso pensar que un grupo de milicias poco organizadas, que han necesitado de los bombardeos de la OTAN y la instrucción militar de fuerzas especiales británicas, estadounidenses, francesas y de la propia Alianza —según ha reconocido el titular de Defensa de Londres, Liam Fox— pueda llegar a construir una Libia «democrática» y «estable». Ni siquiera podrán declararse tranquilamente como victoriosas. Por un lado, habría que ver cuánto durará la resistencia; y en última instancia, los opositores armados dependerán desesperadamente, como hasta hoy, del respaldo exterior, incluso en pretendidos «tiempos de paz».

Por eso, ya esta semana la OTAN se encontraba analizando cómo sería su presencia en el país africano después que cayera el Gobierno de Gaddafi y se instaurara el ejecutivo temporal anunciado por el CNT.

La historia de intervención en Iraq y Afganistán se repetiría. Las grandes potencias saben que no es nada fácil derrocar un Gobierno y apuntalar al sustituto. Las disputas por el poder, más en un país donde tiene tanta fortaleza el tribalismo, de seguro continuarán.

Y la presencia de la OTAN en el terreno podría sobrevenir mucho antes del proceso de transición que planifican las grandes potencias, y en el que ya se estudia el papel que jugaría el bloque militar. La entrada en escena de un ejército de ocupación de la Alianza es una carta que seguro los grandes estrategas de esta guerra ya pensaron emplear, si se produjera un contraataque exitoso de las fuerzas gaddafistas.

El botín prometido

Si en las primeras protestas pudieron estar implicados sectores sociales con reclamos legítimos contra el ejecutivo libio, esa no es la esencia de la inestabilidad promovida y convertida en falsa guerra civil con el apoyo militar de las potencias. El CNT, organismo político de la rebelión armada, tiene una clara orientación de servilismo a los poderosos que le han hecho la contienda; y aunque esta no ha culminado, ya ha prometido a sus mentores sustanciosos contratos petroleros, y una alianza política en África que será desastrosa para todo el continente y más allá de él.

Alí Zeidan, un portavoz del CNT y quien lanzó la mentira de 6 000 víctimas de «los ataques de Gaddafi» ya adelantó que los contratos firmados con las compañías extranjeras serán respetados; y puntualizó que el futuro ejecutivo «tendrá en cuenta a las naciones que nos han ayudado».

Esta garantía tranquiliza a Washington y sus más cercanos aliados en esta guerra (Francia, Reino Unido e Italia), pues aunque muchas compañías occidentales comenzaron a explotar el petróleo libio luego del levantamiento, en 2003, de las primeras sanciones impuestas a esa nación, el negocio no les resultaba fácil. Gaddafi quiso incrementar la cuota de beneficios para el Estado y había anunciado una apertura del sector a empresas chinas, rusas e indias.

En la carrera por el crudo libio, de suprema calidad y muy rentable por su fácil extracción, ahora la firma italiana Eni y la francesa Total podrían ser las más beneficiadas. Los directivos de Eni se arrogan el mérito de haber sido los primeros en reunirse con el CNT y aseguran que mantienen contactos a diario.

Además, el Ministerio francés de Economía y Finanzas ya organizó el pasado mes de junio una misión comercial en Bengazi —sede del CNT— en la que participaron, además de Total, grandes empresas francesas como Alcatel-Lucent, Thales, Entrepose, EADS, Sanofi, Veolia, GDF Suez, Sidem y Denos, con la mira puesta en los posibles negocios.

Una derrota de Gaddafi y la creación de un gobierno del CNT también facilitaría la instauración del Comando Militar de Estados Unidos para África (AFRICOM) en el propio continente, pues hasta el momento sus operaciones, incluidas las realizadas en esta guerra, han sido dirigidas desde el cuartel general de Stuttgart, Alemania. El líder libio siempre ha sido una piedra en el zapato de Washington para esos planes, que también buscan controlar los recursos naturales del continente y obstaculizar la presencia allí de China. Gaddafi siempre denunció las intenciones del Pentágono como un intento de colonización.

Por demás, la agresión a Libia también constituye un duro golpe contra los pasos de África a favor de su independencia financiera; un trayecto impulsado por Gaddafi, quien ha trabajado en función de crear instituciones bancarias y de inversión cuyos fondos, la mayoría libios, se emplearían en proyectos de desarrollo para el continente, sin las condiciones leoninas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), que privatizaron y endeudaron a todo el continente.

Se preveía que la creación este año del Fondo Monetario Africano (FMA)  con sede en Yaoundé (Camerún), sustituiría totalmente las actividades en África del FMI. Además, el Banco Central Africano, radicado en Abuja (Nigeria) —otra de las organizaciones de la Unión Africana—, pondría en jaque al franco CFA, moneda que sirvió de instrumento económico para mantener maniatados a muchos países del continente en los últimos 50 años, aun cuando ya no eran colonias de Francia.

Sin embargo, ahora es más difícil llevar esos planes a vías de hecho. Los 30 000 millones de dólares del dinero libio congelado por Estados Unidos pertenecen al Banco Central del país árabe, y estaban destinados a financiar esos programas.

Decididas a no perder terreno, las naciones occidentales quisieron involucrarse con el FMA, lo que fue rechazado de manera unánime por los países africanos en diciembre de 2010. Ahora, además de las compañías europeas y estadounidenses, el FMI está ansioso por participar en la repartición del botín de guerra. Recientemente, dicha institución anunció su disposición de financiar la reconstrucción de Libia, destruida por los mismos países que manejan estos fondos saqueadores.

Lo peor de este complejo escenario es que las recetas aplicadas por Occidente en Libia pueden constituir la hoja de ruta trazada por las grandes potencias para Siria, un país del Medio Oriente que hace mucho tiempo está en la mirilla del Pentágono por su política independiente y soberana, su relación con Irán y su enfrentamiento al Gobierno sionista de Israel.

El Presidente sirio está siendo satanizado como mismo hicieron con Gaddafi, y los grandes medios lo presentan como un sanguinario represor de manifestaciones pacíficas, cuando existen evidencias de que en ellas se han infiltrado grupos armados apoyados secretamente desde el exterior. Ya ha habido condenas contra esa nación en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, y Washington y sus aliados europeos pretenden lo mismo en el Consejo de Seguridad de la organización internacional.

Y aunque dicen que no habrá para Siria una respuesta militar, los planes que incluyen esa posibilidad están sobre la mesa en el Pentágono.

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