La desproporcionada guerra anticiudadana

Muros de rayos láser y ondas de baja frecuencia, entre las armas para la represión que ocuparán espacios en los arsenales de EE.UU. y otros del Occidente «demócrata»

Autor:

Juana Carrasco Martín

La democracia en Estados Unidos está tomando unos derroteros que cada vez la alejan más de los principios que supuestamente ostenta, los derechos humanos —por ejemplo—, y la defensa a ultranza de las libertades individuales. Basta con ver lo que está sucediendo en sus calles con una parte de la población enfrascada en un singular movimiento de desobediencia civil, con protestas en las que ocupan o tratan de irrumpir en las sedes de instituciones emblemáticas de un sistema que a diario los rechaza, los explota, los va convirtiendo en seres marginales, y ahora los reprime con el empleo de una fuerza cada vez más descomunal y desproporcionada.

Preparada para una guerra en sus ciudades está ya la policía, armada hasta los dientes, convertida en los robocops de las películas de ciencia ficción, con la efectiva ayuda del Pentágono. En las grandes urbes, prácticamente la policía está militarizada, sale en tanques y vehículos blindados y usa las llamadas armas no letales.

En esa ampliación del equipamiento policiaco, hay una versión local de sus empleos en los escenarios bélicos: escaneo inalámbrico de huellas dactilares para chequear motoristas, semejante a lo que hacen en Iraq; software de reconocimiento facial en Arizona y otras jurisdicciones, igualito que en Afganistán; sobrevuelo de drones a lo largo de las fronteras con México y Canadá, tal y como los utilizados en Kosovo, Iraq y Afganistán…

Pero todavía tienen más líneas que cruzar para defender una sociedad totalitaria que cada vez se asemeja más a los primeros pasos del fascismo: la vigilancia extremada sobre cada uno de sus ciudadanos, a los que no pierden pie ni pisada, desde las escuchas telefónicas y el escudriño de su correspondencia electrónica, pasando por el examen de expedientes laborales y médicos, cuentas bancarias, créditos, grabaciones de video en cualquier instalación, incluidas las esquinas de las calles, la localización permanente mediante la telefonía móvil, el GPS de los vehículos, el rastreo de computadoras, el reclutamiento de empleados de servicios caseros transformados en espías, etcétera.

Las medidas draconianas que implantó George W. Bush, el hijo, a raíz de la oportuna caída de las Torres Gemelas para los propósitos de intrusión en las supuestamente sacrosantas libertades civiles, han tenido oído receptor en la administración del nobilísimo Barack Obama, que desde la Casa Blanca dejó ese cuartico intacto y siempre con la posibilidad de aumentar las capacidades de intromisión y búsqueda de los posibles «enemigos» del sistema.

En este mes, el Congreso pasó la Ley de Autorización de la Defensa Nacional (National Defense Authorization Act), que expone a los norteamericanos a la prisión indefinida, sin cargos o juicio, lo que asfixia el derecho básico de los ciudadanos al debido proceso, bajo el pretexto de que es para aplicárselo a los terroristas.

El problema estriba en la muy peculiar clasificación de «terrorismo» que utiliza Washington y sus instituciones dedicadas al tema. La realidad es que el Occidente de la democracia está criminalizando el disenso.

Por cierto, hay una provisión en esa legislación que autoriza a los militares de Estados Unidos nada menos que a encarcelar a cualquiera que considere sospechoso de terrorismo en cualquier lugar del mundo, por lo que globaliza el «campo de batalla», incluso a los propios Estados Unidos.

Armas no letales para cegar y ensordecer

Desde hace mucho es normal que los estadounidenses tomen las calles en protestas llenas de razones y justezas; a pesar de eso las detenciones han sido práctica común. No son pocas las causas que han alcanzado incluso celebridad por los hechos y las personalidades que involucraban, y casi todas tenían que ver con manifestaciones por los derechos civiles de la población negra, contra la guerra en Vietnam y más recientemente contra las incursiones bélicas en Afganistán e Iraq, o en la actual y extendida protesta por el desmesurado y avaricioso proceder de las poderosas corporaciones.

El movimiento Occupy Wall Street es blanco de las sofisticadas armas para el control de las manifestaciones que, además, están siendo perfeccionadas e incrementados sus efectos, en unos casos, o constituyen equipos de nueva creación. Centros de investigación y las industrias militares están dedicados a esa tarea de mejorar y desarrollar tal parafernalia.

Y no solo los de EE.UU. se dedican a esa producción tan especial, también le acompañan socios de la OTAN, como es el caso de Gran Bretaña. Veamos algunas de esas maravillas de la alta tecnología consideradas equipamientos «no letales» y cuáles son los efectos en sus víctimas.

Es bueno saber que el láser es un rayo de múltiples empleos. En la medicina contribuye en grande a sanar enfermedades, y si usted requiere de ese tratamiento, le darán unas gafas oscuras y le advertirán que no mire de ninguna manera al minúsculo rayo rojo porque puede afectarle la vista.

Sin embargo, un nuevo láser, creado especialmente para dejar ciega temporalmente a una persona, está a punto de ser probado por la policía británica. Se trata de un rifle antimotín diseñado por un ex comando de la Marina Real, que dispara un muro de luz láser de tres metros, con el cual se impide que vean a quienes queden atrapados en esa irradiación, escribió por estos días el reportero de BBC especializado en tecnología, Dan Whitworth.

El fusil SMU 100 es fabricado por Photonic Security Systems y tiene un costo de 25 000 libras esterlinas. El director ejecutivo de la empresa, Paul Kerr, ha sido explícito en su filosofía de empleo: «El sistema puede darle a la policía una intimidante restricción visual. Si usted no puede ver a alguien usted no puede atacarlo».

Dicen que originalmente lo desarrollaron contra los piratas de las costas de Somalia, pero tras las protestas del verano en Londres y otras localidades del reino, comenzaron a usarse como instrumentos y tácticas de la policía para hacer más eficaz su actuar contra los revoltosos. De ese análisis, llegaron a la conclusión de que las pistolas tasers —peligrosas aunque dicen no letales— y el gas CS actúan a cortas distancias, por tanto están acudiendo al láser efectivo a más de 500 metros.

Bajo la falacia de que sus efectos son temporales, y a la espera de que las autoridades británicas avalen su uso, no se habla de una posible investigación científica sobre los potenciales efectos colaterales, aunque habría material real para comprobarlo, porque procedimientos similares han sido utilizados por las tropas británicas y estadounidenses en Afganistán.

El PHaSR, siglas con que se conoce el Personnel Halting and Stimulation Response está también listo para ser desplegado y en este caso la luz quema la piel con un láser infrarrojo.

El futuro inmediato depara otros peligros para los manifestantes salidos de las santabárbaras de la policía del imperio. En el otro lado del Atlántico, los aventajados discípulos de «la pérfida Albión», como se conoció al Reino Unido en la época colonial, tienen muy bien dispuestas las investigaciones en el campo de la industria bélica y en este caso para guerrear en sus propias calles.

El consorcio Raytheon ha patentado unas ondas sonoras de baja frecuencia que son disparadas por el llamado LRAD Sound Cannon con el fin de controlar multitudes. Las ondas disparadas por ese cañón provocan la interrupción del tracto respiratorio e impiden llegar el oxígeno al cerebro haciendo colapsar al «enemigo» con dolores de cabeza y náuseas. También esta es una arma «no letal» efectiva, eficiente y «segura».

La ley y el orden se entrenan y apertrechan de estas municiones o armas, y de las regulaciones legales para imponerse sobre las multitudes. Ciegan, ensordecen y hasta dispersan malos o irritantes olores, también usan un láser químico para desorientar temporalmente e incapacitar a individuos en un gentío como el PEP (pulsed-energy projectile) o emplean el ATM (Anti-traction material) un gel dispersado sobre la superficie de un área determinada para prevenir el acceso de personas o vehículos.

Líquidos, aerosoles, polvos, están en uso al igual que la tecnología termobárica para con sonidos, temperaturas y condiciones de presión, desorientar o incapacitar a las personas. Como decía un artículo publicado en GlobalSecurity.org esa confusión, distracción o desorientación temporal que provocan las municiones no letales le dan a los equipos tácticos los segundos necesarios para explotar la situación y redirigir las acciones hacia un individuo o grupo blanco especial y detenerlos.

Por supuesto, reconocen que también «el transeúnte inocente puede ser afectado», y «si incluso son empleadas apropiadamente heridas severas o la muerte son una posibilidad». Y el cinismo llega a extremos cuando apuntan que el control de una muchedumbre cuando se conducen misiones de asistencia humanitaria y para el mantenimiento de la paz es tarea para el ejército tanto como destruir un blindado enemigo o fuerzas de infantería en una guerra.

Están claras las intenciones. Esa doctrina la desarrollan desde la década de los 90 del pasado siglo. Empuñando las «armas no letales», los robocops pasan a ser las legiones romanas de este nuevo imperio. Dos lecciones pueden ponerse sobre el tapete, a la larga, el supuestamente inocuo armamento se hará acompañar por aquellas que matan, y los romanos cayeron a pesar de su enorme poderío.

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