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Todos los hierros contra Siria

A la par de una feroz campaña mediática contra el Gobierno de Bashar al-Assad, los servicios secretos occidentales financian a bandas armadas y a una oposición apátrida que pide la intervención extranjera

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Estados Unidos, Francia, sus socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y los regímenes de Qatar y Arabia Saudita, apuestan todo por derrocar al presidente sirio Bashar al-Assad, o dirigir a la nación mesoriental hacia el punto de no retorno: una guerra civil, que si bien podría poner a arder a toda la región (Siria es una nación compacta, unida y cuenta con un ejército más poderoso que el de Libia y bastante caldeado en la guerra), también sería la inflexión que acabaría por decidir a los buitres a atacar.

En su estrategia por llevar a que sean los países del patio quienes pidan una intervención, como hicieron en el caso libio, las grandes potencias le dieron el visto bueno a una misión de observadores de la Liga Árabe. Estaban conscientes de que el organismo les favorecería con el informe acusatorio que aún no ha podido lograr el Consejo de Seguridad de la ONU, gracias a la oposición de Rusia y China, que abogan por una mirada más integral del asunto y pujan porque los otros miembros de la máxima instancia internacional reconozcan la existencia de bandas armadas que intentan desestabilizar el país.

Hasta el momento, ese reporte no ha sido posible, aunque tampoco han criticado las acciones de grupos terroristas financiados desde el exterior. Por eso algunos funcionarios de la Liga Árabe, como el primer ministro y canciller qatarí, jeque Hamad bin Jassin al-Thani, siguen brindando declaraciones que sirven a los grandes consorcios mediáticos para alimentar sus campañas difamatorias. Francia y Estados Unidos desestiman el trabajo de los observadores y los declaran «incompetentes» para desempeñar su trabajo; así intentan, con la ayuda de Qatar, llevar el asunto a la ONU, donde su secretario general, fiel defensor de la guerra contra Libia, deberá someterlo al Consejo de Seguridad.

Ello también explica por qué el Parlamento Árabe, uno de los primeros en pedir el despliegue de veedores y la adopción de sanciones económicas contra Siria, ha exigido la retirada de los observadores, quienes deben permanecer en el país hasta el 19 de enero.

Lo mismo ha hecho el opositor Ejército Libre Sirio (ELS) —y Turquía—, que pide sea la ONU quien se encargue del asunto.

A la par, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos solo se obstina en presentar las acusaciones del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, cuyos responsables se escudan en el anonimato y radican en Londres.

Lo cierto es que la misión de observadores no ha podido demostrar la existencia de esa «cruel represión» a las manifestaciones como propalan los grandes medios al servicio de la OTAN. En cambio, sí tuvieron que reconocer la existencia de grupos armados después que Damasco lleva meses mostrando al mundo evidencias de los intentos de desestabilización, y del tráfico de armas por las fronteras, muy porosas, con Turquía, Iraq y Líbano.

Demasiado entre bambalinas

Aunque la OTAN no se cansa de decir que una intervención «humanitaria» al estilo de Libia no está entre sus planes para Siria, es mucho el fuego que azuza secretamente para generar una guerra civil. Para ello ha instalado un centro de comando y control en Hatay, provincia del sur de Turquía, donde los militares británicos y los servicios de inteligencia franceses están entrenando al Ejército Libre Sirio, responsable de la muerte de muchos civiles y agentes de la seguridad siria, y que amenaza con emprender una guerra de guerrillas.

No es casual que los mayores enfrentamientos armados se reporten en Homs, a unos pasos del Líbano; Daraa, fronteriza con Jordania; e Idleb, cerca de Turquía.

Según medios británicos, la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la experimentada maquinaria desestabilizadora de Estados Unidos, así como los agentes del MI6 británico y el servicio de inteligencia secreto israelí Mossad, están entre los artífices y promotores de los planes y los sucios métodos utilizados por las bandas terroristas con el objetivo de fragmentar la unidad nacional y la armonía entre los diferentes grupos étnicos y comunidades religiosas, una de las fortalezas del Estado laico sirio.

En esta tarea, desempeña un papel fundamental el embajador estadounidense en Siria, Robert S. Ford, a quien se le adjudica la responsabilidad de reclutar a terroristas árabes y de Al-Qaeda para crear escuadrones de la muerte, como hizo en Iraq, cuando era la mano derecha de John D. Negroponte. Su nombramiento como jefe de la misión diplomática de Washington en Damasco justo a inicios de 2011, cuando comenzaban las revueltas populares en Egipto, no fue casual.

Tampoco lo fueron las seis semanas que pasó en Washington, luego que el Departamento de Estado lo mandara a buscar después de ser atacado con huevos y tomates por seguidores del Gobierno sirio, cuando visitaba la casa de uno de los opositores. El mismo Departamento de Estado dejó bien claro que Ford regresaba a Siria para «continuar el trabajo que hacía antes». Y ese mismo día, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se reunía con un grupo de sirios de la oposición que viven en el exilio y quieren acabar con el Gobierno de Al Assad.

El periodista estadounidense Webster Tarpley explica desde Siria que los escuadrones de la muerte y el terrorismo ciego al que se enfrenta a diario la población de ese país son típicos de las acciones encubiertas de sabotaje y desestabilización utilizados por la CIA.

Según diversos medios árabes, el Grupo Islámico Combatiente en Libia, una organización radical y uno de los peones de la guerra de la OTAN contra Muammar al-Gaddafi, ha infiltrado en Siria hasta 1 500 de sus hombres para apoyar la insurgencia contra Bashar al-Assad. Otros reportes de prensa han referido la presencia de Abdelhakim Belhaj —compañero de armas de Osama bin Laden y responsable de la seguridad militar de Trípoli— en la frontera turco-siria.

Recientemente, el portal digital israelí DEBKAFile reveló que el emirato petrolero de Qatar financia y arma una fuerza extremista de intervención, con base en Turquía, para introducirla en Siria con la idea de derrocar al Gobierno, lo cual ratifica una vez más las versiones de Damasco sobre la infiltración de grupos armados, a veces abortada por la guardia fronteriza siria.

Hasta el momento Qatar ha contratado unos 2 500 mercenarios, entre ellos mil miembros del Grupo de Combate Islámico de Libia, conocida como la Al-Qaeda de la nación norteafricana, y otros mil agentes de la Ansar al-Sunna, los islamistas iraquíes que llevaron a cabo hace unas semanas, 15 atentados con bomba coordinados en Bagdad matando a 72 personas e hiriendo a 200.

Al frente de este comando, que opera en una base de la ciudad turca de Antioquia, se encuentra Abdelhakim Belhaj, cuyo grupo aparece, paradójicamente, en la lista de organizaciones terroristas de Washington. Otro de los cabecillas es Mahdi al-Hatari, quien dirigió el grupo armado que atacó el hotel Rixos, donde se alojaba la prensa internacional durante la guerra en Libia, y posteriormente, una vez tomada Trípoli, se convirtió en el número dos del Consejo Militar de esa ciudad. El «uno» era Belhaj.

El diseño de intervención contempla que estos grupos realicen misiones en las provincias sirias de Idlib y Homs, donde son feroces los enfrentamientos entre las fuerzas sirias y los opositores armados.

Todo esto ante las propias narices de los militares turcos y sus servicios de inteligencia, sin que interfieran, en consonancia con la posición del Gobierno de Ankara, que en sus aspiraciones de ingresar a la Unión Europea como miembro de la OTAN, le ha hecho el juego a Occidente en la región, primero en la agresión imperialista a Libia, y ahora en la desestabilización de Siria.

También el gobierno interino de Libia, peón de la OTAN, participa en la conspiración internacional contra Siria.

Cuando Belhaj intentaba salir de la nación norteafricana con un pasaporte falso, fue capturado por una milicia rival, y solo lo salvó de la cárcel o la muerte, una carta del presidente del ilegítimo gabinete solicitando que dejaran al connotado terrorista continuar viaje. Según The Daily Telegraph, las nuevas autoridades libias han ofrecido dinero y armas a la insurgencia contra Al-Assad.

No pararán

Estados Unidos y sus aliados europeos y del Medio Oriente tienen aún mucho que orquestar contra el Gobierno sirio. Tratarán de obstaculizar por todos los medios el proceso de cambios democráticos que trata de impulsar para satisfacer las demandas populares. Para ello también se apoyarán en una parte de la oposición, minoritaria y dirigida desde el exterior, conectada con intereses occidentales, que pide la intervención extranjera.

Además de recrudecer la campaña mediática difamatoria y seguir financiando grupos paramilitares, podrían apostar más a la guerra económica, con el objetivo de virar a la población, sobre todo a la clase media, contra Al-Assad. Por eso necesitan que la Liga Árabe dé el aval como hizo con Libia.

Aunque la misión de observadores no ha lanzado ese resultado favorable, no es descartable un giro en ese sentido, pues hay que tener en cuenta que se encuentran bajo una constante presión por parte de EE.UU., Francia, Arabia Saudita, Qatar, Turquía, así como de la prensa internacional.

Al respecto, no se puede desconocer que la Liga Árabe, integrada por 22 Estados, está en las manos de las seis monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo, falderos de Washington. Por eso las declaraciones del canciller qatarí Hamad bin Bassin al-Thani amenazando con pasar el caso al Consejo de Seguridad, pues el informe provisional presentado hace poco ante el Consejo Ministerial del organismo panárabe, no reconoce a las autoridades de Damasco como las victimarias.

A fin de cuentas, lo que persigue Occidente es barrer del mapa de la región un gobierno nacionalista que se opone a las estrategias de Washington y su aliado sionista en el Medio Oriente. Así, el camino hacia Irán, otra de las grandes preocupaciones de la Casa Blanca, sería mucho menos agreste.

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