De regreso en un beso

Con la complicidad de La Colmenita, Adriana Pérez tuvo un 14 de febrero más dulce. Gerardo, como siempre, se las arregló para sorprenderla. Estuvo en la parada en que se conocieron y le susurró sus recuerdos en la voz de las abejas de Tin Cremata. Ella le regaló la certeza de haber querido aquel primer beso

Autor:

Nyliam Vázquez García

¿Quién puede dudar de que el primer pensamiento de Gerardo este 14 de febrero fuera para Adriana? Uno se imagina las rejas de siempre, los carceleros de turno y un hombre sonriente a pesar de todo. Un hombre amante y amado, un hombre que no para de inventar para que ella sonría, de soñar el siguiente Día de los Enamorados, libre, en sus brazos.

Quizá por eso él, Gerardo Hernández Nordelo, le regaló a su Adriana sus recuerdos del día en que se conocieron, las ternuras de las jornadas de conquista y enamoramiento. Lo que no sabía Adriana era que, si bien este amanecer sería tal vez muy parecido a los de los últimos 13 años de su vida, su mañana estaría colmada de miel y de la dulzura de ese hombre, quien aun en prisión estaba pendiente de todo.

Los muchachos de la compañía de teatro La Colmenita, con Tin Cremata guiando la faena, se reunieron bien temprano donde estuviera la parada de la ruta 32, en plena Rampa habanera. Sería una sorpresa para Adriana.

Y allí, en medio del ruido ensordecedor de guaguas (que ya no son ni la 32 ni la 132, sino los muchos P), con gente de un lado a otro desandando la avenida y junto a algunos curiosos detenidos ante la asombrosa escena, los niños le contaron otra vez a la muchacha de siempre aquella historia que él escribiera: su propia historia de amor. Ellos hicieron venir las miradas furtivas, la complicidad de las amigas, los poemas, las rosas tomadas de las casas de las vecinas, el primer beso…

Adriana es una mujer fuerte, con las fibras tensadas para no flaquear, pero como René González nos enseñara que solo entre amigos se puede llorar, no pudo evitar una instantánea fuga de lágrimas. Después volvió a sonreír y dio la razón a su amado: «Es cierto que yo recuerdo muchos más detalles que él».

Compartió algunos con los niños, con Tin, con los familiares del resto de los Cinco que también estaban allí para arroparla.

Junto a su mejor amiga, Noelvys, quien era parte del complot colmenero, ella confesó que ciertamente en lo primero que se fijó de Gerardo fue en sus manos. «Claro, porque con ellas se aguantaba en la guagua, justo cuando se paraba frente a mi asiento», recordó.

Como si fuera inevitable, Adriana volvió al beso, a ese primer beso que dice Gerardo «…la ayudó a decidirse». Quizá volvió al azul marino, quizá volvió a ver dibujado en el horizonte aquel barquito. Sus palabras descubrieron la añoranza, pero sobre todo la certeza cimentada en años de historia común, a pesar del encierro y de no poder visitarlo: «Yo no me resistí a ese beso porque yo también lo quería».

Y en aquel instante de hace más de dos décadas ellos comenzaron a soñar el futuro. Lo siguen haciendo por más que los verdugos intenten lo contrario. Este 14 de febrero, cuando los carceleros hicieron sus cuentas, todos parecían estar en su lugar. No podían siquiera imaginar que ese al que en Victorville llaman «Cuba», estuvo ausente buena parte de la mañana, seguro el día entero. Volvió, en forma de panal, a endulzar los labios de su amada.

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