La milenaria Gran Muralla China

Recorrerla es adentrarse en una maravillosa historia llena de aventuras, guerras, conflictos, sacrificios y muerte

 

Autor:

Hedelberto López Blanch

Visitar la Gran Muralla China es conocer sobre una milenaria historia llena de aventuras, guerras, conflictos, sacrificios y muerte. Su sinuosa y elevada estructura se ha convertido en Patrimonio de la Humanidad y en una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.

Esta majestuosa obra tiene fama de ser el mayor cementerio del mundo: se afirma que durante su construcción fallecieron cerca de diez millones de personas —debido al duro trabajo, la mala alimentación y las inclemencias del tiempo— que fueron sepultadas en las inmediaciones de los muros.

A solo media hora en ómnibus del centro de Beijing, se halla el paso Juyong, adonde llegamos un día en que la tarde languidecía y el frío calaba los huesos.

Junto a otros periodistas cubanos iniciamos la subida a su empinada cumbre por un camino de duras piedras, gastadas por el paso de millones de seres humanos.

El paso Juyong o Paso del Norte fue construido con el objetivo de resguardar a la ciudad. En esta parte, sus dimensiones son de 7,8 metros de altura por cinco metros de ancho.

La Muralla fue construida y reconstruida entre los siglos V antes de nuestra era (a.n.e.) y el siglo XVI de nuestra era (d.n.e.) para proteger la frontera norte del imperio chino de los ataques de los nómadas xiongnu y hutus procedentes de Mongolia y Manchuria.

La Muralla, con sus caminos sinuosos, empinados o bajos, a través de montañas y llanos, tiene una extensión de 8 851,8 kilómetros y va desde la frontera con la República Popular Democrática de Corea, al borde del río Yalu, hasta el desierto de Gobi, haciendo un arco que delinea casi el límite sur de Mongolia interior.

El privilegio de iniciar esa obra majestuosa le correspondió al emperador Qin Shi Huang cuando conquistó todos los estados que se le oponían, unificó China y fundó la dinastía Qin. Después de los ataques por el norte de las tribus nómadas xiongnu, que fueron derrotadas, Qin ordenó construir un muro más allá del río Amarillo para proteger los nuevos territorios ocupados.

Los materiales usados fueron principalmente los conocidos en tiempos de las diversas dinastías, los cuales se extraían de los alrededores de la obra.

Por ejemplo, durante los Estados de Qin (siglo V a.n.e.) y los de Wei, Yan y Zhao (siglo IV a.n.e.), se utilizaron piedras y capas de tierra de pocos centímetros que se embalaban unas encima de otras, y las juntas de madera se sacaban para dejar la pared de tierra. La consistencia de esos muros ha resistido el paso de los siglos. En esos tiempos, cada uno de los Estados existentes erigió diversas murallas para resguardar sus territorios.

A lo largo de las amuralladas paredes se construyeron fuertes que disponían de sistemas de señales de luces y de humo, para avisar en caso de ataques y permitir que el ejército llegara rápidamente con refuerzos.

Los historiadores indican que la colosal obra de Qin, quien murió en 210 a.n.e., alcanzó 10 000 li (la medida china de esa época), o sea, unos 5 760 km. Durante la dinastía del emperador Han Gaozu, iniciada en 202 a.n.e., se abandonó el mantenimiento de las murallas, tras un confuso «acuerdo de paz» con los xiongnu, que habían tomado fuerza.

Años después, en 129 a.n.e., el emperador Han Wudi lanzó varias ofensivas contra los xiongnu y restauró y conectó porciones de la Muralla de la dinastía Qin. En 119 a.n.e., al ser derrotados y expulsados los xiongnu hacia el desierto de Gobi, en Mongolia, se construyó una nueva sección de 400 kilómetros del muro que aún se conserva.

La dinastía Han la continuaron otros emperadores como Geng Shi Di o Guang Wudi, quienes también construyeron algunos muros de defensa. Al final de la dinastía Han, por el año 220 d.n.e., China se dividió en tres reinos separados por fronteras, y decayó entonces el mantenimiento y restauración de la Muralla.

Del período de Los Tres Reinos, en 220, hasta finales de la dinastía Yuan en 1300, solo se realizaron pequeñas construcciones. Pero con la llegada de la dinastía Ming, hacia 1440, se retoma la construcción de muros y fortalezas para mantener alejadas de la capital a las tribus nómadas, sobre todo procedentes de Mongolia. Esas fortificaciones fueron hechas con materiales más fuertes y mejor terminadas, como la de Juyong.

La Gran Muralla pasa por diversas provincias, municipalidades y regiones: Gansu, Hebei, Henan, Hubei, Hunan, Jilin, Liaoning, Mongolia Interior, Ningxia, Beijing, Quinghai, Shaanxi, Shandong, Shanxi, Sinchuan, Tianjin y Xinjiang.

Debido al paso del tiempo, la calidad de los materiales utilizados, la lejanía de algunas de sus partes y el bajo mantenimiento, se asegura que en la actualidad solo queda en pie un 30 por ciento del muro original. El Gobierno chino ha reparado algunos tramos y hace esfuerzos por mantener los lugares más importantes.

La Gran Muralla impacta al visitante y lo hace viajar imaginariamente por una de las primeras épocas de la civilización, rememorar hechos y leyendas, sacrificios y misterios y, sobre todo, adentrarse en la antigua sabiduría de los pueblos de China, que tantos inventos y conocimientos han aportado a la humanidad.

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