Desaparecer hasta el pensamiento

Ese fue el propósito de la dictadura militar instaurada en Argentina en 1976 con la sustracción de bebitos, y su cambio de identidad. Así se ha demostrado en la vista oral de más de un año, en un juicio próximo a terminar

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Se han turnado para que siempre ellos, los nietos recuperados, estuvieran presentes en el juicio, acompañando a sus abuelas. Alrededor de una veintena ha tenido la valentía de ir al estrado a declarar en un proceso judicial cuya vista pública empezó en febrero del año pasado, y solo después de la semana próxima estará listo para escuchar el alegato del fiscal.

Ahora, en el breve receso por Semana Santa que se abre después del testimonio final, hace cuatro días, de la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Barnes de Carlotto, es difícil imaginar cómo se sentirían ellos, teniendo delante, en el banquillo, a algunos de los principales responsables del crimen atroz que los convirtió en hijos adoptivos, muchas veces, de los asesinos de sus padres, y en principales víctimas de secuestro y cambio de identidad. Pero no las únicas.

Fueron víctimas también sus mamás, aquellas jóvenes acusadas de subversivas que la dictadura militar instaurada en 1976 secuestró, en más o menos avanzada gestación, y llevó a parir a las «maternidades» clandestinas de los centros de detención ilegal, a partir de lo cual ellas también engrosarían la lista de los más de 30 000 desaparecidos que dejó el régimen en Argentina. Algunas alcanzaron a ponerles un nombre que los secuestradores no registrarían jamás, y después suplantarían. Las más afortunadas pudieron, al menos, amamantarlos alguna vez. Otras no disfrutaron el dulce placer de sentirlos junto a su pecho, nunca.

Pero es víctima toda una sociedad porque la dictadura quiso hacer desaparecer a una generación y —lo que es aún más terrible—, a su descendencia, criándola bajo los postulados derechistas y reaccionarios de los asesinos que robaron a los pequeños, a quienes alejarían para siempre de su verdadera raíz filial. Se trataba de imponerles una ideología para cambiar al país.

Como ha expuesto durante el juicio el equipo de abogados que representa a las Abuelas… los militares impulsaban «la politización de la sociedad y buscaban modificar el statu quo. Fue en la ejecución de esa infame tarea que las Fuerzas Armadas abordaron el “problema” de los hijos de aquellos a quienes desaparecían. Y, muy tempranamente, tomaron la decisión de que esos niños no fueran devueltos a sus familias». Era «un plan general de exterminio de militantes políticos».

Auxiliadas por abogados y activistas de defensa de los derechos humanos que las han acompañado en sus esfuerzos de indagación —al principio sin ningún conocimiento o recurso— durante tres décadas las Abuelas… han recopilado las pruebas presentadas para demostrar que el secuestro y la apropiación ilegal de bebés fue una práctica sistemática entronizada como parte de la política de terrorismo de Estado impuesta por la dictadura.

No perseguía el presumible fin «noble» de dotar de prole a las familias apegadas al régimen militar que no pudieran tener descendencia. El propósito era borrar de la faz de Argentina hasta el pensamiento de los jóvenes padres torturados y asesinados en las mazmorras; o lanzados, atados, al río de La Plata, o al mar.

Ese ha sido el leit motiv de un juicio histórico, en el que comparecen como acusados ocho ex represores vinculados directamente a la apropiación de bebitos o que, por su jerarquía, ha quedado claro que estaban al tanto y son responsables. Los más connotados, Jorge Rafael Videla, dictador entre 1976 y 1981, para quien los abogados piden 50 años de prisión, y Reynaldo Bignone, jefe máximo del centro de concentración de Campo de Mayo, para quien reclaman 15, junto al ex jefe de la Armada, Oscar Franco.

El secuestro de los niños, como la desaparición forzada, es un crimen que no prescribe y estará vigente en Argentina mientras no se logre esclarecer el paradero del total de 500 bebitos que, se presume, nacieron en aquellos campos de muerte. Hasta ahora, 105 han sido identificados y recuperaron su verdadera identidad.

Una política, un sistema

Los hilos que se han podido ir juntando desde que, hace 15 años, Estela Barnes de Carlotto presentó la causa ante la justicia, y expuestos ahora en la vista oral del proceso, han permitido conformar el tejido que explica cómo se desenvolvió todo.

Así, ha quedado establecido, por ejemplo, que la sustracción sistemática de bebitos formó parte del plan de desapariciones, y que ello se realizaba mediante un mecanismo engrasado donde los militares no dejaron cabos sueltos.

Había militares médicos para «atender» a las parturientas, que eran llevadas a sitios específicos para los alumbramientos, y estaba indicado que no se registrarían los nacimientos, para que no quedara constancia de nada.

Aunque también hubo partos en otras dependencias, los lugares improvisados para eso estaban ubicados en la tenebrosa Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), que dirigía el criminal Emilio Massera. Con ironía, los militares denominaban a aquel salón «la pequeña Sardá», en alusión, probablemente, a alguna prestigiosa clínica.

El otro, en la sala de Epidemiología de  Campo de Mayo.

Sin embargo, también hubo partos en el lugar conocido como Pozo de Banfield, y pasaron embarazadas por el centro de detención de Automotores Orletti, en pleno centro de Buenos Aires: un lugar dedicado, principalmente, a los secuestrados procedentes de otros países en virtud de las redes transnacionales tendidas por la Operación Cóndor.

Por ello estuvieron en Orletti la maestra Sara Méndez, una uruguaya que había salido de su país huyendo de la represión, y apresada en la capital argentina durante un operativo realizado por militares uruguayos que dirigía el mayor Gavazzo. Cuando Sara fue llevada al taller-prisión ya le habían quitado a su Simón, de escasos meses, a quien recuperaría muchos años después. Otros niños también fueron secuestrados en operativos, cuando ya contaban meses o pocos años de nacidos.

Y en dirección inversa, también estuvo en las celdas de Orletti la argentina María Claudia García Iruretagoyena, la esposa de Marcelo, el hijo de Juan Gelman. La joven sería trasladada desde allí a Montevideo, donde alumbró, en otra prisión clandestina, a la pequeña Macarena, quien luego de los denodados esfuerzos de su abuelo escritor y poeta, pudo recuperar su identidad y también compareció ante los magistrados…

El plan tenía igualmente instrumentada la forma en que los pequeños serían dotados de una nueva identidad y una nueva familia, que no podía ser cualquiera, habida cuenta de la razón ideológica que estaba detrás.

La «apropiadora» de un joven recuperado ha contado que, al momento de la adopción, fue citada a un regimiento militar. Le explicaron que quien se quedara con el niño —se trataba del menor Alejandro Sandoval— «tenía que ser de la fuerza (militar) o amigo de la fuerza. Tenías que tener casa propia, ser católico…».

Según se ha conocido también, una organización nombrada Movimiento Familiar Cristiano, ligado a la Iglesia, estaba vinculado a las apropiaciones y se ocupaba del «blanqueo».

La prueba más fehaciente de que tomaban a la criatura para convertirla en otro ser y desarraigarla totalmente de los suyos, es que se apropiaron solo de los bebitos cuyas madres iban a ser asesinadas.

A mi mamá la torturaban mientras yo nacía

Constan en los expedientes documentos, memorandos secretos, cartas y declaraciones obtenidas en otras causas judiciales, hojas clínicas y testimonios de mujeres sobrevivientes de las cárceles clandestinas de exterminio, a algunas de las cuales les fue dado poder ayudar en los partos a sus compañeras, como a Sara Solarz de Osatinsky, quien asistió en la «maternidad» del centro de reclusión de la ESMA a unas 15 compañeras, y declaró como testigo.

«Es una cosa terrible lo que pasó con las embarazadas (…). Recuerdo las caras de cada una de ellas, los gestos, lo que hacían en la pieza; las esperanzas, las desesperanzas que podían tener de lo que iba a pasar con sus hijos y con ellas mismas».

También figuran los alegatos de los propios jóvenes que hasta ayer eran secuestrados en familias ajenas, y quienes narraron lo que han podido conocer a partir de las confesiones hechas a ellos por sus madres adoptivas: algunas eran esposas de militares que no siempre estuvieron al tanto de los sucesos.

Igual han servido los recuerdos de algunas presas que recobraron la libertad, y al paso de los años contaron a los nietos recuperados.

Así, Leonardo Fosati conoce que llegó al mundo el 12 de marzo de 1977 en la cocina de una comisaría, donde estaba su mamá, atada de pies y de manos. «Las personas que la tenían secuestrada la insultaban y la torturaban mientras yo nacía».

Para no pocos ha sido difícil

Ezequiel Rochistein Tauro, hijo de dos militantes de Montoneros, es uno de los más recientes nietos recuperados. Había sido invitado a hacerse las pruebas de ADN desde septiembre de 2010, ante la presunción de que había sido un niño robado. Pero pasaron algunos meses para que accediera, pues temía por lo que le ocurriera a la mujer que lo crió. «Para mí es “mi vieja”», afirma.

Por fin se reconoció y declaró en el juicio. Para entonces, ya él mismo era padre.

«Hubo un click; después de tener un hijo uno se da cuenta y se pregunta qué hubiese hecho en esa misma situación». Cuando le preguntaron qué significó para él saber quién era, afirmó: «Fue como sacarme varias mochilas de arriba. Es complicado (…) Lo estoy procesando. Pero la verdad que fue liberador».

Cerca de 400 de ellos todavía viven en una situación que Barnes de Carlotto califica de «prisioneros». Para cuando no estén, previsoras, las Abuelas… primero dejaron congeladas muestras de su sangre; ahora existe un banco con un mapa genético completo de cada familia. Así, cuando un ciudadano argentino dude en el futuro de su identidad, podrá comprobar si es nieto o nieta de alguna de ellas. Aunque ya no puedan abrazarlos, sus abuelas se sentirán felices donde quiera que estén.

Fuente consultada:

-Diario Página 12.- Notas de seguimiento del juicio por las colegas Alejandra Dandar y Victoria Ginzberg.

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