Jeques desesperados

Las monarquías del Golfo Pérsico son alérgicas a los cambios democráticos y a la gran influencia de Irán en la región. Por eso Arabia Saudita pretende tragarse la soberanía de Bahrein, primer paso de un ambicioso proyecto anexionista que cuenta con el apoyo tácito de Washington

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

La familia Al-Saud no puede dormir tranquila. Teme que las revueltas populares que se han desencadenado en el Medio Oriente lleguen a sus predios y le arranquen sus privilegios de señoría feudal. Estos movimientos, que acabaron con dictadores como el tunecino Ben Alí y el egipcio Hosni Mubarak, y que fueron secuestrados por Occidente (con Estados Unidos, Francia y Reino Unido a la cabeza) para promover violentamente el cambio de régimen en Libia (lo hacen ahora en Siria), toca a las puertas del monarca saudita.

Si hoy sus súbditos no han reaccionado de manera intempestiva y arrasadora ha sido gracias al aparato represivo de la conservadora cúpula dirigente, pertrechado hasta los dientes con armamento estadounidense, que logró aplacar las manifestaciones reportadas hace un año en el este del país, donde reside una minoría chiita discriminada.

No obstante, la inquietud y el descontento popular no se extinguieron: se calientan lentamente en reuniones políticas clandestinas. Aquellas descubiertas fueron apagadas a golpe de represión. Pocas se conocen, porque allí los medios de comunicación internacionales sufren muchas restricciones para operar, sin contar que a algunos no les interesa reflejar esa realidad.

Ante la compleja situación regional e interna, la monarquía de Riad (capital de Arabia Saudita) busca desesperadamente artilugios que le permitan salvarse o mantenerse al menos por unos cuantos años más en el poder. Una de esas estrategias es apresurar la anexión de Bahrein en principio, para luego continuar con la unión del resto de los países del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico (CCG): Emiratos Árabes Unidos (EAU), Qatar, Omán y Kuwait. El tema fue discutido recientemente en la XIV cumbre consultiva de los jefes de Estado de ese grupo, celebrada en Riad.

El proyecto de diseño presentado en el encuentro tiene sus raíces en la cumbre del CCG de diciembre de 2011, cuando el rey de Arabia Saudita, Abdulah Bin Abdelaziz, exhortó al resto de los miembros a pasar de un esquema de cooperación a una unión más profunda que les confiera poder en la región y otros ámbitos internacionales. En este sentido, una de las pretensiones sauditas no publicitadas es fortalecer el bloque ante la influencia de la República Islámica de Irán en la región.

Sin embargo, la propuesta de Riad tropezó con no pocos escollos. Al parecer Qatar y Omán no quieren arriesgar sus relaciones cordiales con Teherán, por lo que a lo sumo aspirarían a una unión solo económica y comercial, y no en materia de defensa, como sueña Arabia Saudita. Asimismo, ensombrece el panorama un conflicto fronterizo entre EAU y Riad. Kuwait se mostró más reservada. Y en todos los casos debe preo-cupar el hambre expansionista de la casa de Al-Saud. Solo a Bahrein le complació la oferta de tener autonomía política interna mientras Riad se encargaría de sus asuntos militares. Todo esto sin tan siquiera consultar a la mayoría chiita bahrení (70 por ciento), que ya salió a las calles para protestar contra el plan anexionista.

¿Resultados concretos? Ninguno. Según explicó el ministro saudita de Relaciones Exteriores, príncipe Saud Al-Faisal, en una rueda de prensa conjunta con el secretario general del CCG, Abdullatif bin Rashid Al-Zayani, la propuesta de formar una confederación entre Riad y Manama (capital de Bahrein), se mantiene en estudio y será discutida nuevamente en diciembre. Los trascendidos dicen que hubo intenciones de impulsar un acuerdo de seguridad entre todos los miembros, y destacaron el quinquenio de gracia para promover proyectos en Jordania y Marruecos antes de un eventual ingreso de estos países al CCG.

Las manifestaciones de hostilidad a los Gobiernos sirio e iraní también tuvieron su espacio en la agenda del encuentro. El proceso de reformas que impulsa Damasco para satisfacer las demandas democráticas internas constituye un incentivo para muchos movimientos árabes que procuran reformas similares. Por eso, los países del Golfo financian a las bandas armadas que operan contra Bashar Al-Assad, y presionan por una salida militar a esa crisis. Temen que el polvorín democrático cobre fuerza en sus predios, donde sobran las razones para acabar con los tiempos de dictadores, reyes, sultanes y monarcas.

Con el pretendido derrocamiento de Al-Assad, golpearían a Irán, verdadero objetivo de Arabia Saudita, que ha puesto su espacio aéreo a disposición de Israel para que ataque el programa nuclear persa.

El escenario, marcado por el giro de Iraq a favor de Irán, luego de la salida de las tropas norteamericanas, hace el contexto más especial para estas naciones recelosas de la influencia de Teherán en el gobierno de coalición a través de los partidos chiitas, principalmente en el del primer ministro Al-Maliki.

A solo un paso

A Bahrein y Arabia Saudita solo los separa Rey Fahd, una carretera elevada de 25 kilómetros, por la que es frecuente el tráfico de personas y mercancías. Por eso, la Casa de Al-Saud teme que las protestas, que desde febrero de 2011 se suceden en Manama, brinquen a la zona oriental de su reino (la más rica en petróleo en el país mayor productor de crudo en el mundo), donde reside una minoría chiita, marginada de la participación política y el disfrute de sus grandes riquezas.

La chispa democrática también podría prender en Kuwait, cuya frontera está muy cercana a ciudades sauditas donde ha habido manifestaciones.

La ausencia de libertades políticas, el fastuoso enriquecimiento de estrechos círculos políticos con fuertes lazos familiares y religiosos a costa de las enormes riquezas petroleras y de gas, la insaciable corrupción, el desempleo en la abrumadora juventud, la ausencia de espacios democráticos… constituyen un mal común en estos países.

A la represión llevada a cabo en Bahrein por las fuerzas de Sheikh Salman bin Hamad bin Isa Al-Khalifa se sumó un bloque de 1 500 efectivos militares (mil de Arabia Saudita y 500 de EAU). Una verdadera intervención extranjera a petición de Manama. Aún están allí.

La derruida plaza de la Perla, en la capital, símbolo de la protesta democrática, y la lista de muertos, son símbolos de las barbaridades que hicieron y pueden hacer estos personajes autoritarios para acabar con las demandas de los pueblos árabes.

Esos soldados pertenecen a una fuerza de defensa del Golfo, creada en la década de los 80, con el objetivo declarado de socorrer a cualquiera de los miembros del CCG si fuera agredido por una fuerza extranjera.

En el caso de Bahrein, estas condiciones no estaban dadas; sin embargo, para Arabia Saudita, la voz de mando de ese Consejo bastante reaccionario (impulsor de la agresión occidental a Libia), lo que sucede en el archipiélago vecino representa una amenaza para la paz de la región, y por tanto acudió a dicho acuerdo.

Complicidad más allá del Golfo

Todo esto ocurrió y ocurre con la venia de Estados Unidos, que tiene instalada en la base naval Yuffair, de Bahrein, su V Flota, encargada de realizar operaciones en el Golfo Pérsico, Golfo de Omán, Mar de Arabia, así como en partes del Océano Indico y el Mar Rojo. Esta fuerza naval apoya todas las operaciones del Comando Central de EE.UU., encargado de la región desde el Cuerno de África hasta el Asia Central.

Además, la aviación norteamericana emplea la base aérea Sheij Isa, en la zona desértica al sur del país.

Debido a su importancia geoestratégica para Estados Unidos, Bahrein fue designada en marzo de 2002 como un aliado prioritario no miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La telaraña de bases militares y otras instalaciones empleadas por el Pentágono se extiende por el resto del Golfo, las que además han hecho millonarias compras en armamentos norteamericanos. Para estos regímenes ha sido vital armarse hasta los dientes debido, entre otros factores, a las rivalidades en la región y a su aferramiento al poder a pesar del descontento interno.

El interés de Estados Unidos en la región se remonta a la primera mitad del siglo XX. En 1943, el presidente Franklin D. Roosevelt consideró que la defensa de Arabia Saudita era vital para la defensa de EE.UU. Otros inquilinos de la Casa Blanca como Truman, Eisenhower y Nixon se manifestaron en esa misma línea. Y la prueba más contundente de esa estrategia vino en 1979 con la doctrina Carter, según la cual EE.UU. estaba dispuesto a utilizar la fuerza militar para defender sus intereses nacionales (hidrocarburos) en el Golfo Pérsico.

Así ha sido hasta el día de hoy. Cada presidente norteamericano ha cumplido al pie de la letra esta política. Por eso se quedan callados ante los desmanes de las petrodictaduras del Golfo. Utilizaron todas sus armas contra Libia, al tiempo que eran pasivos espectadores de la represión del pueblo de Bahrein.

No es casual que las tropas de Arabia Saudita y Kuwait hayan cruzado el puente Rey Fahd para salvar a Al-Khalifa, apenas 72 horas después de que el entonces secretario de Defensa, Robert Gates, estuviera en Bahrein. Estados Unidos solo se limitó a pedir moderación. ¡Moderación para reprimir y asesinar!

Así anda el juego entre aliados. Los césares del Golfo harán lo que sea para perpetuarse en el poder. Hacia ese objetivo apunta la deseada confederación de monarquías, que se debatirá nuevamente a fines de año. Esta estrategia les permitirá además secuestrar con mayor eficacia los movimientos populares de la región para evitar que pongan en peligro su supervivencia. Y Estados Unidos no se bajará de ese tren.

El enemigo común es la democracia.

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