La oposición venezolana marchó este domingo contra un proyecto, no por un candidato

Tras dirigirse al público con un discurso insulso, e incapaz de desarrollar una idea propia o esbozar alguna pauta de gobierno, el candidato de la ultraderecha formalizó su inscripción ante el Consejo Nacional Electoral para los comicios presidenciales del 7 de octubre

Autor:

René Tamayo León

CARACAS.— Por un lado anduvo la multitudinaria y bien organizada marcha que los partidos y movimientos políticos de la oposición —con sus diversos matices— fueron capaces de articular hoy para cortejar la formalización de la candidatura ante el Consejo Nacional Electoral (CNE) del postulante derechista Henrique Capriles Radonski. Por otro, el «discurso» de actor secundario de Hollywood (con su día de suerte, pero malogrado por una pésima actuación), que este les ofreció.

Antes de oficializar su candidatura, el delfín de la ultraderecha local e internacional se dirigió al público con una alocución insulsa. Fue incapaz de desarrollar una idea o esbozar alguna pauta de gobierno.

Cara y cruz de la moneda. Evidencia del dilema insalvable de quienes adversan a la Revolución Bolivariana. La contravienen, pero carecen de una figura capaz de encabezarlos en sus objetivos defenestradores. Dilema shakesperiano: querer ser, pero no tener con quién.

Sin camino, ni caminante

Capriles Radonski se levantó con la candidatura de la llamada Mesa de la Unidad Democrática —un conglomerado de partidos opositores— en las votaciones primarias de esta, en febrero último. Entonces concursaron cinco aspirantes.

Él logro más de un millón de votos de los tres millones que dicen se depositaron en las urnas. Pero cualquiera de los otros cuatro, si hubieran tenido su fortuna, hubiesen corrido idéntico destino.

La oposición venezolana carece de líderes. No hay un nombre capaz de enfrentar a Chávez. Aunque, seamos exactos, en el fondo, de lo que se trata es del enfrentamiento de dos modelos.

Uno, el viejo esquema capitalista neoliberal; otro, un proyecto social inclusivo y original que ha relanzado al país y aglutinado a las inmensas mayorías populares tanto en lo económico, lo político, como en lo social.

Pero también es cierto que varios millones de venezolanos, de las clases altas, medias —altas y bajas—, burócratas y lumpen, no están a favor del programa bolivariano.

No importa que este sea, aún con sus defectos —que los tiene—, la mejor oportunidad histórica que ha logrado este país para asegurar el crecimiento material y espiritual de la nación, algo en lo que todos salen ganando.

Los que adversan a la Revolución

No es pequeño el grupo que no quiere saber nada del chavismo. Entre los mayores de 18 años de edad con derecho al voto, se habla de un quórum antibolivariano sólido (o sea, que no varía sus preferencias) de más o menos cuatro millones de personas (el padrón electoral nacional supera los 18 millones).

Es número a tomar en cuenta. Y en el «juego de la democracia burguesa», se esperaba que tuviera mejores voces, mejores partidos, mejores líderes... El propio Chávez lo dice y remacha: la Revolución necesita de una oposición buena, en el sentido de talentosa, original, coherente, con programa propio y viable.

No la tiene. ¿Por qué? Evidentemente, es un problema estructural.

En Venezuela las aguas están muy bien definidas. Se trata de capitalismo o socialismo. Este último existe. Es el bolivariano: único, irrepetible, con referencias teóricas generales;   pero con un hacer y una doctrina histórica propios.

El otro no: en Venezuela no hay una verdadera clase capitalista: original, autóctona —como la brasileña o la argentina.

Lo que aquí hay es una oligarquía parásita que hizo sus millones y levantó sus torres a costa de la renta petrolera: de la riqueza natural de la nación, que es patrimonio de todos.

Y no estoy defendiendo ni al capitalismo y mucho menos a los capitalistas. Nunca debe olvidarse que detrás de cada fortuna, hay mucha sangre y sudor de los pueblos, de las mayorías excluidas. Lo que trato de decir es que la burguesía venezolana y quienes sueñan con serlo, carecen de una matriz propia.

Todo lo suyo es importado. De ahí que está inhabilitada para enfrentar con valía a Chávez y mucho menos al proyecto bolivariano. Capriles Radonski no es un error. Es una resultante.

Capriladas vistas y fracasos por venir

Convocados por la oposición para cortejar la postulación a las elecciones presidenciales de Henrique Capriles Radonski ante el CNE, los miles de personas de toda Venezuela que se concentraron este domingo en Caracas para expresar su oposición al chavismo, marcharon contra un proyecto, no por un candidato.

Y no pocos de quienes caminaron por él, cuando refresquen la jornada, de seguro pensarán dos veces volver a repetirla.

Ni siquiera la televisora privada y «órgano oficial» de la oposición —Globovisión—, que transmitió desde casi el amanecer y hasta el final, la marcha, el «discurso» y el acto de postulación, pudo reseñar una idea brillante, o al menos coherente, de la «arenga» que Capriles dio a los miles de concentrados en la Plaza Caracas y las zonas aledañas.

Es costumbre en el lenguaje televisivo moderno resumir las ideas fundamentales de oradores, entrevistados y demás presentaciones, tanto durante la transmisión como al final.

Bueno, pues los productores y especialistas de Globovisión —y ellos tienen expertos de primera línea en el área de la comunicación— apenas pudieron resumir tres o cuatro «grandes frases» del candidato:

—«Cómo te quiero, Venezuela».

—«Los tiempos de Dios son perfectos».

—«Yo no soy enemigo de nadie».

Y ya. Se acabó. En realidad el hombre dijo y redijo lo mismo, con dos o tres «ideas» más que no merecen mayor espacio.

Capriles se las puso dura a los periodistas y los expertos en manejo de opinión pública —algunos excelentes, repito— de Globovisión.

Al final, alguien —brillante, sin dudas— construyó una frase salvadora: Se trató de «un discurso dirigido al plano de la emotividad»...

El colega que —imagino tras mucho devaneo de sesos— pudo encontrar esa salida, se esforzó sin dudas. Pero, amigo, con mi respeto, lo que Capriles Radonski dijo a sus acompañantes al acto de postulación no fue capaz de estremecer ni al más triste, solitario y mal querido pétalo de una rosa.

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