Las pifias de la intrusiva TSA

Los estrictos controles de seguridad en los aeropuertos estadounidenses en busca de terroristas y demás, parecen un fastidioso teatro para mantener el temor que facilita al imperio sus políticas bélicas

Autor:

Juana Carrasco Martín

Una de las entidades más polémicas y criticadas, desde el punto de vista del irrespeto a la privacidad y los derechos civiles en Estados Unidos, es la TSA, las siglas que cobijan a la Administración de Seguridad en Transportación, creada bajo el régimen Bush-Cheney al amparo de la selectiva «guerra contra el terrorismo», esa que lanzaron con especial ímpetu y a los cuatro vientos tras el fatídico 11/9.

Y se trata de la forma burocrática, intrusiva y hasta insólita, con que aplica las órdenes de revisar a cada uno de los pasajeros que aborden una nave aérea, desde o hacia Estados Unidos —porque obligó también al resto del mundo a emplear medidas similares—. Todo en prevención de cualquier atentado, y de paso evitar la entrada de narcóticos u otros hechos delictivos.

En el día a día, la TSA comete torpezas a diestra y siniestra que la ponen en la picota pública, cuando actúa como un elefante en una cristalería. Y si no provoca molestias, disgustos, rechazos y hasta denuncias judiciales, cuando menos se convierte en el súmun de la ridiculez, pero que también va acompañada del malestar de las víctimas y hasta del susto o la angustia.

Los casos de la ineficiencia de la TSA sobran en el informe que dio a conocer hace unas semanas la oficina de inspección de su rector, el Departamento de Seguridad de la Patria (DHS), y algunos ejemplos sirven para comprobar las frecuentes fallas de un cuerpo que cuenta con 50 000 agentes, distribuidos por cada aeropuerto de EE.UU.

Según ese documento, en seis terminales aéreas chequeadas no siempre toman acciones o documentan aquellas dispuestas para corregir cualquier brecha de vulnerabilidad, e incluso no tienen procesos que identifiquen las fisuras y las reporten.

El «teatro de seguridad»

El sitio web Reason.com citaba a Bruce Schneier, un experto en seguridad, quien afirma que lo que hace la TSA para mantener a los viajeros a salvo de los terroristas es un opresivo «teatro de seguridad».

Resulta que los sofisticados equipos para el escaneo y revisión de cargas y pasajeros, cuyos multimillonarios costos salieron de los bolsillos de los contribuyentes, no son usados con eficiencia o han disminuido su poder de detección porque estuvieron almacenados demasiado tiempo antes de ser instalados, o porque no los utilizan como deben.

Se dan cifras: el 85 por ciento de unos 5 700 dispositivos estuvieron en depósitos por más de seis meses; 35 por ciento por más de un año; e incluso piezas guardadas por más de seis años, lo que es igual al 60 por ciento de su vida útil. TSA tiene en almacén 1 462 detectores de explosivos, cuyo costo es de 30 000 dólares cada uno, y de ellos 492 están guardados desde hace más de un año. Por supuesto, cuando vayan a ser instalados es probable que no rindan lo suficiente.

Pero el «teatro» puede también dar dividendos, y basta con ver lo publicado por el Daily Mail y el Wall Street Journal en marzo pasado.

De acuerdo con esos diarios, a pesar de las medidas de seguridad —que son estrictas para la gran mayoría de los pasajeros—, la TSA ofrece ya la posibilidad, en dos empresas aéreas y nueve aeropuertos, del exclusivo Prechequeo, donde los viajeros utilizan una senda para abordar en la que pueden mantenerse con los zapatos puestos, y también sus cintos y abrigos, además de dejar sus laptops y líquidos en los bolsos de mano.

Por supuesto, se evitan también el escaneo de cuerpo completo; pero tiene su precio: cien dólares.

En la zona rápida de Prechequeo califican viajeros frecuentes, a invitación de las líneas aéreas y bajo el criterio de la TSA, aunque deben tener una entrevista con un oficial de aduana. Por supuesto, incluye a quienes están aprobados en el programa Entrada Global de la Aduana y Protección de Fronteras de EE.UU. Se trata de los viajeros VIP, los privilegiados que no son irritados por los extremistas chequeos de seguridad estadounidenses.

Actualmente hay Prechequeo en las terminales aéreas de Dallas-Fort Worth, New York Kennedy, Los Ángeles, Miami, Atlanta, Detroit, Salt Lake City, Las Vegas y Minneapolis-St. Paul, pero ya se planifica en 35 aeropuertos y seis líneas aéreas, según publicó el Wall Street Journal.

Para otros, humillaciones y temores

El Mail Online, también en marzo pasado, daba a conocer el caso contrario, una familia que volaba desde el aeropuerto O’Hare, de Chicago, hacia el mundo mágico y de ensueño para cualquier niño, el Disney World de Orlando, en la Florida. Pero la excursión comenzó con una pesadilla para un pequeño de tres años, confinado a una silla de ruedas porque se había fracturado un pie; un mal sueño que compartió con su padre, cuando le fueron «lavadas» las manos y bajo la camisa en busca de… residuos explosivos.

El niño, simplemente se aterrorizó, tembló de miedo, y le pidió a sus padres que lo tomaran de la mano. El padre, además de las protestas, filmó el trato abusivo y lo colgó en YouTube.

¿Caso único?, claro que no. El Mail Online hacía una pequeña lista de algunas de las más evidentes humillaciones, torpezas y maltratos cometidos por los agentes TSA: las dos abuelas de más de 80 años sometidas a un cacheo, desnudas, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, el pasado enero… En octubre, un inspector encontró un vibrador en el equipaje de la abogada y bloguera feminista Jill Filipovic y le dejó una nota en la planilla de inspección: «Ten tu locura muchacha»…

También el año pasado el rapero de Indiana, Freddie Gibbs, volaba a Denver con dos grandes bolsas de marihuana en su maleta, y en lugar de confiscarlo, el agente de inspección dejó su nota: «Ese es nuestro hijo»… En el aeropuerto Charlotte Douglas, fue humillada Cathy Bossi, una sobreviviente de cáncer de mama, cuando los oficiales TSA le ordenaron mostrar su prótesis de seno para chequearla.

El caso insulina

Y si algunos de estos casos insólitos pueden ser tema para un sainete, otros califican en el drama.

En Salt Lake City, según un reportaje de Fox Nation, los agentes TSA le destruyeron a la jovencita Savannah Barry, una diabética de caso extremo que usa un sifón de insulina las 24 horas del día, el recipiente del medicamento cuyo costo es de 10 000 dólares y que es su garantía de vida. No valió para nada que les dijera que no podía pasar un escáner corporal cuando utiliza el dispositivo; los funcionarios tampoco se rindieron ante la advertencia por escrito del médico de la jovencita, de que el aparato era altamente sensible y no podía ser pasado por el escáner.

Simplemente le dijeron que tenía que ser escaneada y le aseguraron que no corría riesgo alguno, y el recipiente explotó…

La información no especificaba qué tipo de máquina de escaneo utilizaron en ese caso, y es bueno conocer que hay dos tipos: el backscatter, que usa radiación y representa un riesgo para la salud de los pasajeros sometidos a ese chequeo completo del cuerpo, y el escáner de onda milimétrica.

En noviembre pasado, la Unión Europea prohibió el uso del backscatter, porque potencialmente puede causar cáncer en algunas personas; sin embargo, no son pocas las terminales aéreas donde se emplea, como es el caso de los aeropuertos internacionales de Fort Lauderdale-Hollywood y Orlando, ambos en la Florida.

Según el diario Sun Sentinel, algunos expertos médicos consideran que la radiación ionizada de esas unidades presentan riesgo para mujeres genéticamente predispuestas a cáncer de mama y para personas de más de 65 años, y entre los especialistas que así piensan está el doctor Edward Dauer, jefe de radiología del Centro Médico de Florida, en Fort Lauderdale, quien considera incluso que la radiación cósmica que infiltra una nave en vuelo y que puede ser absorbida por todo el cuerpo humano es menos peligrosa que la radiación ionizada de los escáneres.

Hay un total de 700 escáneres de cuerpo en 180 aeropuertos estadounidenses, y de ellos 245 son máquinas backscatter.

Otro tema de queja estriba en que los escáneres capturan imágenes desnudas…

Sin embargo, John Pistole —el apellido es pura coincidencia—, administrador de TSA, asegura que su agencia ha llevado a cabo «intensa investigación, análisis y pruebas independientes» que llegan a la conclusión de que los módulos no son un peligro para los pasajeros. Y saca sus propias cuentas: una persona —dice— puede recibir 5 000 escaneos cada año y no sobrepasará el límite previsible por el Instituto Nacional estadounidense de estándares.

Con este pistoletazo, el señor Pistole echa a un lado los criterios de especialistas y científicos.

Conclusión: de nuevo a la carga

Con suficientes elementos para dejar a un lado tan costoso, ineficiente y molesto engranaje, la Administración de Seguridad en el Transporte y sus métodos podrían ser sometidos a revisión y finalmente desechados como medida de protección y seguridad contra el terrorismo, pero la conclusión es otra bien distinta.

No importa cuánto riesgo para la salud representen, y lo costosos que son para tan pocos resultados prácticos en la detección de criminales, ya la TSA ha decidido comprar más de esos dispositivos, incluidos el controversial escáner radiactivo, por tanto se elevará más aún el billón de dólares que desde el 11 de septiembre se han gastado en la «seguridad de la patria».

Es un gran negocio seguir exagerando el peligro, reeditando a diario el «teatro de seguridad», amedrentar y volver paranoico a su propio pueblo, y amenazar a diestra y siniestra al resto del mundo, en especial a quienes acusan de ser «enemigos» y «Estados terroristas».

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