El latido de un corazón - Internacionales

El latido de un corazón

Autor:

Nyliam Vázquez García

Quizá los pequeños no puedan explicar a ciencia cierta de dónde viene esa energía que los recorre. Sostienen la imagen con firmeza y miran a un punto indeterminado. Tal vez intuyan el momento crucial. Allí están sus mayores. Podría ser mero acto de imitación, pero no. En sus rostros hay toda la sinceridad que muchos no pueden entender.

No tienen que hablar el idioma del hombre de la foto o vivir en el país que hace largas filas para llegar a la capilla ardiente y solo dejar un rezo, una promesa, una lágrima, y seguir. No tienen que saber todo lo hecho en los últimos 14 años por Hugo Chávez en su país, la región, por otros. Conocen lo suficiente como para sentir apretado el pecho y tener ganas de llorar. Dicen que ha muerto un hombre bueno y eso basta.

Por estos días ningún punto del planeta queda lejos de Caracas. En Ramala, dos niños sostienen las fotos del Comandante bolivariano, se eleva un tributo, queda una huella de amor trasparentada en sus miradas infantiles.

El Chávez de la boina roja y el uniforme militar, el Chávez con la kufiyya palestina blanca y negra y puño en alto en señal de lucha perenne, el de las canciones, el hombre ante el que no cabía la indiferencia se convierte, sencillamente, en una necesidad.

Los niños de algún modo se crecen con el símbolo que sostienen. El hombre supera la contundencia de la muerte, se multiplica y recorre a sus anchas los sitios más insospechados de la geografía mundial. No está donde creen quienes festejaron la noticia fatal. Solo se hizo millones.

Desde Nepal o Filipinas hasta Belarús, Argentina, La Habana o el Bronx neoyorquino, Chávez se eleva. Cuánto hizo por aquellos que no entran en ninguna lista de prioridades, «los ninguneados» de Galeano, esos que lo lloran con más fuerza... Sería suficiente para quedarse vivo para siempre. Está vivo.

La seriedad de los niños sobrecoge, y la luz de sus ojos ilumina el alma. El dolor por fin deja exhalar un suspiro de alivio y la certeza de la presencia lo inunda todo. Entonces, solo entonces, el puchero de la niña argentina, la lágrima de la anciana bielorusa, el sollozo encendido de la jovencita en La Habana y tantas y tantas muestras sinceras de conmoción ante la pérdida se transmutan en un acompasado latido de corazón. Hasta se puede tocar. Habrá que ser buenos para completar el tributo, habrá que seguir para regar la luz de todas las miradas infantiles merecedoras de ese futuro en construcción por el hombre que estos niños palestinos llevan cerquita del pecho, el hombre que late, que habrá de tatuarse en el alma, el hombre que está vivo.

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