Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Estados Unidos, incapaz de apretar a los sionistas

La administración Bibi III, minada de colonos, se niega, una vez más, a buscar la paz con los palestinos

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Habitualmente, si un funcionario de alto rango estadounidense visita el Oriente Medio con el principal objetivo de tomarle la temperatura al conflicto israelo-palestino, decide primero pasar por Tel Aviv antes que por Ramalah. Esta vez no fue así. John F. Kerry, el secretario de Estado norteamericano se reunió primero con Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), antes que con el primer ministro sionista Benjamin Netanyahu.

Resalta más este dato curioso cuando no se sabe, oficialmente, el contenido de lo conversado por el jefe de la diplomacia de Washington con estos dos políticos. ¿Es un gesto a los palestinos, después de la poca importancia que les concedió el jefe de la Casa Blanca, Barack Obama, en su reciente visita? ¿O Washington cree necesario obtener más concesiones por parte de Abbas que de su pivote sionista?

Ante los micrófonos, Kerry se ha limitado a mostrar optimismo, calificando de «muy constructivas» sus conversaciones con Abbas y Netanyahu, aunque aseguró que la reanudación del diálogo no sería inmediato. Advirtió que el presidente Barack Obama no le envió a la región con un plan de paz. Y realmente debe creerse su esperanza, como hicieron anteriores diplomáticos estadounidenses, que pretendieron pasar a los anales de la historia universal como el arquitecto de la paz entre israelíes y palestinos.

Apeló a que sus gestiones permanezcan en la sombra para evitar el fracaso, y dijo que esta semana develaría detalles de su estancia en el Oriente Medio.

Pero ahora, como en otros momentos, el tema sigue siendo bastante espinoso ante la negativa de Israel a una solución justa al conflicto, y a crear un clima de confianza como base para las negociaciones que pretende impulsar Kerry.

Abbas quiere que Netanyahu acuda a la mesa de negociaciones con un mapa con la propuesta de Israel sobre los límites que tendría el Estado palestino, y que excarcele a una parte de los 4 800 palestinos prisioneros en las mazmorras sionistas.

Pero Kerry no pudo asegurarle nada de esto a Abbas, al menos que haya trascendido públicamente. Solo se limitó a asegurarle que podría arrancarle a Netanyahu algunas «concesiones» como una retirada de parte de los terrenos bajo el control militar y de los colonos sionistas en Cisjordania, y la liberación de los fondos fiscales que Israel retiene a la ANP desde que Naciones Unidas la reconoció como Estado en noviembre pasado. Además, le trasladó el compromiso de Washington y Tel Aviv de que no se implementaría nuevamente ese castigo.

En cambio, le pidió al presidente palestino su compromiso de no emprender en organismos internacionales lo que la Casa Blanca y Tel Aviv denominan «medidas unilaterales», durante un período de al menos ocho semanas. Con este pedido, Kerry quiere asegurarse que la ANP no dé pasos como el de noviembre pasado, cuando los palestinos solicitaron, con éxito, el ingreso como Estado observador no miembro de la Asamblea General de Naciones Unidas. Kerry quiere evitar que los representantes palestinos acudan ante la Corte Penal Internacional para denunciar los crímenes contra la humanidad cometidos por Israel durante más de cuarenta años de colonización.

En resumen, nada referido a las líneas rojas marcadas por los palestinos: la detención de la construcción de asentamientos ilegales y la conformación de un mapa de lo que serían los dos estados: Palestina e Israel. Kerry exige más a los palestinos que a los socios de la Casa Blanca.

Al parecer, según algunos medios, el jefe de la diplomacia norteamericana estaría intentando resucitar la Iniciativa de Paz Árabe, propuesta por Arabia Saudita y respaldada por la Liga Árabe, que ofrece a Israel una normalización de las relaciones con el mundo árabe a cambio de establecer un Estado palestino con capital en Jerusalén Oriental, la retirada de las tropas sionistas de la tierra ocupada desde 1967, incluyendo los Altos del Golán (Siria), y una solución justa a la situación de los refugiados palestinos.

Paralelamente a los movimientos de Kerry, los estados árabes se reunieron en Doha, Qatar, para abordar la iniciativa, propuesta en 2002 por Arabia Saudita. Al encuentro también asistió Abbas.

Pero, ya en una ocasión Israel se negó a negociar bajo estos términos. Por eso, el secretario de Estado norteamericano podría estar explorando la posibilidad de modificar los términos de la iniciativa, de manera que Tel Aviv la considera «aceptable». Para ello, presionaría a la Liga Árabe a reformular el plan.

La presentación del proyecto de lo que serían los dos Estados, algo en otro momento pidió el líder palestino Yasser Arafat, sería una señal de que Israel no miente respecto a sus intenciones de diálogo.

El zorro en el gallinero

El gobierno israelí rechaza sentarse a negociar con un mapa del Estado palestino, y a hacer cualquier «concesión» para atraer a la ANP al diálogo.

Era de esperarse. Algunos de los puestos más importantes de la administración Bibi III lo ocupan colonos o políticos que simpatizan con los asentamientos en Cisjordania, declarados ilegales por la ONU y violatorios del Derecho Internacional.

El viceministro de Relaciones Exteriores, Zeev Elkin, dice no entender por qué su Gobierno tiene que cumplir con las exigencias de los palestinos.

Habayit Hayehudi (Hogar Judío), partido que representa los intereses de los colonos, controla tres ministerios, entre ellos el de Construcción y Vivienda, que financia e implementa la política de expansión de los asentamientos. Su titular, Uri Ariel, un colono, dijo antes de la reciente visita de Obama a Israel, que proseguirá la construcción de asentamientos de acuerdo con la política del Gobierno y en la misma magnitud.

«Construiremos en Judea y Samaria —así llaman los judíos a la parte de Cisjordania controlada por los gendarmes sionistas—  más o menos como se ha hecho hasta ahora. No veo motivos para cambiarlo», aseguró.

Para el nuevo ministro de Vivienda, número dos de Casa Judía, solo puede haber un Estado entre el Jordán y el Mediterráneo: Israel. Los palestinos deberán conformarse con una «autonomía».

Hogar Judío exige la inmediata anexión del Área C, un territorio bajo el control de los ocupantes que constituye el 60 por ciento de Cisjordania.

En la misma cuerda baila el ultraderechista Avigdor Lieberman, quien aseguró que su partido (Israel Beitenu) se opondrá «categóricamente» a cualquier moratoria en la colonización.

Lieberman quiere, además, expulsar a los árabes israelíes que tilda de desleales al Estado israelí.

Al frente de la cartera de Defensa, que se encarga de dar la última aprobación sobre los asentamientos u ordena el desmantelamiento de aquellos que el Gobierno no autoriza, se encuentra el halcón Moshe Yaalon, del partido derechista Likud.

Cuando a finales de 2009 Netanyahu ordenó una congelación de los asentamientos en Cisjordania durante diez meses, Yaalon manifestó su desacuerdo: «Creo que los judíos tienen el derecho de vivir donde quieran, para siempre, en la tierra de Israel». Así dijo, belicosamente, asumiendo que los territorios robados a los palestinos pertenecen por naturaleza a los sionistas.

También tuvo palabras para el presidente estadounidense Barack Obama, quien había presionado a Netanyahu a tomar esa decisión: «A mí no me asustan los americanos. Hay asuntos en los que deberíamos decir basta».

Yaalon, antiguo jefe del Estado Mayor, defiende una política bastante dura y agresiva contra los palestinos, a quienes tildó en una ocasión como «amenaza cancerígena». En 2002 ordenó el asesinato del jefe militar del movimiento de resistencia islámica Hamas, Salah Shehadeh, en un bombardeo en el que murieron otros 14 civiles —principalmente niños—, y 150 resultaron heridas, la mayoría con lesiones graves y secuelas permanentes. Tres años después se opuso a la retirada de Israel de la Franja de Gaza.

Con este linaje, y la mano suave de Estados Unidos y la Unión Europea, Israel seguirá jugando a querer buscar la paz, como lo ha hecho en más de 20 años de negociaciones infructuosas.

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