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Seducción y reconquista

No hay dudas. Washington ha vuelto a calzarse los guantes de seda. El mundo ya no es el mismo

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Impedir o al menos obstaculizar la configuración de un nuevo liderazgo radicalmente revolucionario en América Latina y el Caribe y, si fuera, posible, fraccionar la integración. Ese es el propósito de Estados Unidos hoy en la región.

Sin la presencia del líder más activo y carismático de los procesos liberadores y unitarios que tienen lugar en ella, puede que Washington haya creído que es este el momento de hacer retroceder las manecillas del reloj.

Así, no pocos analistas advierten que la proa de la nueva carabela de reconquista está enfilada, primero, hacia Venezuela. El desconocimiento de la administración Obama del triunfo electoral de Nicolás Maduro fue una agresión «diplomática» contra el estrenado ejecutivo de Caracas, si bien el reciente encuentro, en el escenario de la OEA, entre el secretario norteamericano de Estado, John Kerry, y el canciller bolivariano Elías Jaua, pareciera limar asperezas.

No hay dudas. Washington ha vuelto a calzarse los guantes de seda. El mundo ya no es el mismo.

Acaso se han escuchado a destiempo las voces reaccionarias que reclamaban a W. Bush una política «más activa» hacia esta parte del hemisferio —como también se le ha pedido a Obama—, y los reproches por centrarse demasiado en el Medio Oriente, y desatender «el fondo» de la casa.

Sin embargo, no todos pensamos que EE.UU. ha tenido a la región «olvidada».

Recordemos su respaldo al gorilazo que defenestró el proceso de participación ciudadana abierto por Manuel Zelaya en Honduras —un país que ya se había sumado al ALBA—, y al golpe «express» con que el Parlamento paraguayo se sacó de en medio a Fernando Lugo: ambos zarpazos fueron dirigidos a desalentar los cambios y la integración, y ese propósito tiene un principal beneficiario.

Hoy todo indica que el quehacer norteamericano seguirá marcado por sutilezas al estilo de la bochornosa democión de Lugo pero con propósitos igualmente retorcidos, en una dinámica que EE.UU. reactiva blandiendo la zanahoria y, del otro lado, con el concurso de la derecha continental y extra hemisférica, sin innovación ni mucho ruido.

Listas espurias para demonizar y castigar a las naciones desobedientes, subversión bajo el manto supuestamente benefactor de la Usaid y la DEA, y tratados comerciales que fomentan el proteccionismo y no reconocen las asimetrías siguen constituyendo la realidad de esos nexos. Ni de igual a igual, ni de tú a tú, como reclama con justeza la mayoría en un continente que ya no depende de las dádivas del Norte, no solo porque ha potenciado las relaciones Sur-Sur sino porque, además, ha empezado a diversificar sus relaciones de comercio. China y Rusia ya no son países «lejanos» para Latinoamérica y el Caribe, y la India parece que también se acerca.

Distintos elementos forman parte de la nueva cruzada, identificada por no pocos políticos y académicos como una contraofensiva dirigida a cercenar la unidad de la región… Pero, a no dudarlo, con lenguaje y maneras que se atemperan, sin alguna concesión.

Veamos, si no, el reconocimiento por Kerry, en la cita de la OEA en Guatemala, acerca de la «responsabilidad compartida» que demanda la lucha contra el narcotráfico —tema del encuentro ministerial— sin que, a la postre, se adoptaran compromisos que asuman la parloteada pero aún desconocida necesidad de que se dé un enfoque integral al problema.

Mas, quizá el ejemplo más fehaciente sea la todavía fresca gira por Colombia, Trinidad-Tobago y Brasil del vicepresidente Joseph Biden, quien se mostró pródigo en lisonjas para una región que «está en su mejor momento» —dijo— y a la que hacía menos de un mes había viajado el mismísimo presidente Obama con visitas a México y Costa Rica.

En Colombia, Biden halagó los «sorprendentes progresos en materia de seguridad»; a los países de la Comunidad del Caribe (Caricom) les aseguró que EE.UU. «está profundamente comprometido en mantener una sociedad» con todas sus naciones, y les lanzó el señuelo de un Acuerdo Marco sobre Comercio e Inversión finalmente firmado que, se dice, busca ampliar el «intercambio mutuo» en educación, seguridad y desarrollo de energía renovable.

Sobre su estancia en Brasil adelantaba sin tapujos el interés en discutir «nuestra cooperación energética», pues «hay mucho más que podemos hacer juntos…»

¿Biden vino a ofrecer, o a buscar?

Otros pasos acariciados por la administración estadounidense también deben ser vistos con reserva, como el deseo —comunicado por Biden al presidente Santos durante su visita a Colombia— de incorporarse a la denominada Alianza del Pacífico, integrada por esa nación andina, México, Chile y Perú.

En favor de la unidad en la diversidad que marca hoy a logros unitarios como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), la formación de otro mecanismo subregional de comercio, aun marcado por el signo neoliberal, no sería cuestionable, siempre que no lastre los convenios conjuntos del conglomerado, ni los dañe.

Pero la entrada de Washington podría resultar una puerta abierta para la injerencia y el dominio de los que Latinoamérica y el Caribe ya se sacudieron. Ojo, pues, que suena dulce lo que se promete... pero no es miel lo que se cata.

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