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Alicia en las maravillas de Recoleta

La historia y la riqueza arquitectónica se dan la mano en el Cementerio de Recoleta, segundo en importancia de la capital de Argentina, cuyas similitudes con la Necropólis de Colón, en La Habana, no podemos obviar

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

BUENOS AIRES, Argentina.— «Muchas maravillas arquitectónicas tenemos en este cementerio y un gran número de personalidades descansan aquí, pero, sin dudas, la bóveda familiar donde yace Eva Duarte de Perón es la más visitada y a la que nunca le faltan flores. La veremos después, en el transcurso de nuestro recorrido, en el que en una hora lograré que se enamoren de este lugar, aunque tengan que conocerlo desde la distancia».

Tal preámbulo lo hace, convencida, Alicia, la señora que nos acompaña, quien hace nueve años cuenta historias de criptas, tumbas, muertes súbitas y cultos impensables a la muerte en el Cementerio de Recoleta, primero de carácter público de la capital porteña.

En la huerta del antiguo convento de los frailes de la Orden de los recoletos descalzos se decidió crear este cementerio, en 1822, por mandato del entonces Gobernador de la provincia de Buenos Aires y su ministro de Gobierno.

Muchas familias de gran prestigio y poder reposan en este lugar, explica Alicia, pues durante la década de los 70 del siglo XIX, cuando la fiebre amarilla azotó la ciudad, miembros de la clase alta abandonaron los barrios de San Telmo y Montserrat y se mudaron acá, a la parte norte.

De las 4 780 bóvedas, 80 han sido declaradas Monumento Nacional, añadió Alicia. Confluyen diversos estilos arquitectónicos en las obras de mármol blanco de Carrara, y colosales son las estatuas que se yerguen sobre ellas, otorgándoles majestuosidad a todo lo que aquí vemos.

La necrópolis está organizada en manzanas, con amplias avenidas con árboles, que dan a callejones laterales donde se alinean los mausoleos. «Desde aquí, desde el centro, donde pueden ver la escultura de Cristo realizada por Pedro Zonza Briano en 1914, iniciamos nuestra marcha. Este es un espacio mágico, aunque en la actualidad no se le rinda culto a la muerte. Son pocos los que visitan este lugar, pues se prefiere incinerar y guardar o esparcir las cenizas», dice Alicia.

Mágica también es la Necrópolis de Colón, y así lo comenté, pues es la segunda en importancia mundial, solo precedida por la de Staglieno, en la ciudad italiana de Génova. Se debe no solo a su extensión, sino, y sobre todo, a la riqueza artística que puede apreciarse luego de cruzar la gigantesca portada de estilo bizantino que nos recibe.

De Colón me han hablado, comenta Alicia, mas no lo conozco. «Fíjense en la entrada del Cementerio de Recoleta; es un pórtico formado por cuatro columnas de orden dórico griego sin base». Inscripciones en latín nos son descifradas. «Del lado de afuera, Requiescant in pace, que significa Descansen en paz, y del lado de adentro el mensaje es de los muertos a los vivos: Expectamus Dominum, que significa Esperamos al Señor».

Símbolos de la vida y la muerte inundan el cementerio, advierte Alicia mientras caminamos. Majestuosos panteones construidos con mármol de diferentes colores y procedencias, y tumbas discretas y sencillas coexisten aquí donde las manos enlazadas, los ángeles, los rostros bondadosos, las antorchas, las alas, los círculos, las pirámides, los obeliscos, las columnas, los epitafios ilustres y únicos no pueden pasar inadvertidos.

«Debemos aprender a interpretarlos y distinguirlos, pues algunos son similares a los que se utilizan en la masonería: husos, tijeras, cruces, alas, esferas, serpientes que se muerden la cola, búhos, abejas, relojes de agua, mantos sobre las urnas, antorchas hacia abajo o hacia arriba...».

Son 21 presidentes de la nación argentina los que reposan en Recoleta, entre ellos Carlos Pellegrini, quien fue fundador del Banco Nación de Argentina. Con esta y otras acciones sacó al país de una grave crisis económica en los dos años y dos meses que gobernó, por lo que le llamaban «el piloto de la tormenta».

Su tumba, que rinde homenaje a su influencia en el desarrollo de la ganadería y la agricultura argentinas, sirve de homenaje también a quien fundara y fuera el primer presidente del Jockey Club de Buenos Aires, pues su pasión por las competencias de caballos ha sido perpetuada a través de la existencia en esta disciplina del Gran Premio Carlos Pellegrini.

Cerca está Pedro Eugenio Aramburu, presidente de facto de la nación y responsable, junto a otros, de la salida del cadáver de Eva Duarte de Perón hacia Italia, donde permaneció sepultada bajo otro nombre durante unos años.

«Los diferentes tipos de leche que vemos en el mercado se deben, en cierta forma, a las investigaciones que hiciera Luis Federico R. Leloir en torno a la enfermedad de la galactosemia. Por ello fue galardonado con el Premio Nobel de Química en 1970. A él le debemos también, según nuestras versiones argentinas, la invención de la salsa golf, esa deliciosa mezcla de ketchup y mayonesa que nunca Leloir patentó y que sí lo hicieron después en Estados Unidos».

Domingo Faustino Sarmiento, presidente de la República de Argentina desde 1868 hasta 1874, también reposa en este lugar, indica Alicia. Él fue maestro de maestros, promotor de la educación pública en el país. «A su bóveda vienen muchos visitantes y aún hoy algunos proponen colocar sus tarjas conmemorativas en su homenaje».

Coexisten en este lugar los restos del presidente Bartolomé Mitre, y de José Clemente Paz y Roberto Noble, fundadores de los periódicos La Nación, La Prensa y Clarín, respectivamente. «Muy cerca está Riccheri, a quien le debemos la modernización y profesionalización del Ejército Argentino y la ley que estableció el Servicio Militar Obligatorio. Y más allá está la bóveda de Luis Vernet, primer comandante argentino de las Islas Malvinas».

De mitos y leyendas

En el Cementerio de Colón tenemos a la Milagrosa y su leyenda trasciende las fronteras de la capital cubana, le dije a Alicia. «Sí, hemos oído de ella por acá», asegura ella. «Si de leyendas se trata, la joven Rufina Cambaceres es nuestra Milagrosa. Murió el día en que cumplió 19 años, en 1902, y se tejió un mito en torno a su fallecimiento luego de que un tío visitara su tumba y dijera haber visto el féretro corrido, su rostro rasguñado y el hombro derecho en avance. Se creyó entonces que la enterraron con vida aún, pero son solo mitos».

La razón le asiste a Alicia, pues en ese entonces se hacían velatorios durante varios días y, además, se respetaba la ley de que a toda persona que se le señalara muerte súbita, su cadáver debía permanecer en una sala de observación del cementerio, con una campana amarrada en la mano, para que el guardia escuchara cualquier mínimo movimiento.

Supongo que la norteamericana Jeannette Ryder y su fiel perro Rinti, ajenos al olvido por ser «la Dama del perrito» en el Cementerio de Colón, tienen su similar en la estatua que apreciamos de Liliana Crociati y su can Sabú, bella mujer que falleció en 1970 por un alud de nieve que la sorprendió, dormida, en Europa.

Su padre, no con muchas virtudes literarias pero sí con un gran corazón, le dedica un poema 8, cuyos versos Alicia nos lee mientras tenues rayos de sol de este día invernal de julio nos rozan el rostro.

Y llegamos a la bóveda familiar donde descansa el cuerpo de Eva Duarte de Perón. «Tal vez no es como la imaginaron, no es una obra escultórica magnífica, sino sencilla, pues reposan en ella otros miembros de la familia Duarte».

Así decidieron que fuese y su cuerpo parafinado y no embalsamado yace aquí; si pudiéramos verla nos asombraríamos, pues parece viva. «No le falta ningún órgano a Eva, su cuerpo recibió inyecciones de parafina y alcohol,  por lo que su piel parece plastificada y lozana, tal como lo pensó el doctor Pedro Ara, encargado de preparar su cuerpo». Las placas doradas en los márgenes de su puerta y las fotos diarias reflejan el amor y el espíritu que inspiró e inspira esta mujer en Argentina y fuera de ella.

El día 26 de julio fue único. El Cementerio se inundó de fieles a la memoria de Evita, quien murió ese día del año 1952. ¡Cuánta coincidencia!, pensé yo. Una fecha de trascendencia histórica para Cuba y ahora aquí, en Buenos Aires, se entrelazan las emociones. No faltan las flores nunca, pero este día el panteón Duarte se repleta de colores y la multitud se aglomera frente a él.

¿Dónde quisiera ser enterrada usted?, le pregunté a Alicia. «En los años que llevo como guía de este lugar siempre he dicho que quiero que mis cenizas, y no mi cuerpo, las esparzan allá, donde está esa tumba con forma de asiento de reina. Yace allí Mariquita Sánchez, dueña de la casa en la que se cantó por primera vez el Himno Nacional argentino y símbolo del activismo político femenino de la Revolución. Con ella quiero descansar».

Y queda detrás de nosotros el Cementerio de Recoleta, con sus 54 843 metros cuadrados, sus monumentos y su historia. Se queda allí Alicia, esperando a otro grupo de visitantes que desee recorrer las maravillas de la historia, desde el arte y el silencio de sus muertos.

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