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La impopular decisión de Obama

El Congreso estadounidense debe reunirse la semana que se inicia para votar el plan de agresión contra Siria. Hasta el momento, el jefe de la Casa Blanca no ha descartado ignorar una negativa del legislativo

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

En los últimos días, desde que el presidente estadounidense, Barack Obama, anunció que atacaría a Siria pero que antes consultaría al Congreso, el mundo ha estado en vilo esperando la decisión de un legislativo que no debería legitimar la agresión «corta» y «limitada» que ha anunciado el Presidente. Una vez más, en total desprecio del Derecho Internacional, pisoteando la Carta de Naciones Unidas, y sin importarle siquiera el veredicto de los expertos en armas químicas del organismo internacional ni la opinión pública de la ciudadanía estadounidense —que no quiere otro Iraq, otro Afganistán, otra Libia…—, EE.UU. se apresta a agredir a una nación soberana que no lo atacó.

La Casa Blanca dice que tiene sus propias pruebas, y aunque se denuncia que son insustanciales y no sustentables, para los funcionarios estadounidenses son «más que suficientes». Con mentiras y distorsiones, Obama y sus secretarios de Estado y de Defensa, John F. Kerry y Chuck Hegel, quieren convencer a los legisladores renuentes a una nueva guerra, de la «necesidad» de agredir a Siria.

Para ello acuden a argumentos patrioteros que exaltan la arrogancia, la prepotencia y el espíritu de superioridad de un Imperio. Apelan a la seguridad nacional, y cualquiera podría preguntarse cómo es posible que los acontecimientos que ocurren en Siria y en el Oriente Medio pueden afectar la seguridad de la nación norteamericana. La respuesta: las fronteras de EE.UU. no acaban en el límite de su territorio nacional, llegan a cualquier rincón del mundo donde exista una transnacional estadounidense, una fuente de recursos naturales, o simplemente una embajada suya.

Otra de las explicaciones que brindan, la más importante en este contexto: si Washington no responde al presunto uso de armas químicas por el Gobierno de Siria —lo cual no ha sido probado—, estaría enviando un mensaje de debilidad a países incluidos en su lista de enemigos, como la República Islámica de Irán y la República Popular Democrática de Corea, por el tema nuclear.

Según la lógica de pensamiento de los expertos militares y asesores en política exterior estadounidenses, esas naciones podrían interpretar que la Casa Blanca no salta el umbral de las amenazas verbales, por lo que «los otros» podrían continuar con sus programas atómicos. Eso también se lo recuerdan terceras naciones, aliadas: Israel, el hijo consentido del Pentágono en el Medio Oriente, que quiere utilizar esta eventual guerra para arrastrar a Washington contra Teherán; y Corea del Sur, un satélite en Asia.

Ese es el dilema que se creó Obama cuando hace apenas un año dijo que el empleo de armas químicas por parte del Gobierno de Al-Assad sería la «línea roja» que Estados Unidos no toleraría, y por tanto la nación respondería con mayor contundencia: una intervención. Y ahora que ha aparecido el pretexto, es muy tarde para echarse atrás, y lo que está en peligro es el poder de intimidación, la credibilidad y la fortaleza de Washington. Por tanto, si el Congreso no apoya a Obama, estaría debilitando la autoridad de la superpotencia.

Estos argumentos pueden resultar convincentes, no solo para los legisladores, sino también para el ciudadano estadounidense común que conforma mayoría, y a quien el sistema le ha inoculado el virus de una invencibilidad que podría hacer crecer, al menos un poco, el apoyo a una guerra en la opinión pública nacional. Todo depende también del grado de convicción que mostrará Obama en su discurso del martes a la ciudadanía, y de las operaciones de los grupos terroristas fomentados por Occidente como punta de lanza contra Al-Assad.

Obama: ¿Arrepentido o buscando «legitimidad»?

¿Por qué Barack Obama, quien se mostraba tan decidido a atacar a Siria, ahora deja en manos del Congreso la decisión de una agresión?

Pudiera pensarse que el inquilino de la Casa Blanca quiere pensarlo dos veces, luego de que el Parlamento británico aprobó una moción que prohíbe al Gobierno conservador de David Cameron acompañar a Washington en una nueva campaña bélica, como ha hecho siempre, y después que otros en Europa se muestran más cautelosos y razonables sobre un ataque que podría derivar en una contienda regional, y hasta internacional. Luego de la votación de los legisladores británicos, EE.UU. se quedó sin el acompañamiento de Reino Unido, aliado incondicional desde la Segunda Guerra Mundial. Solo Francia está segura de conformar la coalición internacional de ataque.

En la reciente cumbre del G-20, celebrada el jueves y viernes en San Petersburgo, Obama no pudo aumentar la cifra de quienes le dan un apoyo explícito y claro.

Según filtraciones anónimas citadas por el diario estadounidense The New York Times, la marcha atrás del Parlamento británico pesó para que Obama decidiera consultar ahora al Congreso, y delegar en este responsabilidades en materia de seguridad nacional y política exterior que tradicionalmente han estado en manos del ejecutivo. El rotativo agrega que el Presidente teme que su eventual actuación en solitario pueda impulsar al Congreso a denegarle el apoyo que necesitará en el futuro.

Pero también el Nobel de la Paz, que irónicamente está a las puertas de su segunda guerra —Libia (marzo de 2011), la primera— pudiese andar buscando en el Congreso el apoyo que le falta en el exterior, o la «legalidad» y la «legitimidad» que no encuentra en el Consejo de Seguridad, donde Rusia y China, miembros permanentes con derecho al veto, continúan negándose a aceptar una resolución politizada que condene al Gobierno sirio por el presunto uso de armas químicas, y que dé luz verde a una intervención militar.

En el caso de Iraq, 2003, su predecesor, el republicano George W. Bush, no contó con el consenso del Consejo de Seguridad, pero sí con el Congreso; y en Libia, 2011, el demócrata Barack Obama no tuvo el apoyo del legislativo, pero sí una resolución en la alta instancia internacional que fue manipulada y utilizada para justificar la campaña de bombardeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) contra el régimen de Muammar al-Gaddafi. En ambos casos, además, la Casa Blanca fue acompañada por un gran séquito internacional cuyos miembros se comprometieron con dinero y equipos bélicos, y en el caso de Iraq, el respaldo incluyó hasta tropas.

El guiso congresista

Teniendo en cuenta la oposición manifiesta de muchos legisladores, no solo entre los republicanos sino incluso en la mismísima camada demócrata, muchos vaticinan que el Congreso no le dará su aval a Obama para implementar otra guerra. Además, en materia de política interna el legislativo no se la ha puesto nada fácil a este Presidente.

La publicación estadounidense Politico, que hizo un sondeo entre destacados ayudantes del Congreso, afirmaba el viernes: si la votación fuese hoy, Obama perdería.

El propio Presidente reconoció el viernes en una conferencia de prensa en San Petersburgo, en el marco de la Cumbre del G-20, que convencer al Congreso sería una tarea difícil, aunque advirtió que no renunciará a ello.

Un gráfico de seguimiento de posiciones que Politico ofrece sobre cada congresista, mostraba el jueves que en el Senado, 14 estaban en contra, 23 a favor, 53 indecisos, y había diez posibles votos negativos. En la Cámara de Representantes, 102 estaban contra la guerra, 24 a favor, 142 indecisos y 103 eran probables no.

Pero la oposición de los republicanos —partido que tiene mayoría en la Cámara de Representantes— a la idea de Obama, no tiene que ver con un convencimiento sincero de que Estados Unidos no debe agredir a Siria… Incluso muchos de los que se oponen a una guerra ahora, apoyaron en 2003 la contienda contra Iraq.

Tras esa postura, en verdad, están las intenciones de obstaculizar la gestión presidencial y de acabar con la carrera política del mandatario. Algunos miembros vinculados al Tea Party —grupo de extrema derecha— consideran que el ataque a Siria busca desviar la atención de escándalos como el fiasco del consulado de Benghazi (Libia), las actuaciones discriminatorias de la agencia fiscal, o los programas de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA).

Según The Washington Times, los republicanos han manifestado que la forma en que Obama manejó el ataque al consulado de Benghazi (septiembre de 2012), en el que murió el embajador de Washington y otros tres funcionarios de la diplomacia y la inteligencia estadounidenses, ha golpeado la credibilidad de Obama, y muchos se continúan preguntando qué falló en esa operación y por qué no se señalan a los responsables de esas deficiencias.

En tanto, otro elemento que parece preocupar a los legisladores y que de seguro planeará en los debates cuando el Congreso regrese de sus vacaciones este 9 de septiembre, es el alcance de la operación militar contra Siria, los costos, y si se atinaría a neutralizar a las fuerzas leales a Al-Assad, con la operación «limitada» que ha prometido Obama.

Por eso muchos como el republicano John McCain piden una acción más ambiciosa, que tenga en cuenta una mayor ayuda a las bandas armadas y mercenarias, cuyo fin ha sido derrocar por la fuerza a Bashar al-Assad. Y la Casa Blanca parece dispuesta a ceder.

Sin embargo, esa opción motiva la desconfianza de otros, quienes temen que el esperado ataque de Estados Unidos a Siria acabe favoreciendo a las facciones más extremistas que están operando allí y, concretamente, a Al Qaeda.

Pero ello no quiere decir que esos sectores del legislativo se opongan a seguir armando a los denominados rebeldes. Solo piden cautela y exigen identificar mejor a los receptores de la ayuda, para evitar que los pertrechos bélicos caigan en manos de los extremistas. Y ese es otro dilema de la administración estadounidense, pues se dice que de los nueve mayores grupos «rebeldes» siete están asociados a Al-Qaeda.

Tampoco se pueden desestimar las presiones y los chantajes del lobby israelí, pues el Gobierno sionista de Tel Aviv está muy involucrado en la eventual campaña contra Damasco por su interés en mantener la hostilidad contra Irán (Siria es su aliada) y en socavar los intentos de negociaciones entre Washington y Teherán respecto al programa nuclear de la nación persa. La intervención militar estadounidense en Siria sirve muy bien a ese objetivo.

Habrá que esperar al pronunciamiento del Congreso cuando se reúna esta semana, pero lo que más asusta es que aunque el legislativo le diga que no a Obama, el Presidente pudiera hacer gala de sus prerrogativas para «operaciones limitadas» y lanzar el ataque letal, amparado en una superioridad bélica evidente, como ha dejado entrever en varias ocasiones el secretario de Estado, John F. Kerry.

Tampoco sería la primera agresión estadounidense sin la aprobación del Capitolio.

Cuando este viernes, en San Petersburgo, Obama respondió preguntas a periodistas, apostilló: «Me eligieron para esto, para tomar decisiones difíciles. Este tipo de intervenciones siempre son impopulares».

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