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El legado allendista se consolida

A cuatro décadas de la muerte de Salvador Allende, el líder socialista se consolida como uno de los referentes de la izquierda chilena y mundial

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

Suena el teléfono en la residencia presidencial de la calle Tomás Moro. El presidente Salvador Allende es alertado de que la Marina se ha sublevado en el puerto de Valparaíso. Tras colgar, parte hacia el Palacio de La Moneda, en el centro de Santiago de Chile. Lo que sucedería ya era inminente: después de meses de tensión, ese martes 11 de septiembre de 1973 las Fuerzas Armadas finalmente se alzaron para derrocarlo. Y lo consiguen.

Son pasadas las nueve de la mañana y La Moneda es atacada por militares sublevados contra la legalidad constitucional. Allende pronuncia en Radio Magallanes su última alocución: «No voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo (…) Tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente (…) Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que solo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección. Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición».

El primer Presidente socialista de Chile moría horas después en el propio edificio y, con lo acontecido este día, se iniciaba en el país una de las más cruentas dictaduras de la historia de la humanidad.

Durante mil días de Gobierno, Allende intentó encaminar la nación chilena hacia una democracia popular, pero fuerzas externas e internas con los bolsillos rebosantes, no permitían que el rumbo girara definitivamente hacia la izquierda.

La Unidad Popular (UP), la coalición izquierdista donde confluyeron comunistas, socialistas y radicales, entre otros, con menos de tres años en el poder, agonizaba tras un extenuante enfrentamiento con la oposición, liderada por la Democracia Cristiana, con el respaldo de EE.UU. La UP era vista en Washington como un proceso que tomaba el mismo rumbo que desde 1959 llevaba Cuba. Desde el día de su victoria electoral, el 4 de septiembre de 1970, Allende había dejado claro que construiría una revolución socialista «a la chilena».

El odio se mostraba tan cruel que en la propia jornada del golpe el comandante en jefe de la Fuerza Aérea, general Gustavo Leigh, uno de los artífices de lo sucedido, había dejado en claro lo que se vería en los siguientes años: «Hay que erradicar de raíz el cáncer marxista», dijo.

El chile de Allende que se muestra hoy

A pesar de los esfuerzos de entonces por satanizar a Salvador Allende y su proyecto, a cuatro décadas de su trayectoria y muerte, el líder socialista se consolida como uno de los referentes de la izquierda chilena y mundial.

En ese contexto, dirigentes de la región, como el presidente venezolano Nicolás Maduro, han elaborado iniciativas para honrarlo.

«Les invito esta semana en Caracas a la jornada mundial contra el fascismo, recordando al presidente Salvador Allende y a 40 años del golpe contra el pueblo de Chile», escribió Maduro en su cuenta de la red Twitter.

En ese sentido también habló la candidata a la presidencia de Chile, Michelle Bachelet, al clausurar el Seminario Internacional Salvador Allende: República, Democracia y Socialismo; para recordar las cuatro décadas del golpe. En ese escenario Bachelet manifestó que el ex Presidente «eligió, siempre y sin condiciones, el camino de la democracia como el único posible para construir una sociedad mejor y la Constitución como marco jurídico de la transformación social».

Y hoy Chile muestra una cara diferente. A 40 años del golpe militar, esa nación ha dejado atrás miedos y temores de la época de la dictadura. De la mano de las nuevas generaciones, el pueblo está tomando las calles y choca con los carabineros (la policía) para exigir que se vuelvan realidad las demandas sociales que el líder socialista impulsó.

Comenzó a erigirse a inicios de este milenio ese Chile nuevo y el movimiento de los secundaristas en 2006 encendió las alertas sobre una educación que no estaba bien. Luego les sucedieron las movilizaciones universitarias de 2011, que hasta hoy se mantienen, y las luchas del pueblo mapuche exigiendo sus tierras y protegiendo las riquezas ancestrales de la nación.

Hoy, lo que comenzó como un clamor de los estudiantes para hacer valer sus derechos a una educación gratuita, de calidad y participativa, se ha convertido en una manifestación de varios sectores sociales que reclaman ya un cambio en el sistema.

Chile y la América toda cambian. Poco podían sospechar los patrocinadores de las dictaduras militares de la Operación Cóndor que 40 años después de la muerte de Salvador Allende, América Latina sería hoy tan diferente de cómo la imaginaron.

Una Latinoamérica unida, en proceso de integración, donde prevalecen los Gobiernos que miran hacia el interior de los pueblos, que ejerce cada vez con más fuerza su independencia real y que se ha convertido ya en un referente.

Y son justamente estas transformaciones positivas que experimenta la región, las que mantienen erguida la imagen de Salvador Allende. Ese que puso en el centro de su acción política el ser humano para acercar el horizonte de justicia social y ponerlo al alcance de las grandes mayorías postergadas.

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