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Encuentro en Mérida

Habían estado cerca desde hace mucho tiempo, aunque la vida no las había hecho coincidir. Hoy, entre elevadas montañas, cumpliendo misión internacionalista, tuvieron la dicha de conocerse

Autor:

Osviel Castro Medel

MÉRIDA, Venezuela.— Vivían —viven— en la misma ciudad, trabajaban en el mismo sector profesional y, sin embargo, no se conocían. Por eso la República Bolivariana de Venezuela devino para ellas mágico punto de confluencia que las convirtió en familia.

Una llevaba 16 años en los caminos curadores de Esculapio; la otra casi tres décadas entre tubos de ensayo y jeringuillas. La primera es una cara conocida en los salones del hospital Ernesto Che Guevara; la segunda resulta un espejo para las generaciones más nuevas en el Centro Provincial de Higiene y Epidemiología de Las Tunas.

Ahora, rodeadas de las imponentes montañas de Mérida, de más de 4 000 metros de altura, resultan como madre e hija, que se narran recíprocamente problemas, sueños y aflicciones, sobre todo en las fechas en que la añoranza azota, porque salen a relucir las anécdotas de los hijos o de otros seres queridos que quedaron allá, en la tierra venerada.

Aclimatadas a alturas geográficas que jamás imaginaron, cultivan la amistad cristalina en un Centro de Alta Tecnología (CAT) y —como símbolo de mayor unión— son compañeras de habitación en las residencias colectivas del barrio de Los Coros, perteneciente a la ciudad capital de Mérida, que lleva igual nombre que el estado.

«Aunque nuestras casas están relativamente cerca nunca coincidimos en Las Tunas», cuenta la doctora Limay Cancio Rodríguez, especialista en Gastroenterología, quien no parece presta a cumplir los 40.

«Nos conocimos en febrero de este año cuando ella llegó; yo llevaba ya más de 20 meses aquí. Desde entonces hemos hecho una gran amistad; ya nuestras familias en Las Tunas se conocen y comentan sobre nosotras», señala por su parte Rosa María Pérez, licenciada en Laboratorio Clínico y  que con casi 59 años de edad es una de las cooperantes cubanas más experimentadas en tierra bolivariana.

Esta conexión afectiva tiene sus matices, por supuesto. Rosa, digamos, ya goza de fama por sus decretos en la casa donde viven junto a otros tres colaboradores: David, Héctor, y Ariel.

«Ella es tremenda peleona, pone orden aquí; pero quién no se va a llevar bien con esta señora tan especial y tan tratable», expone Limay sonriendo.

Su compañera le responde con un guiño y diciendo que en toda colectividad siempre hay alguien que debe tomar las riendas. «Simplemente doy ideas; por ejemplo, lo que debemos cocinar, cómo organizar mejor nuestras cosas y cómo nos planificamos la vida».

Ambas plantean que la experiencia, aunque gratificante en el plano profesional, es más compleja de lo que se cree a distancia: «No se puede describir lo que se vive un Día de las Madres o cuando pasas aquí otra fecha importante para uno de los tuyos. Tengo dos niños: Mariam, de 12 años, y Diego, de tres; pienso en ellos y en mi esposo Leandro a cada instante, pero en momentos como esos los recuerdos se multiplican y entristecen», apunta Limay.

«Es difícil conocer a una persona que no haya llorado», sentencia Rosa, quien admite que añora recorrer las calles de Las Tunas, respirar el aire que emana de las casas por las noches o abrazar a su hijo Yan Karel y a su nietecita Keily.

Para ellas, no obstante, los días más complicados en Venezuela sobrevinieron en marzo, después de la muerte física de Hugo Chávez; y luego de las elecciones presidenciales del 14 de abril, cuando la derecha fascista, ante la apretada derrota, se volcó a ejercitar el vandalismo en las calles de las principales ciudades. «Lo del Presidente nos conmovió a todos; fue un golpe demasiado duro. Y lo de abril fue tenso, tenso. Hubo amenazas de los escuálidos; dijeron que iban a tomar el CAT, pero nos mantuvimos firmes, apoyados por los chavistas, y afortunadamente no pasó nada», relata Rosa María.

Las dos acotan que han logrado vencer, con voluntad y «sin pensar mucho en eso», las bajas temperaturas de Mérida —a veces por debajo de los diez grados— y que lo que más les duele es ver cómo personas que acuden a clínicas privadas en ocasiones no reciben la atención médica porque el dinero no les alcanza para pagar el servicio.

«Eso uno lo siente en lo profundo, porque no lo ve en Cuba; venimos con una concepción muy distinta», subraya Limay, quien agrega que a menudo trata cuadros delicados, que van más allá de una colonoscopia o una endoscopia.

En tanto, Rosa explica que los análisis de laboratorio son altamente demandados; por eso tiene mucho trabajo de lunes a sábado. «Menos mal que ha sido así, porque el tiempo se me hubiera ido menos rápido».

Ella debe regresar este mes a la patria y sabe, como Limay, que la despedida no será menos espinosa que la llegada. Se convierte en un manojo de nervios cuando habla de ese anhelado momento.

Mas ambas se reconfortan sabiendo que algún día volverán a verse en su ciudad de ensueños, en la que edificaron familias y profesiones; sabiendo que en alguna jornada calurosa conversarán sobre la experiencia imborrable escrita entre las gélidas cumbres de Mérida.

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