La voz ahogada de Palestina

En la comunidad Bil’in, en una especie de oasis creado en medio de la geografía desértica de la Ribera Occidental, siembran semillas de flores en latas de gases lacrimógenos, recogidas tras los enfrentamientos con los gendarmes sionistas

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Cada viernes, Bil’in despierta de su letargo rutinario. Los pobladores de esta comunidad palestina, ubicada a 12 kilómetros al oeste de Ramalá, dejan a un lado sus faenas para recordar a sus muertos, heridos y presos, de una manera muy especial. Con un arte simple, pero profundo en el concepto y el mensaje, han logrado al menos un poco de atención mediática, la que no le prestan cuando los soldados israelíes los reprimen con su odio y xenofobia demencial.

Si algo define a este pueblo es el arte de la resistencia pacífica. En una especie de oasis creado en medio de la geografía desértica de la Ribera Occidental, siembran semillas de flores en latas de gases lacrimógenos recogidas tras los enfrentamientos con los gendarmes sionistas. De lo que emplean sus enemigos para reprimirlos, hacen florecer la vida.

Así honran a sus coterráneos muertos o heridos desde 2005, cuando comenzaron las protestas contra el muro de 700 kilómetros de largo y ocho metros de altura que —tres años antes— Israel empezó a construir en Cisjordania, bajo el pretexto de evitar acciones suicidas contra su población, pero con el objetivo cierto de robarse las tierras fértiles, que los palestinos, sus legítimos dueños, utilizan para el cultivo de olivos y pasto de ganado.

Una prisión al aire libre, similar a la Gaza bloqueada, eso es el muro de la vergüenza que separa familias, aísla aldeas como guetos y confisca tierras. Una Cisjordania tan acuadrillada que si algún día los israelíes aceptaran la creación del Estado palestino como exige la ONU, este nacerá padeciendo de asfixia y penurias.

Desde entonces, cada viernes se repite la imagen: de un lado de la enorme barrera de hormigón —con torres blindadas de vigilancia, con armamento sofisticado, reflectores, cámaras y vallas electrificadas— los hombres y mujeres que añoran su tierra; del otro, los usurpadores, armados hasta los dientes, listos para lanzar su fuego mortal.

A pesar de la ocupación militar, los residentes de Bil’in optan por la resistencia no violenta. Aman la paz. Quieren vivir en paz. Por eso ofrecen sus hogares a los israelíes, y a cualquier persona del mundo que cree en la justicia, y se solidarizan con su causa. Le enseñan a Israel una lección que no quiere aceptar: podemos creer en la coexistencia pacífica. Muchos les llaman los Gandhis palestinos.

Cuenta el relato palestino Hombres al sol (1963), de Anni H. Kanafani, que unos trabajadores palestinos que intentaban llegar a Kuwait se asfixiaron dentro de la cisterna de un camión, cuyo chofer se dedicaba a transportar a emigrantes clandestinos. Al descubrir Abuljaizarán, el conductor, la escena, gritó ante la inmensidad del desierto: «¿Por qué no golpearon las paredes de la cisterna? ¿Por qué no llamaron?  ¿Por qué?».

Y si los tres palestinos que recrea esta obra murieron callados, sin siquiera gritar para pedir socorro, otra realidad ha sido la de ese pueblo en las últimas décadas.

Gritar al mundo. Golpear puertas. Es lo que no han dejado de hacer. Pero desgraciadamente, siempre han encontrado oídos sordos en quienes tienen el poder real para frenar su desgracia.

El pueblo palestino ha visto ahogada su voz.

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