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Lo que queríamos, lo que hicimos

Delegados de diversos sectores de la sociedad que asistieron al Festival comparten con nuestro diario sus impresiones sobre la cita juvenil, un encuentro que superó no pocas expectativas

Autores:

Mayte María Jiménez
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

QUITO, Ecuador.— A punto de partir, desde una espera que nos puso el pensamiento en la Isla de los amores más insospechados y apasionantes, justo cuando ya se anunciaba por las pizarras electrónicas y los altavoces del principal aeropuerto quiteño la salida en los siguientes minutos de un vuelo de Cubana de Aviación, comenzaron a hacerse algunas de estas entrevistas, sin que nos invadiera el presagio de un viernes 13 ni de una noche a bordo.

Y sabíamos que acabarían de nacer estas letras bajo el cielo de esta tierra que, por bendición, nos acuna. Cuba, en la inmensidad de la palabra misma y de sus jóvenes, se hizo grande otra vez, fulguró inmensa otra vez, calibró el corazón de muchos otra vez.

Por ello, no es capricho de estos reporteros, aún cansados por un viaje que volvió a unir dos jornadas de trabajo sin la posibilidad de dormir, cuando apenas ha transcurrido poco más de un día de que haya concluido el XVIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, volver sobre esas horas imprescindibles, si se quiere un repaso desde la emoción y el sentimiento de quienes fueron protagonistas de lo vivido en Quito.

Y así, de ese modo, se cierra un ciclo de reportes, tensiones e inquietudes experimentadas por más de una semana, como parte de una cobertura que nos ha devuelto la presión del cierre periodístico, la advertencia «facebookera» y siempre alentadora de nuestros editores, el desvelo hecho fiesta, baile, cuartilla y teclazo al mismo tiempo.

Recorramos pues, a modo de resumen y testimonio al unísono, algunos pasajes que Quito se encargó de hacer inolvidables, lo que pensaron los jóvenes en la confraternidad de un diálogo por el bien de ellos mismos, lo que fuera un Festival lleno de buenos intentos, lo que cubrió las expectativas, lo que no, lo que dejó un jolgorio de anécdotas y abrazos desde la propia bienvenida.

Compartiendo nuestra realidad

Hasta el centro del mundo llegaron representantes de los cambios actualizadores de nuestro modelo económico nacional. El villaclareño Yaser Suárez Bermúdez es uno de los tres jóvenes cuentapropistas que asistió a la cita ecuatoriana. Tiene 26 años, es licenciado en Derecho y por cuestiones familiares que le impidieron seguir laborando en el ámbito de la abogacía, desde hace ya un buen tiempo se desempeña en la producción de calzado, junto a otros coterráneos que próximamente prevén convertirse en una cooperativa no agropecuaria de 20 socios. De ellos, 15 son jóvenes.

Este camajuanense, especializado en darle costura a máquina a la suela del zapato, valoró el Festival como una excelente oportunidad para relacionarse con amigos de otras latitudes y hacer saber las experiencias de las transformaciones socioeconómicas que vive el país, sobre todo cómo se han ido dando, progresivamente, los pasos hacia nuevas formas de gestión no estatal, que han dinamizado la economía y contribuyen a amortiguar algunas cargas que eran extremadamente pesadas para el Estado.

«No se necesitó de mucho protocolo. Hablamos cuando hizo falta en algunos de los talleres, seminarios y presentaciones de libros, en escenarios informales. Lo mejor fue contar lo que hacemos aquí, pero contárnoslo, en primer lugar, entre nosotros mismos; porque si queremos entender y ayudar a transformar la realidad de otros, debemos comprender la nuestra ante todo.

«Se habló de cómo nos sentimos, cómo nos movemos en los nuevos escenarios laborales en los que, no por autogestionarnos los recursos y las funciones, estamos aislados, sino que constituimos parte de las estructuras del país, aportamos a la economía nacional.

«Uno de los mayores aportes del encuentro estuvo ahí, en conversar entre nosotros mismos sobre estos temas y muchos otros que se pusieron a debate, como los derechos democráticos, los derechos humanos, sexuales y reproductivos, la igualdad de género y los derechos del niño. Tuvimos la posibilidad de escuchar razonamientos profundos y sensibilizarnos con la causas de otros pueblos amigos».

Para este joven, la concatenación de conferencias, talleres y seminarios dio a la cita juvenil la posibilidad de aproximarnos también a las complejidades del mercado laboral hoy, y conocer cuáles son las razones del desempleo juvenil, lo cual revela un trazado incoherente de las políticas sociales en contextos que nada tienen que ver con el cubano.

Con similares intenciones para compartir, arribó a Quito el también cuentapropista Eulises Martínez Rodríguez, carretillero ambulante en el municipio de Rodas, quien habla con un tono simpático de las expectativas que le generó el encuentro y de las certezas que, ahora de vuelta, trae consigo.

Ya casi ubicado otra vez detrás de la tarima o manejando su carretoncito, este cienfueguero de 33 años considera que, respecto a la labor que realiza, lo más importante siempre será velar por la calidad de lo que se oferta, y no ser abusivos ni descuidados con el cliente. «Pienso que el buen servicio es un principio elemental para sentirnos bien en cualquier parte del mundo.

«Me llamó mucho la atención la forma en que fue denunciada la precariedad y la explotación a la que se ven sometidos algunos grupos del sector juvenil en países capitalistas, en medio de una crisis económica que ha manifestado abiertamente las vulnerabilidades del sistema».

Dialogar para comprender mejor

Daimer Ramírez Monteagudo es un tunero alegre del municipio de Colombia. Labora al frente del grupo de Seguridad y Protección en el combinado cárnico Álvaro Barba Machado, de este territorio. Más allá de haberlo convertido en un exigente declarado con todo lo que pasa dentro del centro, sus cuatro años en ese trabajo le han permitido conocer el proceso industrial como la palma de su mano.

Con la experiencia y la voz de su gente a cuestas, este representante del sector de la industria se confiesa inquieto por lo visto en el evento. «Ha sido mi primera vez en estas cuestiones. Encontré un ambiente favorable para el diálogo y sobre todo para percibir lo que pasa en otros lugares, qué les preocupa a las personas de mi misma edad.

«Fue notable ver cómo muchos jóvenes reclamaron el cese de las guerras, la discriminación, las políticas privatizadoras que provocan bajo acceso público a un sector u otro, y cómo intentan cambiar el orden de las cosas, cómo delinearon alternativas en busca de la unidad, desde el respeto a lo diverso. El Festival fue un momento especial para que asumiéramos posturas antiimperialistas. Y creo que esa condición quedó bien patentizada, no solo en el Tribunal, sino también en todos los escenarios».

Desde la cultura también se dijo

Poseída por un desenfado que compensa su minúscula estatura, aunque bien grande en otras dimensiones, Catheryn Blanco Caballeros, una de las delegadas más jóvenes de la comitiva cubana a la fiesta quiteña, buscó armonías para el entendimiento, como mismo acostumbra a demostrarlo con el clarinete, el instrumento que conoce y en el que se especializa en la Escuela Profesional de Arte, de Matanzas.

A sus 17 años, esta yumurina, ya encaminada en el área de la música y la apreciación, quien pone de manifiesto la sensibilidad del artista casi a simple vista, pudo comparar el panorama de la educación en otras regiones con las posibilidades de la enseñanza artística cubana, expresión de rigor, dominio y buena calidad en sentido general, pero sobre todo gratuita, lo cual resulta una excepción en este tipo de escuelas en otras partes del mundo, donde es muy cara, incluso inaccesible para muchos.

«La cultura fue un vehículo de expresión esencial. Nuestros artistas lo demostraron en todo momento. Mediante la música se confirmaron muchas ideas. Creo que por largo tiempo recordaremos el concierto que cerró las presentaciones de Cuba en la agenda del Festival. Fueron días especiales en los que aprendí de mi país, mientras aprendí también de otros».

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