Dos pueblos sentaron a Pretoria y Washington

De una guerra terrible y dolorosa como todas, hecha desde «la solidez de los principios y la pureza de los propósitos», nacieron pueblos libres e independientes

 

Autor:

Juana Carrasco Martín

Con mochilas y botas puestas acudieron cientos de miles de hijos e hijas del pueblo cubano a una de sus tierras ancestrales; era noviembre de 1975 y debían cumplir un deber sagrado en Angola. Los unía Carlota, una negra lucumí de la dotación del ingenio Triunvirato, de la provincia cubana de Matanzas, que en 1843 encabezó uno de los alzamientos contra la esclavitud, porque aquella misión solidaria que se extendería por 13 años de cruenta guerra, recibió en su honor el nombre clave de Operación Carlota.

El Comandante en Jefe Fidel, quien junto al entonces Ministro de las FAR, General de Ejército Raúl Castro, dirigió el enfrentamiento bélico, la calificó como «la más justa, prolongada, masiva y exitosa campaña militar internacionalista de nuestro país». Y así fue…

El 22 de diciembre de 1988, en el edificio de acero y cristal de las Naciones Unidas junto al East River, en la ciudad de Nueva York, se firmaron los Acuerdos de Paz para el Suroeste de África. Los rubricaron Sudáfrica, Angola y Cuba, pero a las conversaciones se les llamaron cuatripartitas porque en la mesa también estaba sentado Estados Unidos como «mediador», todo un sarcasmo, porque Washington era un sustentador, un aliado del régimen del apartheid sudafricano, con el que compartió la instrucción y el equipamiento de las organizaciones que creó el colonialismo portugués para evitar la independencia de Angola, así que era en verdad juez y parte.

Justo hace unos pocos días, Fidel rememoraba en su escrito Mandela ha muerto ¿Por qué ocultar la verdad sobre el Apartheid?, que ese régimen «que tanto hizo sufrir al África e indignó a la inmensa mayoría de las naciones del mundo, era fruto de la Europa colonial y fue convertido en potencia nuclear por Estados Unidos e Israel».

¿Qué había sucedido en el ínterin de esos largos años de guerra para que el poderoso enemigo —como dijera el Comandante Fidel años más tarde— «tuviera que tragarse su habitual prepotencia y sentarse a la mesa de negociaciones»? La historia se ha querido esconder y manipular por no pocos intereses, pero ahí está la sangre derramada por 2 077 combatientes y colaboradores civiles cubanos, para que esté sellada su huella por siempre en el reconocimiento del sacrificio cubano por parte de los pueblos africanos, en especial los de Angola, Namibia y Sudáfrica.

Fueron varios los hitos en el camino de la hermandad cubano-angoleña, desde que Agostinho Neto, con su país amenazado y atacado por el norte por el ejército zairense y tropas mercenarias, mientras en el sur avanzaban velozmente los blindados sudafricanos, solicitó algo más que los 480 instructores militares de la Isla caribeña para preparar al nuevo ejército de una nación que emergía independiente luego de más de 14 años de lucha guerrillera. Tropas cubanas, en número de 36 000, llegaron por aire y mar para enfrentar la agresión, organizadas como unidades de infantería blindada, y equipadas con tanques, artillería terrestre y antiaérea. En marzo de 1976 no quedaba ni un solo soldado del ejército racista sudafricano, que tuvo que retroceder más de mil kilómetros hasta su punto de partida en Namibia, su enclave colonial, y las bandas mercenarias y los uniformados del régimen de Mobutu Sese Seko también tuvieron que replegarse a Zaire.

De fulminante puede catalogarse la ofensiva cubano-angoleña, aunque debía preservar ese éxito militar, porque no había cesado el asedio de quienes tenían bien claras sus intenciones de desmembrar y apoderarse de la que había sido la más extensa y rica de las colonias portuguesas, de sus considerables recursos naturales, que incluían el siempre codiciado petróleo.

En un análisis hecho por Fidel en diciembre de 2005, en ocasión de conmemorarse el 30 aniversario de la Misión Militar cubana en Angola, apuntaba que el Gobierno soviético, quien ayudaba a Angola con armas e instructores, presionaba a Cuba «fuertemente solicitando nuestra rápida retirada, preocupado por las posibles reacciones yankis»… «Tras serias objeciones por nuestra parte, no nos quedó otra alternativa que aceptar, aunque sólo en parte, la demanda soviética»…. «No habría perspectiva posible para Angola sin el apoyo político y logístico de la URSS después del triunfo».

Se acordó entonces con el presidente Neto la retirada gradual y progresiva de las tropas cubanas en un lapso de tres años, suficiente para formar un fuerte ejército angoleño, y se mantuvieron fuertes unidades de combate cubanas en la meseta central a 250 kilómetros de la frontera con Namibia.

Consecuencias del compromiso constructivo

Sin embargo, las pretensiones de Washington y Pretoria no cesaron y de hecho se hicieron públicas y solidificaron en los años de 1980 con las políticas de Ronald Reagan del «compromiso constructivo» y el «linkage» (dejar hacer, dejar pasar, a cambio del apoyo sudafricano a los intereses estratégicos estadounidenses), que envalentonaron al régimen sudafricano de Botha en su guerra contra los luchadores namibios de la SWAPO (Organización del Pueblo de África del Sudoeste), les permitió triplicar el número de sus tropas en Namibia, y lanzar repetidas invasiones e incursiones en Angola para apoyar y armar a las fuerzas de la Unita opuestas al Gobierno de Luanda.

Chester Crocker fue el hombre clave de la política del «compromiso constructivo» en África austral, y escribió entonces en la revista Foreign Affaires sus razones: «Por su naturaleza y por su historia, Sudáfrica forma parte de la experiencia occidental y es parte integrante de la economía occidental».

De aquellas invasiones e incursiones nacieron crímenes del apartheid como las matanzas de Kassinga, Boma, Novo Katengue y Sumbe contra los pueblos de Namibia, Zimbabwe, África del Sur y Angola.

De Ronald Reagan, el presidente de las guerras encubiertas o guerras sucias, dijo uno de sus asesores en aquel entonces: «Todo lo que sabe sobre el sur de África es que él está del lado de los blancos», según lo cita el libro Guerras de baja intensidad, de los autores Mariano A. Aguirre y Robert Paul Matthews.

En agosto y septiembre de 1981, las tropas de Pretoria lanzaron contra Angola la Operación Protea y ocuparon durante tres años un amplio territorio de la provincia de Cunene, mientras Washington vetaba cualquier resolución contra el apartheid en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Cuito Cuanavale obligó a Pretoria y a Washington

En 1987 tuvo lugar la última gran invasión sudafricana, cuando tropas angoleñas intentaban una ofensiva contra la zona donde supuestamente estaba el cuartel general de Savimbi en Jamba, una operación propiciada por la asesoría soviética, pero a la que Cuba se oponía y en la que no participaba. Sudáfrica intervino con su aviación, su artillería y fuerzas blindadas y avanzó —con el propósito de asestar un golpe mortal— hacia la antigua base aérea de la OTAN en Cuito Cuanavale.

Nuevamente se solicitó por el Gobierno angoleño el apoyo de las fuerzas cubanas, y este llegó, como acaba de escribir Fidel en su reciente artículo Mandela ha muerto ¿Por qué ocultar la verdad sobre el Apartheid?; una precisa descripción de lo acontecido entonces, que no debe dejar de leerse.

La victoria de las fuerzas cubano-angoleñas en Cuito Cuanavale y la contraofensiva al sudoeste de Angola en dirección a Namibia, pusieron final al poderío militar del régimen del apartheid, y como relata Fidel: «Fue entonces que llegaron noticias de que el enemigo estaba dispuesto a negociar. Se había logrado poner fin a la aventura imperialista y racista».

Sin embargo, todavía el 22 de junio de 1988, cuando Nelson Mandela permanecía en la cárcel a la que había sido llevado por el contubernio de un agente de la CIA y los servicios de inteligencia sudafricanos, el subsecretario del Departamento de Estado de EE.UU., John C. Whitehead, argumentaba el apoyo de Washington al apartheid ante una comisión del Senado, alegando que sancionar a Pretoria no tendría ningún «efecto desmoralizador sobre las élites blancas» y que las mismas perjudicarían en primer lugar a la población negra, según un reciente artículo de Le Monde Diplomatique.

De ahí que Fidel dijera en su discurso de diciembre de 2005 que «el empecinamiento de ambas potencias, así como sus dolorosas y dramáticas consecuencias, hicieron necesario nuestro apoyo directo al pueblo de Angola durante más de 15 años, a pesar de lo acordado en el primer cronograma de retirada». En esos 15 años más de 380 000 militares y 75 000 colaboradores civiles participaron hombro con hombro en la defensa y la consolidación de la independencia angoleña.

Las negociaciones también fueron largas, claro que no tanto como la guerra. Hubo reuniones en Londres, en mayo de 1988; en El Cairo en junio; y en Nueva York en junio y julio.

Una vez más cito al líder histórico de la Revolución Cubana en su discurso de diciembre de 2005: «El jefe de los negociadores norteamericanos, subsecretario de Estado Chester Crocker, durante años se opuso a que Cuba participara. Ante la gravedad de la situación militar para los agresores sudafricanos, no le quedó más remedio que aceptar nuestra presencia. En un libro de su autoría sobre el tema fue realista cuando, refiriéndose a la entrada en la sala de reunión de los representantes de Cuba, escribió: “la negociación estaba a punto de cambiar para siempre.”

«El personero de la administración Reagan sabía bien que con Cuba en la mesa de negociaciones no prosperarían la burda maniobra, el chantaje, la intimidación ni la mentira.»

Allí estaban la decisión y el espíritu de lucha que se mostró en batallas y combates como Quifangondo, Cabinda, Ebo, Morros de Medunda, Cangamba, Sumbe, Ruacana, Tchipa, Calueque y Cuito Cuanavale.

¿Qué se logró en aquella gloriosa muestra de internacionalismo?: la consolidación de la independencia del pueblo de Agostinho Neto; la independencia de Namibia; una significativa contribución a la liberación de Zimbabwe, y, por supuesto, el fin del régimen del apartheid en Sudáfrica.

Las tropas cubanas se retiraron completamente de Angola en un lapso de tres años, de forma metódica y organizada, y dentro del cronograma trazado, apunta Fidel en su larga conversación con Ignacio Ramonet, plasmada en el libro Cien horas con Fidel.

Solo los ciegos o los malintencionados pueden negar ese aporte de Cuba al continente de sus ancestros, el honroso papel en una guerra terrible y dolorosa como todas, hecho desde «la solidez de los principios y la pureza de los propósitos», como dijera el Comandante en Jefe.

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