¿Las armas o el diálogo?

Tras más de una década de intentos de conversaciones entre las potencias occidentales e Irán, el reciente acuerdo alcanzado el 24 de noviembre demuestra que el diálogo puede ser expedito siempre que se reconozca el derecho de Teherán a desarrollar su energía atómica con fines pacíficos, en su condición de signatario del Tratado de No Proliferación

Autores:

Juana Carrasco Martín
Nyliam Vázquez García
José Luis Rodríguez*

El diálogo abre puertas, conduce a la armonía, al equilibrio, a la paz. Los anales de la Historia guardan cientos de ejemplos que validan esta verdad. Y quien se ha convencido de ello y de la inutilidad de la irracionalidad, ha sabido encontrar el camino hacia ella.

Pero una condición esencial para que un diálogo no fracase es el reconocimiento del Otro, de la igualdad como interlocutores. Cuando esta premisa no está sobre la mesa, la negociación cae en saco roto. Así sucedió durante más de una década de intentos de conversaciones de las potencias occidentales con Irán, sobre su programa nuclear. Ahora, con el reciente acuerdo alcanzado el 24 de noviembre, se demuestra que el diálogo puede ser expedito siempre que se reconozca el derecho de Teherán a desarrollar su energía atómica con fines pacíficos, en su condición de signatario del Tratado de No Proliferación.

El pacto preliminar de seis meses alcanzado entre la República Islámica y el G 5+1 (los cinco miembros del Consejo de Seguridad más Alemania), busca crear confianza y puede llegar a ser más que una buena señal de que la negociación es la herramienta más eficaz dentro del Derecho Internacional para resolver diferencias y conflictos, siempre que las partes muestren voluntad política.

Ante esta misma disyuntiva se encuentra otro diálogo que no llega a concretarse: el sirio. El mayor reto al que se enfrenta la reunión internacional de paz para esa nación árabe es lograr que la oposición, fragmentada y con muchas ambiciones de poder, participe con una voz única. Los actores extrarregionales deben acabar de asumir, además, que una salida política a esa crisis, depende del reconocimiento del derecho del pueblo sirio a decidir por su soberanía y sin imposición de recetas. El Gobierno, siempre bajo estas condiciones, está dispuesto hace mucho tiempo a conversar. Solo falta que la otra parte asuma la esencia que define el acto de dialogar, de negociar.

Mientras, en el mismo Medio Oriente, los israelíes continúan obstaculizando las conversaciones de paz con los palestinos, instauradas desde hace más de 20 años. El Gobierno sionista se afana en la expansión de sus colonias, cuya detención es una exigencia de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), mientras Estados Unidos es incapaz de presionar a su aliado sionista para que asuma con voluntad política la solución de ese viejo conflicto. En tanto, las diversas fuerzas palestinas deben limar sus diferencias para presentarse con ímpetu ante su adversario, en una negociación que para ser justa, necesariamente pasa por el establecimiento del Estado palestino en las fronteras anteriores a la guerra de los Seis Días.

En este lado del Atlántico, la búsqueda de la paz colombiana demuestra la pertinencia del diálogo no solo en función de detener la guerra, sino con la mira puesta en la construcción de una nueva Colombia, un compromiso que también asumen muchos actores de la región. La paz colombiana es la paz latinoamericana.

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