Sorpresas que miden un mundo

No pudo seguir la ruta de su ensueño. Sin embargo, llegó muy lejos con otros remos

Autor:

Osviel Castro Medel

CUMANÁ, Sucre, Venezuela.— No podía explicar aquello: cada vez que competía… quedaba inválido, sin fuerzas para la siguiente prueba.

Pero Eduardo Borrallo Gómez se recuperaba del difícil trance —solo con reposo— y algunos días después ya estaba de nuevo en el agua, sudando sobre la embarcación y deseando ser campeón nacional de remo.

La extraña invalidez se hizo cíclica. Acudió al médico; entonces le diagnosticaron fiebre reumática y le indicaron antibióticos. Al final, con lágrimas, se vio obligado a abandonar el sueño de las competencias.

«Fueron menos de seis años de carrera deportiva; terminé a los 18 años; me dieron una gran terapia psicológica para que venciera la depresión», cuenta ahora este villaclareño que lleva 24 meses en esta región del oriente venezolano.

A esa edad, su preparador le propuso que quedara como su asistente en la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE) Héctor Ruiz, de Santa Clara. Así empezó un viraje impensado en su vida.

Se convirtió en juez-árbitro, luego en destacado entrenador, más tarde en licenciado en Cultura Física. Como adiestrador de selecciones femeninas —con las que ha trabajado por décadas— ayudó a formar a varias figuras estelares, como Marleny Mesa, quien llegó al equipo nacional.

Con ese aval estuvo en el estado de Yaracuy desde 2005 a 2007, aunque no como entrenador de alto rendimiento, sino como profesor dedicado a tareas del deporte masivo y participativo.

Por eso cuando en noviembre de 2011 le dieron la oportunidad de regresar a la República Bolivariana de Venezuela como preparador de los equipos de remo en el estado de Sucre, aceptó el reto.

Sin embargo, el destino le depararía algunas sorpresas de las que miden un mundo. Aquí se convertiría en «padre» de varios niños en medio de las clases, y en condecorado profesor.

Sucede que, en los últimos ocho meses de su estancia aquí, el otro entrenador que lo acompañaba regresó a Cuba, y Eduardo quedó al frente de unos ¡60 alumnos! de ambos sexos y varias categorías.

«En ese grupo había siete mujeres con niños. Los llevaban a los entrenamientos y yo tenía que cargar a los más pequeños con solo meses de nacidos; tenía que hacer de papá, darles la leche, dormirlos mientras les indicaba los ejercicios a sus madres», explica.

Vladimir Charón, un guantanamero que trabaja como coordinador de asistencia médica en el estado de Sucre, narra que un día fue a visitar a Eduardo y al ver tanto ajetreo, llanto, corre-corre y varios coches a la orilla de la playa donde se realizaba el entrenamiento —cerca del barrio de Santa Fe— quedó tan estupefacto que le dijo con sinceridad: «Compadre, te vas a volver loco».

«Verdad: no era fácil; no solo por el cuidado de los niños, sino porque tenía que levantarme a las 4:30 de la mañana para poder cumplir las diferentes sesiones con cada categoría; terminaba hecho polvo, bien tarde», dice Eduardo.

Esa voluntad, finalmente, dio «tomates dorados». En los pasados Juegos Escolares, y en los subsiguientes Juegos Juveniles, sus pupilos ganaron en conjunto 11 medallas de oro, hecho inédito para el deporte de esta región.

Fue tan trascendental el acontecimiento que el 13 de octubre de este año Eduardo resultó condecorado de manos del Gobernador, Luis Acuña, en acto público, con la orden Antonio José de Sucre. Muchos de sus compañeros, que acudieron al abarrotado teatro Luis Mariano Rivera, no paraban de aplaudir.

Ahora este santaclareño de 50 años, que acaba de regresar a su tierra, confiesa que cuando le dieron ese estímulo tan alto enseguida pensó en su esposa, Regla Veitía; en sus hijas Yanira y Andriana; en toda la familia, y en su entrenador León, el mismo que lo ayudó a vencer la tristeza inicial hace más de 30 años. Pensó en las olas y la fiebre derrotadas, en el horizonte.

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