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Un gol por América

En julio del año 2000 inició en San José de las Lajas el primer curso de la Escuela Internacional de Educación Física y Deporte, institución que hasta el presente ha graduado a más de 2 000 jóvenes de 83 naciones de América Latina y el Caribe, Asia y África

Autores:

Julieta García Ríos
Rogmary García Sánchez

Para muchos era el primer viaje. Llegaban a un país desconocido que les brindaba la oportunidad de estudiar de manera gratuita en una universidad que acogía a jóvenes de distintas latitudes. Viajaban expectantes, con la incertidumbre de qué les depararía esta isla famosa por su música, el béisbol, la belleza de las playas y su Revolución.

Provenientes de lejanas tierras y marcados por su cultura, les impacta a su llegada la alegría de los cubanos. El destino final de su viaje es en una zona rural del municipio de San José de las Lajas, Mayabeque, donde está ubicada la Escuela Internacional de Educación Física y Deporte, institución soñada y creada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. El 3 de septiembre de 1999, Fidel había anunciado el prometedor proyecto para los jóvenes de la región y sus países:

«(…)al igual que hicimos en el campo de la Medicina, en la que también somos ya una potencia, no solo contribuiremos al desarrollo del deporte con la cooperación de especialistas cubanos, sino que estamos considerando seriamente la creación de una Facultad Latinoamericana y Caribeña de Educación Física y Deporte para formar sus propios especialistas que impulsen esta noble y sana actividad en sus países de origen».

Un año después, en julio de 2000, iniciaba el curso. Desde esa fecha se han graduado 2 125 universitarios de 83 países de América Latina y el Caribe, Asia y África. Actualmente el centro cuenta con 271 estudiantes, cuatro de ellos conversan con este diario.

Alma indígena

Es descendiente de incas y por ello ha sido discriminada, como todos los de su etnia. María Eugenia Huanta Alcala nació en Bolivia. Su vida ha sido, en parte, como la de muchos sudamericanos que viven a diario una pobreza asimilada con una extraña mezcla de dolor y vergüenza.

«Mi madre no oye desde su nacimiento, y mi papá se dedica a beber. Ella ha criado sola a mis cuatro hermanos y a mí. Desde los ocho años yo limpiaba casas; empezaba a las cinco y terminaba a las ocho de la mañana. Luego me iba a una tienda a limpiar el comedor y la cocina. Después almorzaba, iba a las dos de la tarde para la escuela, salía a las seis para volver al trabajo hasta la medianoche. Todos los días hacía lo mismo. Mi patrón me ayudó mucho, me compraba ropitas y me mandaba comida para mi mamá y mi hermana menor», cuenta la joven de 28 años.

De su familia, solo ella estudia en la Universidad, porque sus hermanos tuvieron que abandonar la escuela a los 14 años de edad para mantenerse y ayudar al sustento del hogar. Sin embargo, desde el 2005, fecha cuando Evo Morales llegó a la presidencia, a María Eugenia y a los suyos la vida parece darles una oportunidad. Tal es así que esta muchacha, heredera de la humildad de sus ancestros, puede confesar hoy con seguridad: «Soy la esperanza de mi familia».

Conmoción compartida

Aunque estudiaba para ser electricista, al joven Selva Caivis Gregg Wilson, de Santa Lucía, le había gustado siempre el fútbol y el cricket. Sin imaginar que algún día podría dedicarse a la enseñanza del deporte, la beca gratuita que otorga Cuba a jóvenes de escasos recursos, le posibilitó escoger este nuevo camino. Cada año, cuando va a visitar a su familia, ve más cercano su sueño de crear un centro deportivo y contribuir así a la salud y la inserción social de los jóvenes de su país.

«El deporte puede alejarlos de la violencia; con la práctica de ejercicios se puede promover una vida sana y, al mismo tiempo, desarrollar valores como la solidaridad y la hermandad», expone Selva.

De otra isla del Caribe es Lookengs Vieux Cénatus, quien en el 2009 matriculó en la Escuela Latinoamericana acompañado de otros 17 haitianos. En ese mismo año, el Ministerio de Deportes de su país lanzó un concurso nacional para aspirantes a dicha beca cubana, y él fue el elegido de su departamento, Haut- Plateau.

Era la primera vez que conocía un país extranjero, donde asimilaría otra cultura, o más bien otras. «Esa es una de las ventajas que brinda la escuela. Es maravilloso compartir con tantas culturas. Cuando llegué aquí, habían alumnos de hasta 76 naciones».

Junto al aprendizaje de los conocimientos sobre el deporte, se aprende, por imitación o de manera consciente, a cultivar la solidaridad, sentimiento que se hizo más evidente para Lookengs aquella tarde terrible de inicios del año 2010.

La noticia le llega inconclusa, pero le estremece lo que oye. A las 6:53:09, hora local, un terremoto había devastado Haití. Es 12 de enero y está en Cuba, en una escuela donde no se tienen todos los detalles y la comunicación con su país se hace imposible.

Lookengs vive el peor de sus días. Otros haitianos lo acompañan en las largas horas de incertidumbre. Finalmente, las noticias esclarecen lo sucedido. Los familiares de Lookengs están a salvo, pero él llora, llora por aquellos que quedaron sepultados bajo los escombros. «Con el tiempo lo superamos. Ahora, con la ayuda de países hermanos, Haití se recupera», dice.

El año pasado, Lookengs y sus compañeros haitianos de estudio fundaron una asociación con el compromiso de promover y masificar en su tierra la práctica deportiva y la enseñanza de la Educación Física.

Tocar cada puerta

Néstor Ibarra Salas viste un traje deportivo con los colores de la bandera de su patria, la República Bolivariana de Venezuela. Habla con soltura y recuerda la tarde en que una cubana, cooperante del Programa Barrio Adentro, tocó a la puerta de su casa.

«Apartamento por apartamento, Anisleydis iba hablando con los jóvenes sobre la posibilidad de ir a estudiar a Cuba, en la Universidad del deporte. Pocos se sumaron, porque pensaban equivocadamente que ‘‘el comunismo’’ les iba a lavar el cerebro o a ‘‘militarizar’’», relata.

Desde que la escuchó, supo que la propuesta concordaba con sus intereses. Le gustaba el deporte y sabía que los cubanos eran buenos deportistas. Además, era y es chavista,  y sentía que hasta ese momento no aportaba nada útil a la Revolución. No lo dudó: la convocatoria le ofrecía la posibilidad de superarse y de contribuir a la transformación de su país.

Por ello se presentó a las pruebas de aptitud y las aprobó. Cumplía con los requisitos para la beca: era menor de 25 años, graduado de bachiller, estaba apto física y mentalmente, y su documentación estaba debidamente certificada y legalizada… A punto de graduarse de técnico en Mantenimiento, Néstor abandonó los estudios y viajó a Cuba a comenzar una nueva carrera y hoy es estudiante de cuarto año de Educación Física y Deporte.

Durante estos años, Néstor se ha preparado para ser un buen profesional. En 2015 volverá a Caracas para continuar la labor que cubanos como Anisleydis empezaron años atrás. Siente que él le lleva ventaja a la camagüeyana y le gustaría agradecerle personalmente. «Yo nací allí —explica— y sé cómo llegar a los jóvenes que indiferentes a todo se quedan en el barrio bebiendo y consumiendo drogas. Por ellos trabajaré».

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